SE ESTÁ PONIENDO LA GUERRA QUE NO HAY QUIEN VAYA

La venta de armas es algo que, lógicamente, divide la opinión pública. Pero mientras hay sectores que lo tienen muy claro, los pacifistas radicales por un lado y los armamentistas por otro, la mayoría nos dividimos a través de una línea tenue, más bien una franja de cierto espesor, que hace que, dependiendo de las condiciones en que se haga, unas ventas estén promovidas por los Estados y haya otras prohibidas y perseguidas como uno de los principales delitos internacionales.

Debido a que, si bien todas las armas matan, no todas matan igual ni a los mismos, ciertas ventas, y usos de algunas, se convierten en escándalos públicos, aunque estén promovidas por un Estado. Por cierto, esto del escándalo de las armas que sirven para matar mucho recuerda la escena de la película Casablanca cuando el capitán Renault ordena cerrar el bar diciendo aquello de “¡Que escándalo, aquí se juega!” mientras se guarda en el bolsillo un sobre con dinero que le acaban de dar.

Yo mismo me he ocupado anteriormente de estos escándalos sobrevenidos en esta misma web. La primera vez fue cuando, en la última guerra de los Balcanes, los soldados de la OTAN pusieron el grito en el cielo por tener que actuar sobre el terreno de Serbia después de que lo había bombardeado la propia OTAN. Resulta que, para atacar bunkers, habían empleado bombas perforantes que al contener ciertas dosis de radioactividad (eran bombas sucias) contaminaban la zona donde luego tenían que operar esos soldados que, previamente, habían tirado esas bombas. Y yo, me preguntaba ingenuamente: ¿Pues por qué no lo han pensado antes de tirarlas?, sin darme cuenta de que quien había decidido tirarlas no era el mismo que, más tarde, debía pasearse por la zona. Pero, por cierto, por allí deambularía cierta cantidad de población civil por la que no parecía preocuparse nadie.

La siguiente vez fue cuando el Ministerio de Defensa Español decidió anunciar, a bombo y platillo, que se deshacía de sus arsenales de bombas-racimo, de esas que sirven, sobre todo para matar mucho y de manera indiscriminada. Y, yo, volviendo a hacer gala de ingenuidad, me pregunté, ¿Y quién, cuándo, cómo, por qué y para qué había comprado el ejército español esas bombas?, como si pensara que alguien me iba a contestar.

Pues bien, no sé si como consecuencia de aquello, el ejército español, y la industria con ello, pasó de usar esas groseras “bombas-racimo” a unas más sofisticadas “bombas de precisión” de las que parece que matan solo a quien tiene el DNI que se le ha indicado a la propia bomba.

Al parecer, 400 de esas bombas se iban a vender a Arabia Saudí merced a, supongo, un contrato de compraventa firmado por personas responsables de ambos lados y con el beneplácito de los dos gobiernos y, ahora, la parte vendedora ha anunciado su intención de no cumplir con ese contrato por motivos éticos que les honra, pero que creo merecen un ligero análisis.

En este caso de las “bombas de precisión vendidas a Arabia Saudí”, no se sabe bien cuál es el componente maligno. Si se trata de que son bombas, es decir, cosas que matan si le dan a alguien, España debería, por las mismas, cerrar, y prohibir, toda industria armamentística en su territorio. Si el problema es la precisión, entonces la industria estaría salvada con la condición de que fabrique cosas que funcionen mal, es decir armas con el punto de mira torcido, etc. No creo que el problema sea el carácter del comprador, porque es el mismo al que se le quieren vender unos barcos, de guerra, y hay manifestaciones en Cádiz de trabajadores que se pueden quedar sin trabajo si no se produce esa venta. A lo mejor esos barcos no son de precisión y no sirven para matar mucho y bien.

Pero parece que la causa es algo que no aparece directamente en la ecuación más que en forma de incógnita, o eso creo. Se trata del destino que, se cree, va a dar Arabia Saudí a esas bombas: matar población civil en Yemen. Hace falta ser muy experto en la cosa militar para llegar a entender por qué hace falta precisión para matar población civil en Yemen. ¿Es que se quiere matar solo civiles y no militares? y ¿Por qué? ¿Es que los servicios de inteligencia del CNI han detectado que los militares yemenís se visten de civiles y disfrazan a estos de militares para despistar a los drones? No quiero entrar a juzgar la moralidad de los saudíes y de sus intenciones, pero si yo quisiera matar civiles en Yemen, o en cualquier sitio, no me andaría con remilgos de precisión si no que tiraría unas cuantas bombas de las normales, que son más baratas, en el centro de Adén en día de zoco y me dejaría de tonterías. Pero, como digo, no tengo el conocimiento que debe tener quien decidió vender esas bombas y quien ha pensado no cumplir con el pedido.

La verdad es que matar población civil en las guerras ha pasado por distintas fases a lo largo de la historia. En momentos en que las guerras se libraban en los campos de batalla, no era probable que por allí hubiera más que combatientes. La población civil, salvo que la guerra llegara hasta el asedio de alguna ciudad, sufría los rigores de la guerra solo por sus efectos sobre la reducción de suministros para la subsistencia.

La Primera Guerra Mundial ya empezó a conocer el bombardeo de algunas ciudades, pero fue en la Segunda cuando la matanza de civiles llegó a convertirse en un objetivo militar con los llamados “bombardeos estratégicos”. Después de ello, la muerte de civiles en las guerras ha llegado a considerarse como desgraciados “daños colaterales”, tan lamentables como inevitables. Y, más, si se utilizaban bombas tan poco precisas como aquellas “bombas-racimo” como las que desechó nuestro ejército hace unos años.

Por eso, extraña que esas quirúrgicas bombas de precisión sean ahora proscritas por el juicio de intenciones que hace el Ministerio de Defensa al presumir cual va a ser su destino. ¿Recibiremos algún escrito de protesta del Gobierno de Arabia Saudí por injerencia en sus asuntos? o seremos más receptivos a las quejas sindicales de los astilleros que pueden perder los encargos navales de ese país.

En fin, una vez más, un Gobierno se encuentra ante la disyuntiva de elegir entre la ética de los principios y la ética de la responsabilidad, un ejercicio permanente de cualquier Gobierno, pero que debiera resolverse siempre tras un análisis meditado para no tener que adoptar medidas distintas de las anunciadas.