SER ESPAÑOL

Los think-tanks aznarianos han descubierto recientemente una nueva perla con la que fustigar al líder del PSOE, Pedro Sánchez: los belenes de Navidad. Es la última aportación a la estrategia de acoso y derribo que el Partido Popular ha venido practicando desde que fue desalojado del poder por medio de una moción de censura en julio pasado. Primero fue la acusación de que el Partido Socialista pretendía acabar con la fiesta de los toros y con la caza, lo que dio lugar a una pregunta parlamentaria. Después vino otra sobre las tradiciones navideñas, y la supuesta falta de diligencia del gobierno en felicitar las fiestas adecuadamente —nada de “Felices Fiestas”, ni mucho menos “Feliz Solsticio de Invierno”, hay que decir bien claro “Feliz Navidad”. Ahora el Partido Popular pide que el Gobierno promueva declarar los belenes patrimonio inmaterial de la UNESCO. ¿Hay quién de más? 

Su hiperventilado líder (acertado adjetivo éste, adjudicado a Pablo Casado por el líder de Podemos) no cesa de idear objetos arrojadizos con los que castigar los flancos del Presidente del Gobierno. Del creador de los sonoros adjetivos con que nos ha regalado los oídos estas últimas semanas, tales como traidor, títere, o golpista, nos llega ahora uno aún mejor: el de antiespañol. 

Ser español, según este preclaro líder, y según los corifeos mediáticos que le hacen la ola, consiste en respetar y promover nuestras tradiciones, que incluyen las ya mencionadas fiestas taurinas, la caza, y los belenes navideños, a las que seguramente habría que añadir las procesiones de Semana Santa, el uso intensivo de la peineta y la mantilla, y las fiestas populares tales como la romería del Rocío, la feria de abril, los sanfermines navarros, las fallas valencianas y la madrileña verbena de la Paloma. Sospecho, en cambio, que los castellets catalanes, la sardana, o las tamborradas y los aurresku vascos no formarían parte de esta lista. 

Ya puede ir temblando el que no comulgue con estas tradiciones, pues recibirá más pronto o más tarde la acusación de ser mal español, cuando no la de ser antiespañol. En esta alocada carrera hacia el desprestigio y la irrelevancia, Pablo Casado va a terminar descubriéndonos que España es “portadora de valores eternos” y que somos “una unidad de destino en lo universal”, cualquiera que sea lo que signifique esto. El franquismo, esta vez sin Franco, acabará asomando de nuevo a nuestras puertas. De hecho, ya se vuelve a cantar el Cara al Sol en los mítines de Vox. 

Casado y Rivera, Rivera y Casado (tanto monta, monta tanto) empezaron apropiándose de nuestra bandera, agitándola con fines partidistas; continuaron apropiándose de nuestra Constitución -sarcasmos de la historia, el PP, que no la votó en 1978, es ahora el mayor defensor de la misma- y ahora nos van a enseñar a todos en qué consiste ser español. Emplean nuestros símbolos y tradiciones como armas arrojadizas contra el adversario. 

Somos conscientes de que todo este ruido obedece sobre todo a una estrategia política muy bien diseñada, consistente en que no se hable de las leyes aprobadas por el Gobierno, de su agenda social, y que nos entretengamos en cambio con la agitación de banderas, con la pelea de identidades, y ahora con las esencias patrias. Saben que publicitar los avances en el salario mínimo, en la revalorización de las pensiones, y en el resto de aspectos en los que el Gobierno está consiguiendo aprobar leyes a pesar de sus bloqueos parlamentarios, son otros tantos votos que ellos pierden y que la izquierda gana. Por tanto, asistimos a una encarnizada batalla por llenar la agenda pública con temas emocionales para que no emerja la agenda social, en la que la izquierda tiene sin duda las de ganar. 

Aun siendo conscientes de ello, no deja de tener su importancia este modelo de cómo conciben en la derecha ser español, que no es tan solo un señuelo, sino que responde al sentimiento profundo de muchas gentes. No es que tenga nada de malo que haya personas a las que les gusten los toros, la caza, o las tradiciones católicas en las que los españoles somos tan ricos. La parte mala es la concepción de que esa sea la única forma de ser español. La parte mala es la exclusión de los que no piensen así. La derecha, sin decirlo expresamente, nos dice que un ateo, un agnóstico, o un musulmán no son buenos españoles. Que no lo son los que no disfrutan con los belenes o las procesiones. Y seguramente, que tampoco lo son los gays, las lesbianas, los que abortan, los que quieren una república, o los que se empeñan en hablar catalán, vasco o gallego, aún conociendo el castellano. 

Nos ha costado cuarenta años conquistar derechos tales como el divorcio, el aborto, la igualdad legal entre hombres y mujeres, el matrimonio igualitario, las leyes contra la violencia machista, el Estado de las autonomías, o la co-oficialidad de las lenguas españolas (si, españolas) diferentes del castellano. No hemos realizado todo ese esfuerzo para que, a estas alturas del siglo XXI, las derechas pretendan retrotraernos al pensamiento único, al franquismo puro y duro en el que solo había una forma de ser español: la que imponía el Régimen. No se lo permitiremos. 

Ahora que está de moda la economía circular, le digo desde aquí al señor Casado: recíclese. Y también, sosiéguese su señoría, que está a punto de darle algo. Comprendemos su impaciencia por llegar al poder, pero eso requiere algún trámite. Y a usted señor Rivera, no juegue a este juego de ver quién es más español: recíclese usted también. No piensen ni por un instante que los españoles les vamos a comprar ese discurso del pensamiento único, casposo y atrasado, que nos quieren vender. Somos plurales y diversos porque así lo hemos decidido. Y tal vez no se hayan percatado, pero vivimos en una democracia en la que cada uno elige libremente su modo de vivir, sus fobias y sus filias. Una democracia que nos ha costado mucho esfuerzo conseguir. Dejen ya de repartir certificados de españolidad. El que añore el pasado, que se compre un billete en la máquina del tiempo y vaya a hacerle compañía al Caudillo.