SE HA PERDIDO UNA BATALLA, NO LA GUERRA

La resolución del Tribunal Superior del Land de Schleswig-Holstein por la que rechaza la acusación de rebelión contra Puigdemont y se le pone en libertad provisional hasta que se sustancie la acusación de malversación, constituye un doble golpe político contra el Estado democrático español, tratado por los Jueces como si fuéramos una democracia turca o de Asia Central. Además, ha vuelto a dar impulso a los golpistas. Pero esta resolución no acaba la guerra que los independentistas han declarado. Falta mucho camino.

Empecemos por los efectos prácticos de la resolución judicial alemán. En el fondo, no tiene los efectos políticos negativos que todo el mundo vio en un primer momento. Y no lo tiene porque políticamente es preferible un Puigdemont errante por Europa que un Puigdemont encarcelado. Con el ex – Presidente en la cárcel los problemas de orden público podrían ser serios y, sobre todo, permanentes. Haciendo turismo por el continente, Puigdemont hace menos daño y es menos mártir. Que monte su pseudo-Gobierno en Bruselas, en Berlín o Moscú, que, por sí solo se desinflará si se hace una política inteligente. Y si lo prefiere, que vuelva a España. Cuando se tiene cierto sentido del Derecho y de la Justicia, molesta ver a una persona como Puigdemont, que tanto daño ha hecho al Estado democrático, haciendo turismo por Europa, pero si lo vemos fríamente, es preferible que siga fuera de España.

Lo que hace falta, en cambio, es que se celebre pronto el juicio contra los golpistas encarcelados, porque se transmitiría un mensaje de firmeza real y no provisional y porque serviría para negociar si los golpistas renuncian a la imposición de la independencia. Lo que ocurrió en Cataluña entre septiembre y octubre de 2017 es muy, muy grave, porque en Europa no ha habido desde 1945 una operación de ruptura territorial amparándose en los instrumentos jurídicos y administrativos del propio Estado de Derecho. Y no se puede ser complaciente, como han sido los Jueces alemanes, porque ese camino lleva al fin de la Unión Europea.

Pero a este dato, no tan negativo (véase Javier García Fernández: “El golpe de Estado de Puigdemont”, El País, 7 de abril de 2018), se unen tres circunstancias más preocupantes, a saber, que los independentistas siguen en pie de guerra sin el menor descanso, que la aplicación del artículo 155 no está sirviendo para que los adversarios del golpe recobren la hegemonía y, en tercer lugar, que no parece que se haga política para bajar la tensión. Veamos los tres problemas.

Los independentistas no se dan por vencidos sino que no se detienen en su lucha ni un instante. Desde el Parlamento, con un Presidente como primera figura en favor del golpe, han descubierto la forma de mantener la tensión frente al Estado con candidatos imposibles. ¿Para qué? Para que sus bases sigan cociéndose en el odio a España y en segunda lugar para conseguir la intervención internacional. Y todo ello para negociar de tú a tú, como los franceses y el FLN. Ello exige una estrategia política que hoy por hoy falta.

Y falta estrategia política porque en el fondo, los golpistas campan a sus anchas por Cataluña:

  • Unos medios de comunicación entregados al golpismo, que actúan como instrumento de agitación y de legitimación del golpe.
  • Un Parlamento cuyo Presidente es la primera figura pública del golpismo en el interior de Cataluña.
  • Una Policía que no acaba de aceptar su control por el Estado, como se ve en la kale borroka de los Comités de Defensa de la República y la sorprendente historia de los guardaespaldas de Puigdemongt;
  • Unas autoridades municipales dedicadas en cuerpo y alma a la agitación, tarea en la que también participa la Alcaldesa de Barcelona, que sabe que no repetirá como Alcaldesa y tiene que poner toda la carne en el asador para que ser valorada por los indepes.

El tercer problema es que, por un cálculo suicida, Rajoy no hace política para Cataluña, porque así cree que acorrala a Ciudadanos y mantiene sus feudos españolistas en tensión. Un error, porque quien contribuya a la distensión de Cataluña ganaría las elecciones. Pero la política que necesita Cataluña merece un artículo aparte.