SEMANA DE CONGRESOS

En el plazo de una semana tres de los cuatro principales partidos políticos españoles han celebrado sus respectivos Congresos, con unos resultados –y unas imágenes− disimilares entre sí. Y en los tres casos, han quedado pendientes las respuestas a una situación socio-económica, laboral y política que cada día es más inquietante. A lo que últimamente se unen perspectivas internacionales realmente amenazantes.

El primero que cumplió con el trámite congresual fue Ciudadanos, en unas jornadas que pasaron sin pena ni gloria, como una mera puesta en escena de algo que estaba anticipado de antemano. Revalidación y exaltación del líder único, al que nadie le hace sombra, una nueva-vieja dirección sin cambios apreciables y una confusa redefinición ideológica, que parece que ha consistido básicamente en abandonar explícitamente sus anteriores simpatías socialdemócratas y decantarse por un liberalismo que, según su líder, les entronca directamente con los liberales de las Cortes de Cádiz. Es decir, ¿un liberalismo decimonónico?

Con lo cual Ciudadanos permanece anclado en unos parámetros de cierta ambigüedad que permiten justificar tanto alianzas a la izquierda como a la derecha, mientras los españoles nos quedamos sin saber qué proponen para hacer frente, de verdad, a los graves problemas que nos aquejan. Algo que la opinión pública aún perdona a este partido, por la sencilla razón de que continúan sin verle como una verdadera opción específica de gobierno. De ahí que su Congreso haya discurrido sin debates de entidad y con una escasa participación de afiliados. Todo, pues, bastante pobre y desdibujado.

En el caso del PP, el Congreso ha sido planteado más bien como una operación de imagen, tanto en su envoltura en una “Caja Mágica” –que ni elegida a propósito−, como en sus contenidos. Sin novedades, dudas ni debates. Todo muy previsible y muy atildado, como si en España y en Europa no existieran problemas y como si la corrupción –“esa cosa”, como dice Rajoy− no tuviera relación con ellos, por mucho que las elevadas penas del capítulo valenciano del “caso Gürtel”, hechas públicas la semana pasada, les afectaran directamente.

Ese “aquí no pasa nada” y “Mariano Rajoy Presidente para siempre”, con el 96% de los votos, puede ser objeto de muchas bromas, pero en cualquier caso no habría que despreciar que esa impresión abrumadora de falta de problemas y de debates internos propicie sentimientos de seguridad y de apoyo −poco entusiasta− entre diversos sectores del electorado, que tienden a aceptar resignadamente al PP como un mal menor, pero perfectamente previsible.

Sin embargo, el escaso entusiasmo suscitado fuera de su “Caja Mágica”, la tendencia a esconder la cabeza debajo del ala ante los problemas existentes y la prácticamente nula implicación ciudadana en ese partido, debieran ser motivos de inquietud. De hecho, en la elección –con urnas y papeletas− de los cerca de 3.000 compromisarios asistentes al Congreso, apenas participaron 8.000 afiliados. Es decir, menos del 1% de los más de 800.000 que dicen tener. ¿Acaso tal falta de interés y de implicación no es motivo de preocupación?

El Congreso de Podemos, donde todo tiende a convertirse en espectáculo, no ha sido tampoco ejemplar. Aunque en este partido ha tenido lugar un intenso previo entre autoritarios (bolcheviques de manual) e institucionalizadores (transversales), al final todo ha aparecido –intencionadamente− como una competición entre dos super-egos, en el que ha terminado por imponerse –lógicamente− el super-ego de mayor tamaño y proyección. Algo en lo que es difícil competir con Iglesias Turrión, que lanzó un órdago en términos de “o yo o el caos”. En este caso, no ocurrió como en el chiste en el que los de la “base”, ante tal disyuntiva, clamaban “¡El caos, el caos!”. Lo cual evidencia que en Podemos va a persistir un grave problema de desinstitucionalización organizativa, de falta de claridad procedimental, de ausencia de procedimientos democráticos internos y de neto predominio de un hiperliderazgo exagerado y cada vez más reforzado y omnipresente. Que plausiblemente cada vez resultará también más indigerible para amplios sectores de la sociedad.

Solo el papanatismo y la falta de rigor de algunos permiten entender cómo los procedimientos de este partido pueden ser valorados como serios y democráticos. En realidad, en Podemos ni se practica un asambleísmo abierto y participativo, ni una democracia con garantías, por mucho que se enarbolen banderas populistas. De hecho, intentar presentar como un éxito que en las votaciones a través de la red hayan participado 155.275 votantes (con un sencillo click) de un supuesto censo de más de 400.000 inscritos (solo un 34%) revela que algo no casa bien en la organización de este partido y sus métodos. Teniendo en cuenta las confrontaciones previas y el alto grado de emocionalidad e intensidad con el que se han defendido las respectivas posturas, no puede alegarse que los que no han “participado” no lo han hecho porque están de acuerdo con todo. ¿Con qué parte del todo?

Por lo tanto, o el censo digital que exhiben no es real, o los que se han inscrito en dicho censo no están ya tan interesados en Podemos y sus debates.

El problema es que este partido no tiene un censo real de afiliados y de adherentes con suficientes garantías de fiabilidad y veracidad. Con lo que incumplen algunos de los requisitos de funcionalidad democrática y transparencia que exige la normativa española en esta materia. ¡Pero ay de aquel que se atreva a cuestionar la democracia interna de esta organización! Para eso tienen a un líder supercarismático, ahora más refrendado y más reforzado, que puede hacer y deshacer a su antojo, nombrar –y en su caso desnombrar− a la dirección a su gusto, sin complejos ni limitaciones, que para eso es el que representa a la “gente”, a esa masa indiferenciada que le sigue y le ovaciona.

A partir de este contexto, nos quedamos también sin saber qué es lo que propone realmente Podemos para solucionar los graves problemas que tenemos y que tantos sufrimientos están creando –y van a continuar creando− en muchísimas personas que no son “gente” anónima y subvalorada, que no son una “masa” indiferenciada, conducida por una “élite dirigente” de superlistos, sino ciudadanos singularizados que reclaman derechos y oportunidades y que quiere saber no solo qué es lo que se propone, sino también cómo se van a llevar a cabo los proyectos, con qué apoyos, alianzas y procedimientos. El hecho de que el círculo dirigente de Podemos no aclare nada de esto, significa que este partido ha asumido desempeñar un papel meramente “contestatario”, de “contra-poder”, que no se sabe a dónde conduce. Con lo cual Iglesias Turrión ha retornado a eso que señalaba Errejón en su tesis doctoral, a ejercer como ese “compañero de mente incisiva y de voluntad bolchevique” que le enseñó “que el arte de la guerra se practica con método y tesón”. Algo que Errejón ya ha sentido en carne propia.

En definitiva, la semana de los Congresos ha sido en gran parte una semana negra para la calidad y la credibilidad de la democracia española, en la que han estado prácticamente ausentes los afiliados y en la que han predominado los maquiavelismos de vía estrecha, las luchas despiadadas de poder entre camarillas internas, las maniobras florentinas, los espectáculos internos de sumisión a grandes líderes, cuyo poder se refuerza y se magnifica, y donde apenas se han abordado los grandes retos políticos y los debates democráticos y rigurosos sobre cómo hay que hacer frente a tales retos y cómo dar respuestas a las necesidades y demandas de tantos ciudadanos preocupados por su futuro y el de sus familias.

En este contexto, habría que intentar –cada uno en la medida de sus posibilidades− que el próximo Congreso del PSOE, que con tanta calma se ha tomado la Comisión Gestora, sea un ejemplo de todo lo contrario. Es decir, un Congreso precedido de un debate serio, riguroso y ampliamente implicativo en toda la organización, en el que de verdad se puedan adoptar posiciones ante las grandes opciones existentes sobre los problemas existentes, en donde se dé ejemplo de juego limpio y transparencia, en donde las propuestas se planteen en positivo, y pensando en los ciudadanos –y no solo en nosotros mismos−, en donde no se caiga en las descalificaciones personales y en donde todos dejen claro desde el principio su lealtad y respeto a los resultados a los que se pueda llegar. Como es propio de personas maduras y de organizaciones genuinamente democráticas. Para lo cual es fundamental fijar ya un calendario definitivo y claro.