QUITEN SUS SUCIAS MANOS DE MI BANDERA

En las últimas semanas, el Partido Popular y Ciudadanos están llevando a cabo con fines partidistas una indigna apropiación de la bandera española que, paradójicamente, está dificultando que muchos españoles puedan identificarse con ella. La señora Arrimadas la exhibe en sus comparecencias en el parlamento catalán, y el PP las reparte a los viandantes en nombre de la unidad nacional.

Cuando los estadounidenses celebran su fiesta nacional todos los 4 de julio, yo al menos observo con envidia el respeto que todos ellos manifiestan por su bandera. Con toda normalidad, la exhiben en público y adquieren sombreros, camisetas y hasta ropa interior decorados con ella. Lo mismo puede decirse de los franceses o de los británicos. ¿Por qué en España la bandera rojigualda no es un símbolo que nos una, y por qué muchos españoles no se sienten identificados con ella?

El origen de la bandera bicolor roja y amarilla se remonta a un decreto de Carlos III de 1785, el cual la eligió como pabellón para su marina de guerra, con el fin de facilitar la identificación de los barcos españoles en alta mar. Sin que hubiera un plan preconcebido, fue adoptada espontáneamente por las milicias españolas que combatieron contra los franceses en la Guerra de la Independencia. Posteriormente, en 1812, las Cortes de Cádiz oficializaron su uso como enseña nacional. Es decir, hubo un tiempo en que la bandera bicolor fue la bandera de todos los españoles y en el que todos la sentían como suya. Todos los reyes del siglo XIX la mantuvieron, e incluso la mantuvo la Primera República de 1873, previa eliminación de los escudos reales.

La Segunda República decidió cambiarla en 1931, sustituyendo la banda roja inferior por una banda morada, haciendo honor a los colores de Castilla, tal vez para diferenciarse de la rojigualda, a la que asociaban con los partidos monárquicos. Retrospectivamente, quizás este cambio fue un error, ya que tuvo como efecto que los rebeldes golpistas se apropiaran de la rojigualda en nombre de la “verdadera” España. A partir de ese momento, la bandera bicolor ya no fue la bandera de todos los españoles, justamente porque una parte de España se apropió de ella y la enarboló contra la otra.

A pesar de que la Constitución de 1978 adoptó la bandera bicolor como bandera constitucional, previa sustitución del águila franquista por un nuevo escudo, cuarenta años después sigue habiendo dificultades para que una a todos los españoles. La historia pesa, y además ha seguido habiendo una apropiación indebida de la bandera. Primero fueron los partidos residuales franquistas, que aún perviven. Luego fue el Partido Popular, y ahora también Ciudadanos.

Cuando las banderas se utilizan para golpear con ella a otros en la cabeza, es difícil que sirvan para unir nada. Primero, los grupos fascistas la enarbolaron contra la democracia y ahora las derechas la enarbolan contra los independentistas. Simétricamente, los independentistas enarbolan otra bandera distinta contra la bandera constitucional.

Circula estos días por las redes sociales un alegato de una joven malagueña sobre lo que significa para ella ser española. La primera frase del alegato ya da una pista del tono: “Ser español no es llevar la bandera y gritar como un verraco frases de odio”. Efectivamente, no es más español el que más banderazos pega, sino el que se alegra de los triunfos de los españoles y a la vez se duele de sus carencias.

Ser español en estos momentos es tratar de cerrar la brecha catalana por la vía del convencimiento y del diálogo, y no por la vía de la amenaza constante. Porque no debe olvidarse que los desafectos suman dos millones de españoles, la mayoría de los cuales hace tan solo diez años se sentían bien siéndolo. Ser español es dolerse de la pobreza que se ha instalado en muchos de nuestros conciudadanos como consecuencia de la crisis y de unas políticas equivocadas, y es tratar de remediarla desde el Gobierno. Ser español es combatir la corrupción, y apostar por un país más moderno y desarrollado mediante inversiones sostenidas en educación y en investigación.

Así que, señores de la derecha, dejen por favor las banderas tranquilas, quiten sus sucias manos de una bandera que es de todos, y preocúpense por reformar el país, para que todos los que vivimos en él podamos sentirnos orgullosos. Podrían empezar por dejar de bloquear desde la mesa del Congreso 6.000 millones que nos vendrían muy bien a todos los españoles. El día en que logremos entre todos resolver los problemas más acuciantes y construir un país más justo y solidario, tal vez no haga falta dar banderazos a nadie, porque de forma espontánea, tal como hicieron los guerrilleros de 1808, todos nos sentiremos identificados con nuestra bandera.