SIRIA: EL ACUERDO DE ALTO EL FUEGO QUE (CASI) NADIE QUIERE

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El alto el fuego en Siria, acordado el viernes por las diplomacias norteamericana y rusa, se está respetando, en términos generales, aunque se hayan producido fracturas menores. Los auspicios, en todo caso, no son muy halagüeños. Casi todas las partes en el pandemónium sirio dicen querer la paz, pero no hay apenas coincidencia en lo que esa aspiración consiste y significa. Por ese motivo, este alto el fuego no lo quiere (casi) nadie. No sólo los combatientes directos. También ciertos sectores de los dos grandes padrinos del acuerdo, quienes delatan su propia desconfianza al plantearlo por un periodo inicial de una semana, renovable.

NO LO QUIEREN LA MAYORÍA DE LOS REBELDES

La oposición armada siria, ya se sabe, está dividida, fracturada, atomizada. No es preciso agobiar al lector con la profusión de organizaciones, grupos y tendencias. Cada cual responde a principios y valores similares en algunos casos pero no idénticas o incluso opuestas, a realidades locales y sociales distintas a tácticas no coincidentes, a protectores diferentes. Algo común a este tipo de conflictos armados, en los que la autoridad del Estado se debilita y los intereses extranjeros se aprovechan de la debilidad de los combatientes para imponerles sus agendas o incluso para generar disidencias internas.

Los rebeldes afines a Arabia Saudí, a Turquía, a Qatar, o a cualquier otro protector y financiador han aceptado con la boca torcida, porque temen que el régimen aprovecha el alto el fuego para consolidar su recuperación de este último año. Algunos se han opuesto, aunque eso no signifique necesariamente que estén dispuestos a identificarse como los principales responsables iniciales del fracaso del alto el fuego mediante una acción unilateral significativa.

Los rebeldes más afines a Estados Unidos, menos influyentes sobre el terreno, aunque jueguen siempre con la ilusión de recibir apoyo decisivo en el momento oportuno, han aceptado con menor resistencia el cese de hostilidades.

NO LO QUIEREN LOS MARGINADOS

Obviamente, el acuerdo de alto el fuego no lo quieren el Estado Islámico o la franquicia local de Al Qaeda, que ya no se llama Al-Nusra, sino Fatah Al Sham (o Conquista del Levante). No lo quieren, ni se les permite que lo quieran, porque son los señalados por Washington y Moscú como los principales enemigos a batir.

El problema es que Fatah Al Sham tiene relaciones más que estrechas con los rebeldes pro-saudíes y no siempre malas con algunos pro-occidentales. Se necesitan unos a otros tanto o más (según el momento) como necesitan a los grandes padrinos. Cualquier provocación, incidente o complicación puede desencadenar otra espiral bélica.

NO LO QUIERE EL RÉGIMEN

Assad fue el primero en aceptar el alto el fuego. Pero más por conveniencia que por convencimiento. El presidente sirio y sus generales hubieran preferido que las negociaciones continuaran para seguir consolidando posiciones y debilitando las de sus enemigos múltiples, en Alepo, en Idlib y en los alrededores de Damasco. La alta intensidad de las operaciones sólo un par de días antes de la entrada en vigor del acuerdo deja bien a las claras la verdadera motivación del régimen. Assad y sus leales aceptan porque no están en condiciones de oponerse a los designios de su protector ruso. Depende de Moscú para ganar la guerra, o al menos para no perderla de forma catastrófica; es decir, para preservar la mayor parte posible de sus intereses.

NO LO QUIEREN LOS ENEMIGOS EXTERIORES DEL RÉGIMEN

Arabia, Turquía y los Estados que se agrupan detrás del liderazgo sunní sospechan que este tipo de interrupciones pueden acarrear peligrosas trampas. No pueden negarse, porque parecería que no son sensibles a las necesidades angustiosas de víveres, medicinas y otros productos básicos que tienen centenares de miles de personas en zonas asediadas o en un entorno imposible para que funcione la ayuda humanitaria.

Pero estos enemigos exteriores del régimen están persuadidos de que cada día que pasa se refuerzan las opciones de Assad en la definición del futuro del país. Siria fue, en su momento, una de las razones (la otra el acuerdo nuclear con Irán) que motivaron la crisis en las relaciones entre los Estados de mayoría sunní y la Administración Obama.

NO LO QUIEREN IRAN Y SUS DELEGADOS

Para Irán, la tregua significa detener el avance de su aliado, Assad y su camarilla alauí, la versión local del chiísmo. Aunque los ayatollahs están deseando que acabe esta guerra, no les importa que sea de cualquier manera. Irán consideraría una derrota propia que Siria cayera bajo la influencia del sunismo saudí o incluso de la versión más suave, que preconizaría un Erdogan fortalecido tras el fracaso del golpe.

Teherán tiene en Siria a muchas de sus mejores divisiones de élite y sostiene con armas, dinero y logística a Hezbollah, la milicia chíi del vecino Líbano. Ambas fuerzas han sido, durante meses, el mejor soporte del tambaleante régimen sirio. Aunque Irán considere una ventaja la intervención rusa, y se hayan producido colaboraciones y acercamientos destacados más allá del conflicto sirio, ambos Estados no son estrictamente aliados. La desconfianza de muchas décadas no se ha disipado.

NO LO QUIERE (DEL TODO) EL PENTÁGONO      

Last but no least. El Pentágono desconfía de este acuerdo, porque teme que beneficie más los intereses de Rusia que los de Estados Unidos. No es frecuente que estas desavenencias entre aparatos del Estado en Washington se hagan palpables públicamente. A los militares norteamericanos involucrados en este proceso les preocupa que los rusos engañen, manipulen o aprovechen la nueva situación en beneficio exclusivo propio.

A los militares se unen algunos veteranos diplomáticos que llevan meses, o años, cuestionando la política de Obama en Siria. Kerry, aunque admite su escepticismo, ha demostrado una tenacidad y una habilidad supremas, y cuenta con el reconocimiento público y notorio de la Casa Blanca. Pero le brotan los reproches en su propia casa y, desde luego, y ahora con mayor énfasis, en el Departamento de Defensa, con su Secretario Carter a la cabeza.

El elemento más sensible es el que debería aplicarse al término de esa primera fase inicial del acuerdo de cese del fuego: la colaboración entre las fuerzas armadas norteamericanas y rusas en el análisis de la evolución militar sobre el terreno, la selección de objetivos a batir y los elementos prioritarios a eliminar. Esa tarea no es muy compleja, debido al entramado de relaciones entre las distintas fuerzas rebeldes. También es arriesgada, porque obligará a compartir métodos y fuentes de inteligencia en un entorno de desconfianza entre rusos y estadounidenses.

¿LO QUIERE RUSIA?

Cabe preguntarse si Rusia es el único actor convencido plenamente de la conveniencia de este acuerdo de alto el fuego. Eso parece. Pero, ¿por cuánto tiempo? Reflotar a Assad está bien, habilitarlo como parte indesplazable en una negociación sobre el futuro del país, también. Pero para conseguir este objetivo, quizás sea necesario muy pronto fortalecer algunas de sus posiciones militares sobre el terreno. Y entonces, es posible que el alto el fuego se convierta en un incordio.