RUFIÁN

El pasado 29 de octubre se celebró un debate de investidura del candidato a la Presidencia del Gobierno presentado por el Partido Popular.

Coincidía ese acto con otros dos de pretensiones democráticas que tenían lugar en la misma geolocalización, metro arriba, metro abajo, que el anterior. Uno de ellos enfrentaba la legitimidad de 71 miembros del Congreso de los Diputados con la de la gente que se manifestaba en ese momento en los alrededores de la Carrera de San Jerónimo de Madrid para expresar su rechazo a la investidura del candidato.

Hizo bien ese candidato unos días antes, cuando aún era Presidente en funciones, en aceptar deportivamente (ya se sabe su afición por el deporte) la celebración de esa manifestación. Al fin y al cabo no era su representatividad la que estaba en entredicho, ya que no parece fácil pensar que allí pudiera haber alguien que quisiera hablar en su nombre. No, quienes debieran, en su caso, haber sentido concernidos en su legitimidad de representación popular debieran haber sido aquellos diputados que comulgaban (es decir, que estaban en comunión) con los manifestantes. Me refiero a los miembros del grupo político que envió una representación a saludarles para, con ello, significar que, efectivamente, ese grupo político estaba, hablando de comuniones, en misa y repicando. Aunque más propio sería decir, repicando y en la procesión.

Bien, pues esos dos actos coincidieron con un tercero. Como en todo proceso dialéctico, aquí también, entre la tesis de la representatividad y la antítesis de la manifestación, emergió, en medio del debate la voz de un “joven con odio”, como lo calificó otra diputada, quien construyó un discurso que pasará a la historia del Diario de Sesiones como la página más adecuada para archivarse en los servicios. Fue un acto que sintetizó, efectivamente, lo más bajo de una intervención parlamentaria y lo peor de una manifestación callejera.

Y, la verdad, es que su intervención fue perfectamente medida para evitar que fuera expulsado del salón de sesiones. Salvo llevar una pancarta, escupir en el suelo o hacer sus necesidades en un rincón, hizo de todo. Y sobre todo, insultar a los miembros de un partido político centenario, a sus votantes e, incluso, a los propios votantes catalanes que le han aupado a él hasta el escaño, que ocupa en el hemiciclo de la Plaza de las Cortes. Mi admiración por Cataluña me lleva a pensar que el número de catalanes que piensa, realmente, lo que dijo ese hombre, no hubiera sido suficiente para hacerle diputado, por lo que hay que asegurar que defraudó a la gran mayoría de sus votantes. Pero es que, en el colmo, y según pudimos conocer de expertos comentaristas, eso lo hizo para conseguir votos en Cataluña entre el electorado actualmente socialista. Pues sí, haciendo lo que hizo, consigue muchos, habrá que preocuparse. Quizás otros expertos puedan, entre la vieja y la nueva política clasificar esta intervención “parlamentaria” en los alrededores del pleistoceno.

Y, como después de la tempestad suele venir la calma, tras este exabrupto se desarrolló una escena ciertamente naif. Fue cuando el portavoz del grupo socialista reclamó la palabra por alusiones y la Presidenta del Congreso le pidió que “entrecomillara” las alusiones. ¿Es que estaba distraída, como una célebre antecesora suya, jugando con la tablet?

Por último, decir que el comienzo de la legislatura no ha podido ser más inquietante. Después de la cal viva y de esto que estamos comentando no me extrañaría que alguna señoría terminará entrando encapuchado en el Congreso. No estaría de más que la policía destacara en el interior del edificio alguno de los efectivos que suele emplear en el exterior del mismo, para que la cosa no pase de la alcantarilla a una sala de hospital.