¡QUE VIENEN, QUE VIENEN…! Y NO SON MUY LISTOS

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Explicar los procesos políticos en pocas líneas es una tarea llena de dificultad, pues como en la vida en general, lo simple termina siendo harto complejo. Esta dificultad hace que para los ciudadanos normales la política termine siendo algo accesorio, banal y prescindible. No lo son las consecuencias que de la política se derivan que afectan de manera cercana e intensa a nuestra vida cotidiana. La crisis económica lo ha evidenciado para muchas familias.

En este momento, la globalización del desarrollo tecnológico está permitiendo que la ciencia ficción termine en ciencia real, capaz de modificar múltiples hechos y romper paradigmas que hace nada nos parecían impensables. La política, al haberse dejado a su propia evolución, nos está llevando a que la democracia, que es lo que permite propiciar los cambios sociales, solo le quede el nombre. Lo peor es que la evolución tecnológica tiene como protagonista principal a los investigadores y científicos. En el caso de la política, los responsables son los ciudadanos, ellos permanecen, los políticos van transcendiendo. ¿Esto es inocuo? Para nada. ¿Es inocente y un proceso natural? Menos. Las tribus políticas de un momento terminan dejando sin opciones de futuro a los ciudadanos.

Haber convertido la política en algo mediático, demoscópico y profesionalizado es la causa de que el barco colectivo esté varado.

Déjenme que lo ejemplifique con unas referencias históricas. El fin de la Dictadura y la aprobación de la Constitución del 78 tuvieron como consecuencia en la derecha española su ruptura, y que el centro fuera absorbido por los restos del franquismo. Significó el ascenso del PSOE al gobierno durante 14 años. Para ello tuvo que moderar su discurso y sus formulaciones programáticas, ser capaz de concitar una mayoría social. Fue un duro golpe para la derecha española, sociológica, económica y política no acostumbrada a estar fuera del poder. El fin del gobierno socialista se produjo por varias causas: agotamiento del proyecto; errores en la capacidad de responder a la corrupción y la guerra sucia; pero también por un ataque, inusitado y nada limpio, por poderes mediáticos y económicos (con Mario Conde incluido) que consideraba como suficiente el modelo socialdemócrata implantado hasta esa fecha, por decirlo suavemente. En este contexto se produjeron los conocidos encuentros entre Aznar y Anguita con el auspicio de Pedro J. Ramirez[1] y que fueron conocidos como “la pinza”.

En la época del Gobierno de Aznar, durante el proceso de negociación con ETA, los ideólogos del PP pergeñaron un escenario político para el día después que evitara volver a las andadas. Consistía en hacer un experimento de futuro consistente en reconfigurar los papeles políticos en el País Vasco de manera diferente; pasaba por marginar al PNV y al PSE y conseguir que el protagonismo de la derecha lo tuviera el PP como triunfador del acuerdo de paz y que la izquierda abertzale, ingresada en el sistema, consiguiera la hegemonía en la izquierda. La polarización política en una sociedad desarrollada siempre lleva a que el voto encuentre acomodo en las fuerzas más conservadoras. Es el denominado voto del miedo. Consolidar y hacer hegemónico al PP en el País Vasco, terminando con el incómodo PNV, de derechas, católico y con un gran apoyo empresarial en Euskadi, e iniciar la batalla para la postergación del socialismo capaz de volver al gobierno, como luego se demostró, consiguiendo una mayoría social suficiente.

Nada es nuevo, el Presidente Suárez, en su petición de voto para las elecciones del 1 de marzo de 1979, afirmó que los españoles no elegían sólo un gobierno sino “también y muy especialmente un modelo de sociedad” y añadió sobre el PSOE: “todos se declaran moderados y de centro pero mienten”. El PSOE, en su Congreso de mayo, como decía antes, abandonó la referencia al marxismo y moderó su programa de gobierno. Eso permitió la victoria por mayoría absoluta unos meses después. Ergo, en este momento la derecha española vuelve a tener el escenario perfecto. Una derecha que nunca se ha postulado como una opción política de consenso, a diferencia de la europea, que tejió sus alianzas en los grandes acuerdos tras la II Guerra Mundial y que aquí en cuarenta años de democracia se ha mostrado como excluyente. Poder mostrar un adversario como desestabilizador y de alto riesgo es la mejor estrategia para nuclear el voto. Antes era el comunismo, ahora es el radicalismo y el populismo. El discurso de Rajoy desde las oficinas públicas de la Moncloa lo ha evidenciado con rotundidad.

El error de Podemos, o mejor dicho de su dirigencia, es que a pesar de la verborrea aspira a convertirse en una fuerza de oposición y no de gobierno. Lo ha evidenciado de forma palmaria durante los últimos meses, tanto en las formas como en el fondo, renunciando a convertirse en un componente más de una renovada mayoría social progresista capaz de marcar una agenda de lo posible que pueda afrontar los problemas inmediatos de los ciudadanos.

Esa ambición juvenil, por inexperta, de intentar inventar el mundo cada mañana y pensar que la confianza ciudadana se consigue a base de ocupar un día los titulares de los medios es un error que se paga. Si Podemos hubiera renunciado al “referéndum sí o sí”, por poner un ejemplo, y a la arrogancia mediática revestida de palabros buenistas, y hubiera optado por una negociación seria con los socialistas, la película habría sido otra. Han errado al intentar sacar tajada de la crisis del PSOE, motivada por su aplazada renovación programática y funcional. Por otra parte, ni la “casa común de la izquierda” intentada por el PSOE, ni la fundación de Izquierda Unida por el Partido Comunista significó un cambio en el mapa electoral por concentración del voto de la izquierda. Después de todo, el haber convertido al PSOE en presa electoral no servirá  más que para arrumbar las políticas de progreso.

En definitiva, las consecuencias van a ser variadas pero la mayor de todas es el empobrecimiento de la democracia y la dificultad de avanzar al no existir una mayoría social capaz de concertar las políticas necesarias de futuro.

[1] http://elpais.com/diario/1998/02/17/espana/887670030_850215.html