QUE SIRVA PARA ALGO

No conozco a ningún socialista -militante o votante- complacido con la idea de que Mariano Rajoy sea presidente del Gobierno. Es seguro que todos los diputados del PSOE que vayan a cumplir el mandato del Comité Federal, apoyando la abstención en la investidura, van a pasar por un trance amargo, similar al que ha vivido Antonio Hernando cumpliendo con su papel de portavoz del Grupo Parlamentario al intentar explicar la razón de una postura que no ha sido recibida con entusiasmo en la propia bancada y en amplios sectores de la izquierda social. Sin embargo, justo es reconocer que Hernando ha desarrollado un discurso pragmático basado en el argumento de que la alternativa al desbloqueo de la interinidad en el Gobierno no era otra que unas indeseables nuevas elecciones. No convenientes para los ciudadanos españoles, pero tampoco, aunque no lo reconociera él explícitamente, para las perspectivas electorales del Partido Socialista.

Las incógnitas sobre las consecuencias internas en un partido que ya ha soportado otras graves crisis en su historia, siguen abiertas. La respuesta a algunas no puede tardar en producirse. Seguramente en cuestión de horas. Y la primera, la actitud que adopte el último Secretario General, don Pedro Sánchez. Ahora bien, frente a las legítimas especulaciones, la observación más fría de la realidad debería conducirnos a extraer los aspectos positivos del hecho de que el nuevo Gobierno, por su debilidad parlamentaria reconocida, no va a tener otro remedio que contar con la oposición para sobrevivir y sacar adelante sus proyectos, empezando por la pieza clave, que son los Presupuestos.

El debate en curso, mientras escribo, nos permite ya atisbar que la política a desarrollar por el tercer grupo de la Cámara, Podemos y sus confluencias, se va a centrar más en el propósito de desfigurar a los socialistas como los líderes de la izquierda, asumiendo incluso las palabras de Pablo Iglesias Posse como su referente, que en competir con el Partido Popular. Y todo ello en el marco de un discurso cada vez más deslegitimador del propio Parlamento y de sus miembros, con acusaciones generalizadas que han provocado indignación mayoritaria.

Es imposible saber todavía la reacción del conjunto de la sociedad a este nuevo escenario. Si los españoles están por salir de esta crisis de Gobierno, valorando el esfuerzo y el sacrificio de los socialistas, o se suman a las filas de quienes piensan rodear el Congreso para evidenciar su protesta. Lo lógico es pensar que, tras cualquier efervescencia emocional, el país retome el curso de la normalidad y el nuevo tiempo quede marcado por la obligatoria necesidad de dar respuesta, con las leyes en la mano, a los problemas pendientes, que son muchos y de gran calado. Para contribuir a ese objetivo, el Partido Socialista ha de marcar desde el primer minuto su condición de líder de la oposición y tomar iniciativas parlamentarias ante las que tengan que retratarse, sin subterfugios, tanto el sedicente tono pactista de Mariano Rajoy como el discurso inflamado de Pablo Iglesias. Eso requiere resolver con urgencia la crisis interna, recomponer la unidad, y trabajar en la conexión con la sociedad. Las auténticas redes sociales son las que durante décadas supusieron las Casas del Pueblo, organismos vivos en los que se fabricaban proyectos para el bien de la clase trabajadora y se forjaban líderes capaces de llevarlos a cabo desde los municipios hasta el Consejo de Ministros. Una seña de identidad que no puede entrar en almoneda para que nadie se considere legitimado para apropiársela.

¿Exige ese propósito de curación una transformación radical, sin paños calientes? Seguramente, sí. Pero hay enfermedades que no se resuelven con tisanas, sin con cirugía. Que está muy avanzada. La cirugía y la enfermedad.