RESPONSABILIDAD

simancas200716

Podría proponerse a la RAE una nueva acepción en el diccionario para el término “responsabilidad”: dícese de esa carga o sacrificio extraordinario que se requiere del PSOE pero que se evita para los demás actores de la política española. Y la nueva anotación podría adornarse con ejemplos: responsabilidad es lo que se exige al PSOE para contribuir a la investidura de presidentes ajenos, y es aquello que se evita reclamar a otros partidos cuando el candidato a investir es socialista.

Resulta paradójico que sean precisamente aquellos que con más énfasis califican al PSOE como partido “perdedor” de las últimas elecciones, con “el peor resultado de la historia”, quienes con más ahínco responsabilizan principalmente al PSOE de las decisiones que han de conducir a la formación de gobierno, nada menos.

Y paradójico es también que los mismos poderes que, por interés político coyuntural o por razones comerciales, más han hecho para fraccionar la representación política de los españoles, para deteriorar el crédito social del PSOE, para promocionar al populismo, generando inestabilidad y bloqueo institucional, sean los más insistentes en pedirle cuentas y sacrificios al propio Partido Socialista.

Más allá de estas paradojas, debe aceptarse como legítimo el planteamiento de quienes piden honestamente al PSOE un esfuerzo en aras del bien común que no se atreverían a pedir a los demás. El Partido Socialista ha dado muestras a lo largo de la historia de anteponer el interés general al interés propio, como no ha hecho ningún otro partido, y sin reclamar reconocimiento o gratitud alguna, porque es su deber.

Así lo hizo Pedro Sánchez activando el reloj institucional en el mes de marzo. Así lo hizo el PSOE en la Transición, en los Pactos de la Moncloa, en el debate constitucional, en el referéndum sobre la OTAN, y más recientemente en los pactos antiterroristas o en las medidas que evitaron el rescate financiero durante 2010, por ejemplo. La responsabilidad es seña de identidad socialista y nadie puede dar lecciones al respecto al PSOE.

Ahora bien, para dar salida al complejo contexto político presente cabe contemplar algunas responsabilidades alternativas al sacrificio del PSOE. Con toda seguridad, a Rajoy le resulta más fácil, menos trabajoso y más rentable desangrar al PSOE que acordar con sus afines, pero puede que al país no.

Parece obvio decirlo, pero el caso es que la primera responsabilidad para obtener apoyos suficientes en una investidura la tiene el candidato. En este caso, Rajoy, si se atreve y no da la espantada como en febrero. Máxime cuando el Congreso que salió de las urnas el pasado 26 de junio cuenta con una mayoría absoluta de diputados de centro-derecha: 183 de 350, contando PP (137), Ciudadanos (32), Convergencia (8), PNV (5) y Coalición Canaria (1). Y máxime cuando todos ellos ya han sido capaces de entenderse, coaligarse y votarse mutuamente de cara al reparto de poder en la Mesa del Congreso. ¿O por qué no se presiona a Rajoy para que sea responsable y generoso dando paso a otro candidato popular con más posibilidades?

En todo caso, las votaciones del 19 de julio desmienten el supuesto concurso imprescindible del PSOE para evitar una nueva repetición electoral. Si las derechas fueron capaces de entenderse para repartirse sillones, grupos y prebendas en el Congreso y en el Senado, están obligados a trabajar, a negociar y a entenderse para sacar adelante una investidura cuanto antes.

La segunda responsabilidad debiera situarse en aquellos que por pura ambición frustraron el gobierno del cambio que habían comprometido ante sus electores. Si hay un responsable de haber traicionado a los votantes mayoritarios del cambio en diciembre, de haber impedido la formación de un gobierno progresista en marzo y de haber posibilitado un nuevo gobierno de derechas en agosto, ese es Pablo Manuel Iglesias, junto a Garzón y sus aliados. Y, por tanto, si a alguien debiera exigírsele cuentas y sacrificios para salir de un eventual bloqueo, además de a Rajoy, es a Iglesias. A fin de cuentas, ya votaron juntos el 2 y el 4 de marzo.

Antes que al PSOE, las responsabilidades para facilitar la investidura del candidato del PP han de recaer también sobre aquellas fuerzas ideológicas y programáticamente afines que durante la campaña electoral no negaron un acuerdo con el partido de Rajoy, como sí hizo el PSOE. Ciudadanos nunca negó tal posibilidad. Los nacionalistas vascos han pactado tradicionalmente con unos y otros. Arzallus se sentó, negoció, pactó y votó con Aznar, ¿por qué no habrían de hacerlo Esteban y Urkullu? ¿Tienen elecciones autonómicas en otoño? Claro, como los demás. ¿Acaso el PSOE ha renunciado a presentarse?

Oramas, de Coalición Canaria, ya se ha mostrado dispuesta. Ahí hay diputados suficientes para sacar adelante la investidura. Sin contar con los pragmáticos pujolistas, que son capaces de cerrar un pacto vergonzante con el centralismo españolista por la mañana y suscribir por la tarde una agenda soberanista con las CUP. Ni Messi demostró tanta cintura.

Por tanto, han de respetarse las razones de aquellos que con buena voluntad impelen al PSOE al sacrificio. Pero con la misma buena voluntad cabe plantear alternativas más lógicas y de interés general.

Los analistas muestran hasta cinco escenarios de salida para la situación actual. La primera y más lógica pasa por la investidura del candidato popular con los apoyos activos y pasivos de la mayoría conservadora en el Congreso. La segunda invita a una abstención general de todos los no partidarios de un gobierno del PP, a fin de impedir el bloqueo y la repetición electoral, sin estigmatizar a ninguno de ellos. La tercera ensayaría una mayoría distinta sin el PP, prácticamente imposible por las incompatibilidades manifiestas entre PSOE y soberanistas, PSOE y populistas, Ciudadanos y soberanistas y populistas…

Nadie quiere la cuarta, que avocaría a las elecciones repetidas por tercera vez, demorando aún más un gobierno en funciones. ¿Y la quinta? El sacrificio del PSOE permitiría a Rajoy una investidura rápida, sin esfuerzo, sin negociación y sin coste, con el regalo añadido del principal partido opositor mermado en su credibilidad como alternativa. ¿A quién le conviene un PSOE debilitado y una alternativa limitada de facto al populismo y al independentismo? ¿Le conviene a la sociedad española? ¿O tan solo le conviene a Rajoy y a Iglesias?

Merecen todo respeto quienes buscan honestamente una solución viable ante el riesgo de bloqueo. Y deben entenderse las llamadas a la responsabilidad de anteponer el interés de todos sobre el interés partidario. Pero con la misma honestidad cabe llamar a la siguiente reflexión: sacrificar y debilitar al PSOE puede ser lo más fácil a cortísimo plazo para algunos, pero puede que no sea lo más conveniente a medio y largo plazo para la mayoría.