ROMANONES Y EL ROMANONISMO

(Para los menos avisados, diré que voy a hablar, naturalmente, de Cataluña)

Álvaro de Figueroa y Torres, Conde de Romanones, podría ser, al menos en un aspecto, el Winston Churchill español. Ambos tienen mucha obra escrita pero, insuficiente para contener todas las frases brillantes que, a uno y a otro, se les asignan.

A Romanones se le atribuye la que habría dirigido a los diputados del Congreso diciendo eso de: “Hagan ustedes las leyes, que yo haré los reglamentos”. Hay otro personaje histórico que puede competir, en el imaginario popular, con el ingenio del Conde de Romanones. Se trata de Pio Cabanillas y de él, podría ser también esta frase que rezuma cierta socarronería, paradójicamente no exenta de florentinismo, que viene a decir: Hagan ustedes la norma, que yo me encargaré de interpretarla.

Los contratos de adhesión de las grandes compañías de servicios suelen hacer esto en lo que se conoce como “letra pequeña”. Se trata de pormenorizar el núcleo de lo tratado en prescripciones de detalle que sirven para poder desarrollar aquel pero que determinan su factibilidad. En política, esa “letra pequeña” se llama reglamento, estatuto o, incluso, ley de desarrollo y se suele redactar en condiciones mucho más laxas y con menores requisitos de control democrático que la ley básica que desarrolla. Pero esas normas de rango inferior pueden determinar el cumplimiento real del precepto regulado.

(Y, ahora es cuando me refiero a Cataluña). Por ejemplo, la prevalencia de la mayoría sobre la minoría, regla de oro de la democracia, deja de ser real cuando una distribución adecuada de escaños en el Parlament Catalán convierte una mayoría de votos no independentistas en una mayoría de diputados independentistas. Digno de haberlo hecho Romanones.

Pero el caso catalán presenta más hechos que invitan a una reflexión sobre las normas y su aplicación. Pensemos en el voto por correo. Se trata de una modalidad del ejercicio de la democracia que cohabita con la clásica figura de un voto siendo introducido por un votante en una urna. Hace tiempo que los electores lo practican, motivo por el cual, ahora los elegidos quieren hacerlo en el Parlament, sin necesidad de acudir a él.

Unos elegidos, por cierto, que ya no hace falta que vayan al Parlament para identificarse al recoger el Acta de Diputado. Este requisito, que se exige en otros muchos parlamentos, es muy útil en el caso de miembros no destacados de las listas de los partidos políticos. En esos casos, su identificación es necesaria simplemente para saber si existen y no son, solo, nombres inventados, cosa que es posible sin el tal trámite.

Incluso llega a decirse, vía interpretativa, que el Govern puede ser presidido desde Bruselas. Si se puede, dirán los defensores de esta tesis, regentar la Dirección General de Tráfico desde el domicilio sevillano de su titular, y en plena crisis por una nevada, ¿Por qué no va a poder dirigirse el Govern desde Bruselas? Al fin y al cabo, tan europea es Bruselas como Sevilla y, además, ya no hay que pagar roaming para las llamadas telefónicas dentro de Europa.

El paso de la Ley al Reglamento es solo un precedente del siguiente, que es el paso del Reglamento a su interpretación y es lo que podríamos llamar “romanonismo” avanzado. Consistiría en retorcer la norma hasta tal punto que, sin poder afirmarse que se incumple, se desnaturalice hasta el absurdo.

Porque el romanonismo puede llegar tan lejos como haga falta, si no se regulan pormenorizadamente las cosas. Imagínense lo que podría pasar si una norma no fijara el tamaño de las papeletas. A alguien se le podría ocurrir que, las correspondientes a un partido indeseado, fueran de un mayor tamaño que la ranura de la urna por la que sería imposible, entonces, que fueran introducidas.

Y, eso podría, gracias a las nuevas tecnologías, extenderse casi hasta el infinito llegando a convertir la democracia, y aún la política, en algo virtual. Imagínense un país con elecciones en las que los electores votan desde su smartphone a unos elegibles que no llegan a ver nunca más que en la pantalla del mismo y que, naturalmente, no hace falta que se reúnan en ningún sitio concreto porque también tienen smartphone.

Sigan con el ejercicio de imaginación y pregúntense para que haría falta el ejercicio de votar si los big data pueden hacer innecesario ese trámite, porque el smartphone conoce los gustos e inclinaciones de cada uno. Naturalmente, el resultado de las políticas emanadas de ese sistema se le podrían ofrecer a los electores en sus smartphones mediante una realidad aumentada y, naturalmente, mejorada.

Ese momento, quizás nunca imaginado por Aldous Huxley, sería el momento feliz de la humanidad donde habríamos delegado en nuestro asistente más personal la tan molesta necesidad de elegir a nuestros gobernantes.

Bueno, a Huxley no, pero a Romanones seguro que, en el caso de que hubiera conocido las nuevas tecnologías, sí. Le llamaría democracia mejorada.