SE FUE RAJOY

Mariano Rajoy ha dejado de ser Presidente del Gobierno, después de serlo entre 2011 y 2018, y ha anunciado también que renuncia a seguir siendo Presidente de su partido. Desaparece, pues, de la primera línea de la política española un político que ha marcado la actualidad de este país durante los últimos 14 años, en los cuales se incluye su dura oposición a Rodríguez Zapatero entre 2004 y 2011.

Aunque lo habitual cuando alguien deja un cargo es hacer encendidos elogios a su quehacer, y a esto se han dedicado en los últimos días sus compañeros de partido, en este caso voy a permitirme glosar sus numerosos desaciertos, para concluir en lo nefastos que han sido estos 14 años para los españoles y en el alivio que han sentido muchos de ellos al conocer su marcha.

Mariano Rajoy se ha esforzado por cultivar una imagen de hombre normal, de apariencia bonachona, cuyas máximas, ha presumido, eran guiarse siempre por el “sentido común” y por tratar de hacer las cosas “como Dios manda”. Su socarronería gallega y sus divertidos galimatías lingüísticos le han granjeado la simpatía de muchos españoles. Debido a su aparente torpeza, muchos dirían incluso que es un personaje entrañable. Lejos de ello, yo creo que ha sido un político bastante agudo, inteligente, frío y calculador, que ha desplegado una gran astucia al afrontar los numerosos problemas que ha ido encontrando en su camino. Y por encima de todo ha sido un político muy conservador, que apenas ha tomado iniciativa política alguna digna de mención, exceptuando la aplicación in extremis del artículo 155 de la Constitución, cuando el desafío independentista catalán alcanzó su cénit con la declaración unilateral de independencia.

Negó por ejemplo el cambio climático, y se negó a emprender acción alguna para combatirlo. En su lugar, decidió dificultar el autoconsumo con su “impuesto al Sol”. Negó la desigualdad a la que habían conducido sus políticas de recortes y su reforma laboral y no quiso dedicar recursos a paliarla. Negó la brecha salarial entre hombres y mujeres, y tampoco quiso emprender acción alguna para corregirla. Negó el retroceso de nuestro país en investigación y ciencia debido a sus recortes y continuó negando recursos a la misma. Como negó recursos a la Ley de Dependencia y permitió que las listas de espera crecieran hasta 300.000 personas, muchas de las cuales morirían sin recibir una ayuda a la que la ley les daba derecho. Negó que nuestro país tuviera un déficit de ingresos fiscales de 7 puntos por debajo de la UE, y no quiso hacer una reforma fiscal para que pagaran lo que debían pagar las empresas y los patrimonios. En su lugar, hizo una amnistía fiscal para que los defraudadores no tuvieran que pagar por lo que habían defraudado. Negó igualmente que existiera un problema en Cataluña hasta que este fue evidente. Incluso entonces, no tomó iniciativa política alguna y se escondió detrás de la ley de y de los jueces para que otros se enfrentaran el desafío.

En otro orden de cosas, recortó 11.000 millones anuales en la educación pública, otros tantos en la sanidad pública, y cerca de 2.000 millones en investigación. Liquidó la hucha de 70.000 millones de la Seguridad Social, que debía servir para financiar la jubilación del baby boom, a partir de 2020. Congeló las pensiones durante cinco años, cuando la economía ya crecía al 3% anual, y se negó a reunir el Pacto de Toledo con el fin de estudiar alternativas para la sostenibilidad del sistema. Por último, negó que hubiera una corrupción generalizada en su partido, consintió una caja B en la cúpula del mismo durante muchos años y amparó los comportamientos corruptos de sus dirigentes hasta un minuto antes de que hubiera una sentencia o una imputación judicial. Nombró y removió jueces para sortear las imputaciones a sus dirigentes, realizó presiones de todo tipo al poder judicial, y ordenó destruir pruebas que incriminaran a su partido. Y cuando salieron las sentencias y las imputaciones, se desentendió rápidamente de los imputados como si nunca los hubiera conocido.

Decididamente, no se trata de un personaje entrañable. Sus políticas siempre estuvieron al servicio del gran capital, de las eléctricas, de los bancos, de su propio partido, y en definitiva de los poderosos. Utilizó la crisis como coartada para aplicar una agenda neoliberal que dejara al Estado de Bienestar reducido a su mínima expresión. Su legado se resume en que ya han salido de la crisis los que apenas entraron en ella, pero aún siguen dentro los primeros que entraron. Su gobierno nos deja mucha más desigualdad entre españoles que la que había en 2011: más de tres millones de parados, muchos ellos sin esperanza alguna de encontrar trabajo, cientos de miles de personas desahuciadas de sus casas, pobreza infantil, pobreza energética, precariedad laboral, descenso de los salarios, un 50% de paro entre los jóvenes, y varias decenas de miles de ellos exiliados económicamente en busca de las oportunidades que aquí no encuentran.

Y todo ello sucedía a la vez que soportábamos un discurso banal y falsamente tranquilizador, tanto por su parte como por parte de sus ministros. Mientras vaciaba la hucha de las pensiones, su Ministra Fátima Báñez nos aseguraba que no pasaba nada. En lo más álgido de la crisis, esa misma ministra agradecía a la Virgen del Rocío el sacarnos de ella. Sus ministros del interior Fernández Díaz y Juan Ignacio Zoido fueron igualmente pródigos en dar medallas al mérito policial a distintas vírgenes, a la vez que limitaban nuestras libertades con leyes como la “ley mordaza”. También recibimos mensajes tranquilizadores por parte de los señores De Guindos y Montoro, asegurándonos, mientras la precariedad crecía a nuestro alrededor, que la economía iba como un tiro.

En definitiva, muchos tenemos la sensación de haber vivido dentro de un túnel, metidos en un pantano sin salida, donde los problemas se eternizaban o se agravaban sin perspectiva de solución, mientras nuestros dirigentes nos aseguraban con buenas palabras que todo iba bien.

El señor Rajoy se ha ido de la manera más indigna posible, negándose a asumir sus responsabilidades ante una contundente sentencia judicial que establecía como verdad jurídica lo que ya todos sabíamos: su connivencia con la corrupción dentro de su partido. Se ha ido expulsado por los representantes de 12 millones de españoles de todas las ideologías posibles. Nunca nadie concitó tamaña unidad en contra de su persona. Su indignidad al frente del Gobierno estaba arrastrando tras de sí a todas las instituciones del Estado. Y hasta el último día, su discurso siguió negando que pasara nada importante. Todos veían que “el rey estaba desnudo” menos él. Por fin se fue el caimán, y como dice la canción, se fue por la barranquilla.

Por eso, su final político ha sido como desatascar un tapón y hacer que de golpe todas las aguas fétidas desaparecieran por el sumidero. El nombramiento en muy pocos días por parte de Pedro Sánchez de un Gobierno muy solvente, y en el que predominan las mujeres, nos ha transportado a un mundo que creíamos desaparecido durante este largo túnel: un mundo en el que se reconoce como mérito la profesionalidad y la solvencia, en lugar de tan solo la pertenencia al clan; un mundo en el que tan solo hacía falta mirar para descubrir que había mujeres valiosísimas tan capaces de llevar un ministerio de Hacienda o de Industria como podría hacerlo un hombre; un mundo en el que el gobierno habla de los problemas de las personas, como son la pobreza infantil, o el sistema de pensiones, y no solo del crecimiento del PIB; un gobierno en el que su Presidente toma la iniciativa de reunirse con el Gobierno legítimo de Cataluña, para iniciar un diálogo que debía haberse producido hace mucho tiempo. 

Este cambio tan brusco en tan pocos días ha despertado tímidamente la ilusión de muchas personas. Numerosos colectivos salen a la luz pública pidiendo que se atiendan sus problemas, lo cual quiere decir que reconocen que hay un gobierno por fin sensible a los mismos. Lo que debería ser normal, en estos momentos nos parece excepcional, precisamente por haber carecido de ello durante demasiado tiempo. 

Decididamente, hemos entrado en un tiempo distinto. Deseo a este gobierno, un gobierno que por primera vez en mucho tiempo consigue ilusionar a los ciudadanos, que tenga la suficiente inteligencia y capacidad de pacto para hacer que estas esperanzas no se frustren.