SIN ÁNIMO DE MOLESTAR, SE ESTÁN EQUIVOCANDO

frutos230916

Las posibilidades y fórmulas para formar Gobierno han socializado enormemente la política nacional. Todo el mundo tiene opinión de lo que es peor y es mejor para el país; qué debe hacer cada cual, con quién pactar o no; en definitiva, todos sabemos de todo: la alineación, el medicamento y la Ley. Es el único aspecto positivo de esta endiablada situación.

Proponer, a estas alturas, el mejor camino para salir del atolladero quedando bien parados como país, es esfuerzo inútil. Hay opiniones como colores. Exponer los pros y los contras es un pernicioso juego que lleva a confundir los deseos con la realidad. Lo peor es que los que tienen poder para modificar la situación, posibilitando que el escenario cambie, están atrincherados. Ni paso atrás ni adelante. Las lógicas para unos son ilógicas para otros. El ciudadano piensa que lo único que se esconde es una lucha de poder, el interés general queda desenfocado en segundo plano.

La lógica del NO del PSOE es aplastante para su electorado, no entendería facilitar un Gobierno de Rajoy. Pero la no existencia de un relato alternativo a la negación termina haciendo todo confuso. Un Gobierno a tres tenía su lógica en marzo, pero fue rechazo por la incompatibilidad de los posibles “partners”, hoy parece descartado tras el tiempo transcurrido desde la investidura fallida de Rajoy. Ciudadanos ha cambiado, contemplando como plausible la reelección de Rajoy. El PSOE, de hacerlo, crearía una quiebra en su electorado y pagaría la factura. Su opción debe respetarse y las lecciones de patriotismo han de tener mesura para no pedir lo que no se sería capaz de dar. Lo evidente es que todos van a perder bastante en su crédito. Todo ello convierte en esencial el esfuerzo pedagógico y explicativo que se haga para que los ciudadanos, más allá de compartir, entiendan lo que se está planteando.

Sin embargo la izquierda sigue mirando hacia sí misma. Además tiene dos cuestiones esenciales sin resolver: Una su política de alianzas y tener un modelo de partido adaptado a una sociedad diferente, una realidad política que poco tiene que ver con el pasado.

Esta falta de definición lleva a sus dirigentes, nacionales y territoriales, a transitar recurrentemente por un terreno pantanoso. Con ello los votantes se sienten desconcertados y los medios de comunicación ávidos de carnaza noticiosa.

Hay cuestiones que hemos visto en los pasados días que escapan del entendimiento ciudadano. Un Partido Político no es un club, hay que suponer que sus componentes y más sus dirigentes aceptan la reglas del juego. El derecho a la discrepancia y la libertad de expresión en público en el seno de una organización no son absolutos. Los dirigentes deben ser garantes de ello, pues puede volverse en su contra.

También llama la atención que lúcidos responsables del pasado entren en batallas de declaraciones, en algunos casos subidas de tono. Todo ello da lugar a encadenados despropósitos dialecticos que los ciudadanos interiorizan como pelea de patio de colegio entre los que quieren jugar al futbol o al baloncesto y los que quieren jugar con el equipo azul, pero están en el rojo. Nada ejemplificador en definitiva.

El tener un modelo de organización del siglo XIX tiene algo que ver con todo esto y una organización no es sólo estructura y reparto de poder, es también cultura y valores que se defienden a través de un proyecto colectivo y que ha de transcender a los individuos y a sus intereses particulares.

En estos momentos convulsos que, para pesar de sus votantes y de sus militantes, está viviendo el Partido Socialista también está padeciendo el mal de no haber hecho un correcto análisis de la situación que le ha llevado a estar como el funambulista con el riesgo de caer al vacío con un paso en falso.

Cuanto más tiempo tarden sus dirigentes, pasados o presentes, en asumir que su objetivo primordial es recuperar a su electorado y donde se ha marchado es a Podemos y, de momento, no con mucha pretensión de regresar. Buscar las culpas de esta huida en los otros es un buen inicio para no llegar a ningún sitio, intentar responsabilizar de ello a esta dirección federal o a la anterior, o a las regionales o a la situación general es dar por bueno el castizo dicho “entre todas la mataron y ella sólo se murió”. Un partido, y más un partido progresista, no puede ser simplemente un gestor del presente. Un partido de progreso, de cambio, ha de adelantarse al futuro tiene que proyectarlo e intentar condicionarlo. La socialdemocracia es construir una sociedad mejor, no simplemente poner parches en una realidad que a la mayoría no le gusta. Esa ha sido una de las grandes carencias del PSOE, junto a la de idealizar a sus dirigentes y haber ido dejando por el camino muchas personas y colectivos, a la par que principios esenciales de la izquierda como la capacidad de autocrítica, la austeridad, el liderazgo colectivo, la búsqueda de la excelencia, el enriquecimiento formativo y la capacitación política de sus miembros. No se compadece con la práctica política socialista estar más tiempo en un plató que trabajando para mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos. La política no es hablar es trabajo y comunicación.

Todo esto puede molestar a unos u otros pero no más que lo que desconcierta y fastidia a los votantes que aquellos a los que han elegido para representarles se dediquen a jugar a justas palaciegas, ya sea en los medios o en la santa sede. El socialismo es mucho más que el patrimonio colectivo de hombres y mujeres que a lo largo del tiempo han forjado su historia, es futuro. Nadie puede frivolizar con un ideal compartido que sigue siendo necesario para que la sociedad avance.