SIRIA: “CRIMEN DE GUERRA”, INDIGNACIÓN E HIPOCRESÍA.

Una nueva ceremonia de la confusión está servida. Gobiernos occidentales, grupos de asistencia humanitaria y medios han denunciado un supuesto ataque con armas químicas, realizado por la aviación del Gobierno sirio en Jan Sheijun, una localidad de la provincia noroccidental de Idlib, bastión de los rebeldes desde el comienzo de la guerra, hace seis años. La cifra de víctimas contabilizadas se acerca a 70, entre ellas una docena de menores. Pero las asistencias sobre el terreno creen que podrían superar el centenar, o incluso más.

Muchos datos cruciales sobre lo ocurrido están aún por confirmar y las versiones son contradictorias, como suele ocurrir. Sin embargo, algunas de las potencias occidentales ya han solicitado la convocatoria urgente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y han señalado al régimen sirio como responsable de esta última atrocidad. Se supone que se dispone de datos para realizar tales afirmaciones. Pero lo único que se sabe públicamente es que la aparición de síntomas de ataque con agentes químicos surgió poco después de un ataque aéreo en la zona, y sólo el régimen y Rusia disponen de ese armamento.

El gobierno de Damasco ha negado rotundamente su autoría y dirigido las acusaciones hacia los rebeldes. Rusia, por medio de su Ministerio de Defensa, ha ofrecido otra explicación, que exculpa al Gobierno sirio, su protegido en el conflicto: los aviones del régimen habrían bombardeado una instalación en la que los rebeldes yihadistas que controlan Idlib producen y almacenan las armas químicas, provocando la liberación de estas sustancias.

La provincia de Idlib es un pandemónium en el que dominan las fuerzas yihadistas vinculadas con la franquicia de Al Qaeda y otras autónomas de esta histórica organización, pero también controlan ciertos sectores otros grupos rebeldes más “moderados”, es decir, lo que suele asimilarse a posiciones pro-occidentales. El Daesh no tiene presencia allí.

Hasta aquí lo que se sabe, o lo que se dice que se sabe, o lo que interesa que se sepa. La experiencia nos enseña que en este tipo de guerras (en casi todas, en realidad), la primera información que circula no es necesariamente certera, imparcial u honesta. Siria es un ejemplo abrumador de esta constante. Pero mientras esperamos confirmaciones fidedignas, hay otras consideraciones que resulta muy oportuno no evitar. Empecemos por la “indignación” que este “episodio químico” ha provocado.

Gran Bretaña y Francia lideran la protesta occidental. Ya han dinamizado mecanismos de la ONU para pergeñar una resolución del Consejo de Seguridad que condene en términos muy duros al régimen sirio. Se espera que París y Londres aporten las supuestas pruebas de su autoría. Ya puede anticiparse el destino de esa resolución: no será aprobada, por el veto de Rusia, que opondrá una versión distinta, expuesta más arriba, y seguramente el de China, que mantiene posiciones ultraconservadoras en estos casos. Todo según el guion habitual.

Más interés tiene la posición norteamericana. Naturalmente, Trump se ha sumado a la denuncia, ha señalado al régimen de Assad como responsable de lo sucedido y ha insinuado vagamente la exigencia de responsabilidades al manifestar que “el mundo occidental no puede dejarlo pasar”. Pero el interés está en los detalles.

Vamos acostumbrándonos a la cacofonía de la actual Administración. Hasta el punto de que ya no sorprenden ni siquiera las contradicciones e inconsistencias, porque han alcanzado un punto de aburrida cotidianeidad. El inefable presidente, obsesionado por su antecesor, ha tuiteado un mensaje en el que hace a Obama responsable de que el régimen sirio se encuentre en condiciones de realizar ataques de este tipo. Recuerda Trump el incumplimiento del compromiso de la línea roja, como era de esperar. Pero lo que no dice es que, en 2013, cuando el anterior presidente estuvo considerando la respuesta tras el ataque con armas químicas en las afueras de Damasco, él mismo, que entonces no era oficialmente candidato a la Casa Blanca, recomendó al entonces presidente no intervenir, porque esa opción sólo iba a complicar más las cosas. Entonces, la alineación de Trump con las posiciones rusas era casi total; ahora, depende del momento: porque lo esconde o lo disimula, o porque duda, o porque ni siquiera sabe cuál debe ser su posición.

No es ésta la única inconsistencia en Washington. El secretario de Estado, más afín a las posiciones habituales de Estados Unidos, y sobre todo mucho, mucho más prudente que su jefe en sus comportamientos, se ha sumado a la línea oficial franco-británica, en fondo y forma, incluso en la culpabilización del Kremlin, al manifestar que “Rusia e Irán tienen también una gran responsabilidad moral por estas muertes”. Pero Tillerson no irá más allá. No será él quien dé las instrucciones de actuación en la ONU a la embajadora Haley, sino Trump, o tal vez sus subsidiarios preferentes, el ideólogo Bannon o el yernísimo asesor, Kushner.

Se intuye lo que, pasado el fragor de la indignación, pueda hacer la Administración. Hace unos días, el portavoz de la Casa Blanca admitió que “el régimen sirio es una realidad que tenemos que aceptar” y reiteró que la prioridad para Washington seguía siendo acabar con el Daesh y el terrorismo islamista. Esta posición mantiene vivo el entendimiento con Moscú. Puede pensarse que este zig-zag de Washington es táctico u oportunista, pero quizás sea trate sólo de la inconsistencia que caracteriza a la actual Administración.

La “indignación” europea tiene otras coordenadas y otras fragilidades. Los europeos han sido más coherentes frente al conflicto sirio y han repartido responsabilidades entre el régimen de Assad y los yihadistas que le combaten. Pero han sido mucho más inconsecuentes en los paliativos de las consecuencias de la guerra. No hace falta recordar aquí el vergonzoso fracaso de la protección de los desplazados (mal llamados refugiados, porque la mayoría no lo son y nunca lo serán). La desunión, el “oportunismo humanitario”, los cálculos electoralistas y otras plagas políticas y mediáticas han desautorizado moralmente a la UE.

Este último episodio atroz en Siria coincide con la Conferencia de donantes, que se celebrará durante dos días en Bruselas. La ocasión servirá de altavoz a la retórica solidaria, pero lo cierto es que Europa tendrá que rendir cuentas del incumplimiento de compromisos anteriores. De los 4.000 millones prometidos en conferencias anteriores, sólo se ha desembolsado una décima parte o poco más. Más de la mitad de la población siria se ha visto obligada a abandonar sus hogares. La mayoría, más de 13 millones, pena por territorio sirio arrasado. Los que han huido del país y se acercan, más o menos, a nuestras fronteras europeas son menos de la mitad que los anteriores, aunque concitan un mayor interés mediático. Cada día más débil, por cierto: la fatiga de la compasión.

Una última consideración. ¿Puede ser casualidad la coincidencia de este último episodio químico con la Conferencia de Bruselas? ¿A quién beneficia más el inevitable eco mediático? ¿Puede ser el régimen tan torpe como para atacar con agentes químicos en vísperas de una cita internacional sobre Siria? ¿Hay desavenencias o falta de control en Damasco? ¿Puede estar buscando la oposición, y qué oposición, un nuevo repunte de la presión contra Assad? ¿Es realista hacerlo? Muchas incógnitas, pocas respuestas, demasiada propaganda por todas las partes. La indignación es fútil cuando la desinformación y la hipocresía dominan la escena.