SIRIA: MIL GUERRAS Y UNA PAZ INVEROSÍMIL

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La Conferencia de Paz sobre Siria se ha retrasado. No es descartable que la demora se prolongue, incluso más allá del viernes, a una nueva cita. No hay acuerdo en casi nada para empezar a hablar. Pero el escollo que más se destaca estos días últimos tiene que ver con lo más primario en un esfuerzo diplomático de esta naturaleza: los participantes.

El responsable de la ONU encargado de las conversaciones, Stefan de Mistura, está harto. Apenas lo oculta. Unos y otros le ponen vetos en la lista de asistentes. Sobre todo los saudíes, que quieren imponer a sus protegidos. De Mistura ha dirigido una carta a los Estados permanentes del Consejo de Seguridad para que tomen cartas efectivas en el asunto (1).

Estas dificultades iniciales son sólo las primeras en una larga lista no muy difícil de anticipar. Hasta hace sólo unas semanas se imponía el convencimiento general de que no era posible una solución militar del conflicto. Ahora las opiniones son más diversas.

Algunos analistas consideran que la intervención rusa ha reforzado a Assad, hasta el punto de volver a hacerle creer en la victoria militar (2). Esta afirmación seguramente es exagerada. Otras estimaciones, por el contrario, indican que el régimen ha obtenido un respiro, pero no ha mejorado ostensiblemente sus posiciones.

Quizás la mejor noticia para las autoridades de Damasco es que sus enemigos siguen divididos, y por mucho tiempo, por lo que parece. El empeño saudí en convertir a sus protegidos en los elementos centrales de una solución debilita las opciones más moderadas, si es que existe ya alguna.

TODOS CONTRA TODOS

En Siria se vive algo similar a una guerra de todos contra todos. En el plano bélico, las alianzas en una zona, región, provincia o enclave se diluyen a los pocos días o semanas. Los amigos de hoy, o de aquí, se convierten mañana, o allá, en enemigos. La aparente afinidad ideológica o étnica, o incluso un padrinazgo común, no impiden esta variabilidad. Para los propios especialistas, la elaboración de un mapa de contendientes por zonas resulta un quebradero de cabeza. O, en todo caso, un ejercicio sometido a continua revisión.

En un esfuerzo de síntesis, y advirtiendo que la simplificación es inevitable, diremos que se pueden detectar en Siria guerras distintas que se solapan, confunden, desvirtúan y, en ciertos momentos, se anulan entre sí.

A priori, el régimen de Assad se enfrenta a todos. Pero los rebeldes combaten entre ellos en frentes paralelos, simultáneos o solapados. Esta multiplicidad de enfrentamientos sobre el terreno, en varios lugares y durante bastante tiempo, termina por congelar, suspender o neutralizar el conflicto inicial. Hay discrepancias y choques serios entre laicos (casi simbólicos) y yihadistas. Los yihadistas del Frente Al-Nusra, la franquicia de Al Qaeda, y el Daesh se combaten ferozmente. Los favoritos de Arabia Saudí, como Jaish al Islam o Al Ahrar Al-Sham, colaboran en algunas zonas con Al-Nusra, y en otras se enfrentan con saña; a su vez, esos dos grupos amparados y financiados por Riad, se han negado apoyo en ocasiones, por discrepancias tácticas, sectarias o de liderazgo.

Los kurdos constituyen un factor generador de paradojas en cadena. Por un lado, los combatientes del YPG (kurdos sirios) son los enemigos más activos de los yihadistas en el norte, lo cual ha favorecido una especie de pacto tácito de no agresión con Damasco. Por otro lado, los kurdos son los combatientes más fiables para los norteamericanos y sus principales receptores de ayuda y apoyo sobre el terreno. Pero esta relevancia kurda irrita de forma insoportable a Turquía, teórica aliada de Estados Unidos. De hecho, los turcos combaten con más ferocidad a sus kurdos (PKK), aliados del YPG.

Las urgencias humanitarias complican aún más las cosas, porque los contendientes no dudan en tomar como rehenes a la población civil para obtener ciertas ventajas, alivios o intercambios satisfactorios, en términos tácticos y/o propagandísticos.

LAS RIVALIDADES DE GUANTE BLANCO

En el plano diplomático, la situación no es mucho más clara, como el retraso en el inicio de la Conferencia de Paz ha puesto palmariamente de manifiesto.

Estados Unidos y Rusia no comparten una estrategia común. Washington pretende que la derrota del Daesh no sirva para consolidar a Bashar el Assad y su sistema de poder bajo la hegemonía alauí, sino que abra el paso a un nuevo régimen más abierto y democrático. Moscú sólo aceptaría la caída de su protegido en Damasco si le sustituyera otro que garantizara sus intereses estratégicos (presencia militar e influencia en la zona). Informaciones recientes parecen apuntar a una escalada limitada del compromiso militar norteamericano no directo, sino bajo cobertura saudí o de otros Estados árabes conservadores tradicionalmente aliados. En la Casa Blanca se mantiene el convencimiento de que el Kremlin no puede permitirse, en la actual situación de fragilidad económica rusa, con el petróleo por debajo de 30 dólares, la prolongación de su compromiso militar en Siria.

Esta rivalidad entre las dos grandes potencias externas en Oriente Medio se convierte en hostilidad abierta y cada vez más peligrosa en el caso de Arabia Saudí e Irán. La Casa de los Saud quiere un cambio radical de régimen y la hegemonía de la mayoría sunní. La República Islámica necesita conservar a toda costa el eje chií en posición de fuerza junto al Mediterráneo.

Hay otros enfrentamientos no menos agrios. Rusia se ha olvidado, al menos por el momento, de sus planes de cooperación económica y energética con Turquía, tras el desgraciado y todavía no suficientemente explicado incidente del avión ruso abatido por las baterías antiaéreas turcas. El actual gobierno de Iraq, aunque más moderado y aparentemente menos sectario que el anterior, tampoco ve con buenos ojos que en su flanco occidental triunfe una opción sunní radicalizada o sometida a los dictados de Arabia Saudí. Aunque Assad no es un aliado directo de los chiíes iraquíes, es un protegido de Teherán, que sigue teniendo una influencia capital en Bagdad, sobre todo a la hora de evitar un nuevo desafío de los extremistas sunníes del Daesh.

En fin, como sostiene con lucidez un veterano analista de la región, a la hora de imaginar la paz, lo más sensato es ser escéptico (3). Siria sigue siendo un pandemónium de muy difícil abordaje. Sólo el agotamiento real de las opciones militares, por extenuación pura y dura, puede abrir la puerta a negociaciones diplomáticas y políticas reales y no ficticias o aparentes, es decir, de cobertura. Si el actual bloqueo se prolonga, como parece más que probable, la desesperación de la población se agravará, si eso es posible, continuará el éxodo y el drama de los aspirantes a refugiados terminará por resquebrajar del todo Schengen, uno de los fundamentos de la Unión Europea.

 

 

(1) U.N. Envoy signals that Ryad is obstructing Syria peace talks. COLUM LYNCH. FOREIGN POLICY, 20 de enero.

(2) “Assad has it his way. The Peace talks and after” JOSHUA LANDIS y STEVE SIMON. FOREING AFFAIRS, 19 de enero.

(3) “A Skeptic´s Take on solving Syira”. DAVID AARON MILLER. FOREIGN POLICY, 23 de diciembre.