¿QUÉ QUIEREN LOS VOTANTES?

Resulta preocupante el nivel de las negociaciones que se está produciendo en España. Los que queremos que se avance y se profundice en la democracia apostamos por el diálogo, la negociación, los pactos y los acuerdos, aún sabiendo la enorme complejidad que ello genera, pero eso es la democracia: complejidad. En las negociaciones hay que buscar los mínimos que unen en vez de los puntos que separan; con respeto y diálogo esos mínimos pueden llegar a convertirse en máximos programáticos, en ejes de gobierno.

Pero no es lo que ahora mismo se está transmitiendo.

Resulta más difícil de lo que parece establecer consensos. No solamente está en hablar, sino en ceder. Y las cesiones traen problemas, porque se pueden entender como traiciones a los propios. Toda negociación previa está envuelta de estrategias, tácticas, cesiones, ambiciones, presiones, resistencias, principios, utopías, pragmatismo, rumorología, titulares, y un largo etcétera. Un frágil equilibrio entre defender la lealtad a las siglas de cada organización y un acuerdo entre varias partes. ¿Hasta dónde ceder sin que los propios consideren una “traición” a los principios?

Ahora bien, lo que estamos viendo en la derecha es desconcertante hasta para los propios militantes de los partidos. El PP hace continuamente de celestina entre Vox y Ciudadanos, para que ambos acerquen posiciones sin que se note demasiado. Porque Vox, de forma coherente, exige ser reconocido como una fuerza política que ha conseguido votos a la derecha de la derecha de la derecha. Un partido político que se ha descubierto sin cargos políticos, sin cultura de acuerdos, sin tener realmente una idea de gobierno más allá de sus palabras altisonantes, arcaicas y preocupantes sobre las “feminazis” (entre las cuales me encuentro). Pero en el momento que alguno de sus nuevos diputados hace una rueda de prensa (fuera de los cuatro jefes) se nota el gran vacío de propuestas, realmente se nota que no tienen ni idea ni para qué están ahí. Seguramente, igual que muchos de sus votantes.

Mientras tanto Ciudadanos (o más bien Albert Rivera), en una estrategia que desconcierta a propios y extraños, juega a pactar con el PP, rompiendo todas sus “líneas rojas”, dándole igual los años de gobierno, la corrupción, o las propuestas más extremas. Dándole igual incluso que necesite los votos de Vox para conformar gobierno; eso sí, siempre y cuando no se vean. Con un ejercicio de hipocresía sin precedentes, se hace el ofendido si se acerca Vox, “como si les diera asquito”, pero por otra parte es consciente de la necesidad de sus votos.

Lo ocurrido en el ayuntamiento de Barcelona es muestra, no de su contradicción, sino de su permanente engaño. ¿Qué hubiera hecho Rivera? Nunca lo dice. Nunca dice qué haría, porque la acción positiva le enfrenta a sí mismo. Ciudadanos deja de ser un partido liberal, de centro, moderno, para intentar -en una maniobra suicida- convertirse en la muleta del PP. Ha tenido que ser Manuel Valls quien, en un sorprendente gesto de coherencia política que no conocemos en España, le lea la cartilla a Rivera. Por cierto, ¿cómo de cómoda se siente la exportavoz socialista Soraya Rodríguez? Todo el mundo tiene derecho a cambiar sus posiciones ideológicas, pero duele que fuera tan crítica (de forma irracional) con el que fue su partido tantos años, y ahora esté completamente muda ante los despropósitos de sus nuevos compañeros de viaje.

Lo más triste de estos acuerdos no es lo que vemos sino lo que no vemos. Los acuerdos ocultos. Lo que no se puede enseñar. Lo que se firma en mesas diferentes.

No obstante, hoy es más difícil conocer qué quieren los votantes ante tanta pluralidad. Lo que marca la ruta es la dirección hacia la que van los votos de forma mayoritaria. Y aquí está claro que es el PSOE el partido que hoy convence más a los españoles. Es el partido que ha surgido como claro ganador en las últimas elecciones. Y que sigue contando con el respaldo de los votantes. Pese a ello, sus dificultades de formar gobierno son notorias. Porque la combinación en la búsqueda de socios es como los polos del imán, se repelen. Es lo que le ocurre a Podemos que acumula cada vez más rechazo, no solo popular, sino entre las fuerzas políticas. Podemos hoy no suma, resta.

Decía un conocido de unos 40 años (con formación universitaria y trabajo fijo) que había votado de forma diversa. Al PSOE en el Senado y en la autonomía, porque eran los que ve más estables y fiables para “cosas serias”. Al único diputado de Compromis en las Cortes Generales, porque seguro que “él defiende lo mío, lo de aquí, y eso está bien, que cada uno barra para su casa”. Y a Vox en el ayuntamiento porque, “aunque sean nefastos e impresentables, y no tengan ni idea, resulta divertido las cosas políticamente incorrectas que dicen”.

En fin, la dialéctica políticos-ciudadanos no está tan enfrentada como a veces pensamos.

 

Escribió Bertrand Russell, en “El elogio de la ociosidad”, “Qué agradable sería un mundo en el que no se permitiera a nadie operar en bolsa a menos que hubiese pasado un examen de economía griega, y en el que los políticos estuviesen obligados a tener un sólido conocimiento de la historia y de la novela moderna”.