SOCIOLOGÍA DE LOS APOYOS ELECTORALES. ¿POR QUÉ UNOS PARTIDOS SUBEN Y OTROS BAJAN?

tezanos150616

En las primeras etapas de la democracia, los partidos liberales solían nutrirse de los votos de los sectores más avanzados de la sociedad. Eran momentos en los que la agenda política se polarizaba en buena medida en torno al desarrollo y el asentamiento de la democracia y a la difusión del espíritu de libertad en los diferentes ámbitos de la sociedad.

Pero, pocas décadas después, la mayor sensibilización ciudadana ante la agenda social ─o la “cuestión obrera”, como decían algunos─ desplazó el foco de atención hacia los partidos de raíz obrera, especialmente los socialdemócratas, que muy pronto acabaron sustituyendo a los partidos liberales como lugar de destino de los votos más avanzados e innovadores. Es decir, una vez asentados razonablemente los principios liberales, y una vez desarrollado el modelo industrial capitalista, eran muchos los ciudadanos que se veían concernidos o motivados por la cuestión social, hasta llegar a conformar nutridos electorados socialdemócratas en bastantes países.

De igual modo, cuando los efectos de la Gran Depresión se hicieron notar en toda su crudeza, en forma de paro masivo y deterioro de las condiciones de vida de los trabajadores y de las clases medias –como ahora─, los electorados tendieron a polarizarse, por un lado, en torno a unos partidos comunistas-estalinistas y, por otro lado, en nuevas formaciones populistas de naturaleza fascista, que recogieron los frutos del miedo y el declive de las clases medias y de otros sectores sociales. Estas “nuevas formaciones” combinaban una retórica autocrática encarnada por líderes carismáticos, y unas promesas de atención social y laboral que no dudaban en presentar abiertamente como socialistas en una versión nacional y patriota. Es decir, nacional-socialistas.

El hecho de que en nuestros días se esté asistiendo a tendencias socio-económicas y políticas similares a las de los años de la Gran Depresión revela hasta qué punto nuestras sociedades no han quedado suficientemente vacunadas, ni contra los riesgos de grandes crisis económicas cíclicas, ni contra los fantasmas de los populismos y las involuciones autocráticas.

Después de la Segunda Guerra Mundial ─y todos los horrores que la acompañaron─, el consenso keynesiano y la consiguiente mejora de las condiciones sociales y laborales de la población posibilitaron que los partidos más extremistas vieran reducido su papel y sus apoyos electorales, al tiempo que se fortalecieron los partidos socialdemócratas y socialcristianos, abriendo paso a una etapa de paz y de prosperidad acompañada de una razonable equidad.

A partir de tales antecedentes, y de la práctica desaparición de escena de partidos moderados con sensibilidad social, la actual crisis, y la manera desastrosa en la que se ha venido enfrentando en Europa, está dando lugar a auténticos cataclismos electorales en bastantes países de nuestro entorno. Es decir, está abriendo paso a cambios importantes en las razones que llevan a votar a muchas personas, y en la manera específica en la que lo hacen.

El surgimiento de arrogantes partidos populistas de uno y otro signo amenaza con cambiar los mapas políticos de Europa, en una forma que puede acabar con el mismo proyecto de Unión Europea.

España es uno de los países en los que resulta más apreciable el cambio en la correlación de fuerzas políticas. Cambio que es necesario entender y analizar en sus razones sociológicas profundas, más allá del papel –no despreciable─ que puedan estar teniendo determinados apoyos mediáticos y financieros, que en ciertos casos denotan una grave intromisión de otros países (nada ejemplares) en la dinámica política interna de un país soberano. Y serio.

Aunque los cambios están afectando a todo el mapa electoral, y producen efectos polarizadores de mutuo reforzamiento por los extremos de los contrarios, sus efectos más erosivos están teniendo lugar en los espacios intermedios. Es decir, se trata de cambios que pueden afectar a las posibilidades de desarrollo de un partido centrista, moderado y europeísta como Ciudadanos, y a las potencialidades de un partido socialdemócrata templado como es el PSOE, que se niegan a entrar en la dinámica de la bipolarización.

El PSOE hasta hace bien poco tenía dos ventajas comparativas en la competencia electoral, debido a las mayores proporciones de voto que obtenía de las clases trabajadoras industriales y de los jóvenes. En este contexto, el PSOE era visto por muchas personas como el partido que en mayor grado representaba el sentir de los sectores más progresistas y avanzados de la sociedad.

Sin embargo, después de algunas frustraciones importantes sufridas durante el último período del gobierno de Rodríguez Zapatero, que fueron más allá de lo que implican los lógicos ciclos de desgaste de los gobiernos de turno, el PSOE se ha encontrado emplazado –en plena crisis─ ante un nuevo escenario político, económico y sociológico. En dicho escenario cobra un peso especial el aumento del desempleo y la precarización laboral en sectores de edades intermedias que están sufriendo los efectos de una nueva versión de la vieja “cuestión social”. Y sobre todo está influyendo lo que ocurre con amplios sectores de las nuevas generaciones, que se están encontrando con problemas muy serios de exclusión social y laboral, que conforman lo que muy bien podríamos calificar como la nueva “cuestión juvenil”, que puede acabar operando en la misma forma en la que antaño operaba la vieja “cuestión social”, como expresión del malestar creado por las injusticias sufridas por los trabajadores.

El problema es que los partidos que se encuentran más implicados e incluso “atados” por los compromisos europeos –especialmente en la zona euro─ no están dando respuestas rápidas, creíbles y eficaces a la nueva versión de la vieja “cuestión social” que ahora está aflorando de nuevo, ni a la nueva “cuestión juvenil” que emerge con fuerza. Por eso, dichos partidos están perdiendo sus ventajas electorales comparativas en dos sectores sociales clave y están viendo cómo nuevos (pero bastante viejos) partidos frentistas y populistas penetran con fuerza en tales sectores sociales, con promesas demagógicas imposibles de cumplir y con estrategias bipolarizadoras, emocionales y exaltadas, que pueden sonar muy bien a determinados oídos, pero que tienen muy difícil traducción práctica sin salirse de la zona euro. Lo cual conduciría a corto y medio plazo a una catástrofe absoluta.

Todo esto conduce a unos escenarios político-electorales muy complicados, en los que los partidos serios que no prometen        la luna se encuentran dificultados para intentar incorporar la nueva cuestión juvenil a su proyecto programático, y para dar garantías de empleabilidad efectiva a todos los que, en diferentes franjas de edad y condición, lo están pasando mal y no ven claros sus horizontes de futuro. Algo para lo que resulta imprescindible un cambio sustantivo en las actuales políticas comunes europeas.

Si esas nuevas políticas no se ponen en marcha con rapidez y con suficiente entidad, va a resultar difícil evitar que las nuevas condiciones sociales propicien fenómenos de identificación sublimada –y en algunos casos irreal, e incluso irracional─, con aquellos líderes, partidos y coaliciones que no tienen escrúpulos para prometer el oro y el moro, por parte de los sectores que en mayor grado padecen la crisis (clases medias en declive, parados de larga duración de las clases trabajadoras, jóvenes precarizados y excluidos, etc.). Partidos que suelen ofrecer presentaciones caleidoscópicas de sí mismos y de su proyecto (también caleidoscópico), continuamente cambiante y adaptable al gusto de los consumidores políticos, y a los giros que prefiera dar cada cual al giroscopio hasta obtener la composición de imágenes, formas, colores y brillos que resulte más de su gusto.

Por eso, no hay que sorprenderse de que aquellos que hasta hace bien poco utilizaban en sus círculos y en sus entornos académicos la expresión “socialdemócrata” como un insulto descalificador de gran calado, ahora intenten mimetizarse como unos buenos socialdemócratas. Y si hay que borrar en Internet las viejas proclamas anguitistas, chavistas, txipristas, bolivarianas y violentas, pues se borran –o se ignoran─ sin mayores dificultades ni escrúpulos. Y si hay que proclamarse básicamente como “patriotas” –igual que los lepenistas franceses─ se hace sin flaquear. Pues, en definitiva, los movimientos populistas son antes que nada lo que quiera el pueblo que sean. Al menos, hasta que obtengan votos suficientes como para ocupar los centros neurálgicos del poder. Que eso es lo único que realmente les importa. Y, si no, repasemos los libros de historia y los principales manuales de los estrategas de la conquista del poder. ¡Y lo que nos queda por ver!

¿Supone todo esto que estamos ante una operación –bien orquestada─ de engaño sistemático y a gran escala? Parece evidente que lo es, y lo será en mayor grado para aquellos sectores de la juventud que han creído ver en determinados frentes populistas, como Podemos, la esperanza de un nuevo sujeto político capaz de vehiculizar las demandas y las necesidades de ese gran conglomerado social que puede ser integrado bajo el rótulo de la “cuestión juvenil”. De ahí la imagen juvenil que ahora intenta dar de sí mismo el viejo anguitismo tardo-comunista. Imagen que permite sintonizar con aquellos jóvenes, y ya no tan jóvenes, que están teniendo experiencias societarias frustrantes y que, en bastantes casos, piensan que ni la sociedad ni los viejos partidos se han ocupado realmente de sus problemas y necesidades societarias y personales.

Por eso, los apoyos y simpatías hacia los partidos populistas son mayores (comparativamente) entre las franjas de edad intermedias, especialmente entre los que tienen entre 25 y 35 años, algunos de los cuales ya no son propiamente jóvenes (los “tardo-jóvenes”), pero tienen sobre sus espaldas bastantes vivencias acumuladas de los fracasos y problemas de una integración socio-laboral dificultosa y en bastantes casos fallida. Cuando en un país, como España, aumenta la pobreza y la desigualdad, existe un paro juvenil superior al 50% ─en algunas Comunidades Autónomas superior al 60%─ y donde el 70% de los menores de 35 años están en paro o tienen empleos precarios, es perfectamente comprensible que cunda el malestar y se extienda un sentimiento de exclusión social generalizada entre los jóvenes. Ahí es donde se encuentra en gran medida el eco y los apoyos que tienen actualmente los partidos populistas. Apoyos que plausiblemente persistirán y se fortalecerán en tanto en cuanto persistan las condiciones sociales y laborales en las que encuentran su caldo de cultivo más apropiado.

Hay que entender, pues, que lo que está ocurriendo en España forma parte de problemas y tendencias sociológicas y políticas de carácter general, que denotan fallos y carencias importantes en nuestra actual estructura social, que dan lugar a reacciones que no por escasamente deseables, no dejan de ser perfectamente previsibles. Por eso, el debate electoral de fondo y la consideración sobre las políticas más pertinentes y necesarias debe atender prioritariamente a la solución de dichos problemas. Y no meramente –y de forma epifenoménica─ a sus efectos no deseados y a los peligros de apropiación ideológica y política de tales cuestiones por partidos que, lejos de aportar soluciones reales, con su infantilismo simplista, solo intentan lograr el mayor grado de inflamabilidad social posible. Es decir, pretenden sacar el máximo partido político de las contradicciones existentes. Por lo tanto, por mucho que se envuelvan en papeles de seda, y se adornen con ingeniosas palabras y emoticonos, en realidad no estamos sino ante un conjunto de rancios postulados de manual, que ya han fracasado históricamente una y otra vez. De ahí que los votos dirigidos a estos partidos prácticamente solo valgan como expresión de indignación o de protesta, que se agota en su corto recorrido y no conduce a nada concreto, ya que al final resultará imposible que nadie más apoye o llegue a acuerdos viables con estos partidos. Partidos que, prácticamente, solo sirven para la exaltación del superego de algunos de sus líderes todopoderosos, y para atizar el fuego de confrontaciones tan enconadas como taimadas y estériles.