SOCIALISMO Y CAPITALISMO

SOCIALISMO Y CAPITALISMO

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En una coyuntura en la que el Partido Socialista Obrero Español intenta conseguir apoyos parlamentarios para formar gobierno, y cuando esta organización política es acusada por nuevas fuerzas populistas de no ser verdaderamente fiel al ideario socialdemócrata, merece la pena realizar una reflexión sobre el capitalismo desde la óptica de esta ideología, tratando también de delinear qué orientación puede adoptar la política económica de un nuevo poder ejecutivo de corte progresista.

Una reflexión que es cuanto más pertinente si se tiene en cuenta que las principales potencias económicas, desde la Unión Europea a China, pasando por Rusia, Brasil e incluso Estados Unidos, afrontan serias dificultades en sus modelos de crecimiento, ya sea por el exceso de endeudamiento privado, la caída de los precios de las materias primas, o simplemente por la insuficiencia de nuevos yacimientos de desarrollo. En síntesis, el capitalismo del siglo XXI tal y como lo conocemos parece mostrar signos de agotamiento, y en todo caso viene precisando desde al menos el año 2008 de constantes apoyos públicos de tipo monetario y fiscal, lo que incluye la fijación de tipos de interés (el precio oficial del dinero) ultra-bajos, el lanzamiento de programas de compra de bonos del Estado por los bancos centrales, así como planes de inversión públicos, todo ello con la finalidad de aumentar la tasa de crecimiento económico y así reducir el paro.

Por tanto, la crisis financiera y económica que se inicia en el verano de 2007 es, parece obvio decirlo, una crisis del capitalismo mundial. Y sin embargo, la socialdemocracia no ha salido necesariamente fortalecida como oferta política alternativa a la vía neoliberal en gran parte del mundo atlántico, si bien los dos mandatos del presidente Obama en los Estados Unidos se han caracterizado por una política económica claramente keynesiana en la medida en que no ha sido saboteada por un poder legislativo en manos de la derecha republicana.

Acaso en Europa la ciudadanía percibe que las organizaciones socialdemócratas no aspiran a superar el capitalismo sino a gestionarlo, al igual que la derecha, de manera más social y humana si cabe que ésta, pero gestión del sistema al fin y al cabo. En la medida en que ésta percepción responda a la realidad, el riesgo de desaparición del socialismo democrático como alternativa política, para ser sustituido por ofertas electorales de corte populista es muy elevado.

Precisamente cuando el capitalismo financiero del siglo XXI atraviesa su peor crisis desde 1929, no es aceptable que la socialdemocracia se encuentre desarmada, acomplejada, incapaz de decir sin ambages que su aspiración es la superación del modelo capitalista en favor de una economía social de mercado caracterizada por el pleno empleo, el predominio de las rentas del trabajo en la renta nacional y un reparto justo de los frutos del crecimiento económico.

La gran diferencia por tanto con el populismo estriba precisamente en la adhesión a las instituciones de la democracia liberal, para así conquistar democráticamente el poder político y ponerlo al servicio de la mayoría, es decir, de las clases asalariadas, trabajadoras y profesionales. Se trata por tanto de poner en marcha una política económica orientada al corto, al medio y al largo plazo. En el corto plazo, la socialdemocracia debe en efecto realizar una mejor gestión de la economía de mercado, en lo que ha fracasado el Partido Popular, con el objetivo de mejorar las condiciones de vida de la mayoría social. Al mismo tiempo, en el medio plazo se tendrán que operar cambios profundos en el patrón productivo de la economía española, y en la política industrial, para identificar los nuevos sectores que van a ser generadores de actividad y de empleo. Pero también una política económica socialista no puede perder de vista actuar con la mirada puesta en el largo plazo, lo que supone reducir el peso del capital y los monopolios en la economía, es decir, el refuerzo de la democracia económica, como complemento indispensable de insuflar vigor en la recuperación y cambiar el modelo productivo.

Estos tres ejes, recuperación, modelo productivo y democracia económica caracterizan a una socialdemocracia ambiciosa y fuerte, consciente de las restricciones que impone la realidad, del recurso al gradualismo, y de la pertenencia a la Unión Europea, lo que incluye compromisos en materia de equilibrio presupuestario. El populismo en cambio abusa de las posiciones estéticas, al tiempo que carece de una adecuada secuenciación para el pretendido asalto a los cielos. Confiemos en que sus líderes puedan trascender la política de los gestos para llegar a acuerdos sobre políticas sustantivas de corte progresista, bien planificadas y orientadas, para poner en marcha la necesaria transición hacia la economía post-capitalista.