¿QUÉ OCURRE REALMENTE EN FRANCIA?

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La conocida impopularidad del Presidente francés Hollande parece extenderse más allá de los Pirineos, si consideramos algunos artículos comentando la política de su gobierno. Desde luego se pueden encontrar muchos motivos de crítica, sobre todo si uno se atiene a la socialdemocracia de la época de los Treinta gloriosos.

Sin querer extenderme demasiado, y a riesgo de ser considerado como uno de esos históricos afrancesados, quisiera abordar la cuestión con unas pinceladas forzosamente desordenadas e incompletas.

Empecemos por el tema de los diputados socialistas llamados Frondeurs. Desde que Manuel Valls pasó a ser Primer Ministro, la mayoría socialista parlamentaria ha visto desligarse de ella a una parte de sus diputados, cada vez más numerosa, pero que resulta muy minoritaria en el grupo. Sin llegar a la escisión y en defensa, no solo de sus propias convicciones, sino, así lo afirman, también del programa electoral de François Hollande, han llegado hasta tratar de proponer una moción de censura contra el Gobierno, por la Ley de reforma el código del trabajo. Les faltaron dos firmas para concretar una moción, que desde luego tanto la derecha como el partido de Mélanchon, el nuevo Robespierre, y algunos ecologistas hubieran votado. Pero cuando vuelva la Ley a la Asamblea después de su paso por el Senado, donde la derecha es mayoritaria, es muy posible que obtengan las firmas necesarias. Y si a consecuencia de ello se disolviera el Parlamento y se fuera a elecciones, ya ocurrió, ¡no saldrían ni cuarenta diputados socialistas! ¿Genial no?

Entre las tensiones de la izquierda figura un temor, mejor dicho, un pánico: ser barrida en las próximas elecciones presidenciales, y desde luego es la previsión de todos los analistas. ¿Por qué nadie se hace la siguiente pregunta?: ¿cómo Hollande, tan impopular, se mete en reformas que van a provocar la ira de una parte de la izquierda sin conseguir el menor apoyo de la derecha o del centro? Y además crear una situación nacional extremamente difícil por la acción casi subversiva de la CGT.

La respuesta es que Francia necesita profundas reformas económicas ya que ha apostado, y de momento lo consigue, mantener el Estado de bienestar. Sobre esto podría dar unas precisiones que alargarían el artículo. Afirmo que Francia ha vivido la crisis sin la austeridad que, por ejemplo, hemos conocido. Hay ciertamente un indicador terrible: los pobres suman 8 millones, lo que es inadmisible. Pero esto depende fundamentalmente por una parte de la situación en que se encuentra Europa occidental frente a la mundialización -Alemania tiene 12 millones de pobres- y por otra del increíble incremento de la desigualdad entre ricos y pobres. Esto no lo ha podido remediar Hollande, aunque sus gobiernos hayan multiplicado las medidas de ayuda a los desfavorecidos, practicando un socialismo de lo pequeño, como escribía nuestro inolvidable Txiki.

Un ejemplo de ello es el impuesto sobre la renta. Desde 2014 el Gobierno francés lo ha rebajado para las clases menos favorecidas, lo que supone una mejora para 9 millones de contribuyentes, 3 millones de los cuales ya no tienen que contribuir en absoluto. Recordemos que esto se realiza cuando la situación macroeconómica es pésima: Progresión regular de la deuda que alcanza el 95 por ciento del PIB, déficit comercial muy importante. Pero en 2015 el déficit presupuestario mejoró en relación con las previsiones que eran del 3,8 por ciento. No será por una mala gestión.

El paro constituye una maldición para el mandato de Hollande y sobre todo para la sociedad. Mejoró estos dos últimos meses, pero esto es más que insuficiente para ser optimista. ¡Durante su mandato el paro aumentó en 1 millón! Los analistas están de acuerdo en afirmar que si los condicionamientos sociales de Francia le permitieron sufrir menos que otros países de la crisis, las mismas razones hacen que hoy su recuperación sea también menos rápida que para los demás. ¿Qué conclusiones se pueden sacar de ello?

El código del trabajo en vigor no impidió en absoluto los masivos despidos, ya antes de la crisis, debidos a los efectos perversos de las deslocalizaciones en el marco de la mundialización: recordemos lo ocurrido con empresas como Continental, Moulinex, y tantas otras. Por otra parte, a pesar de las diversas ayudas a las empresas -40 000 millones- los patronos no han cumplido con sus promesas y no contratan, aun cuando la perspectiva económica sea favorable. Es lógico pensar que a un año de las elecciones presidenciales el patronato no va a hacer ningún regalo a Hollande, otra cosa será cuando llegue un Presidente de derechas.

Es para remediar a tal situación que se ha propuesto la nueva Ley del Trabajo. No quiero detallar argumentos en su favor: se basa en la realidad de las rápidas mutaciones en el mundo empresarial cuando los patronos temen contratar con los riesgos de un despido hoy carísimo en Francia; la nueva Ley no debe ser tan mala cuando el sindicato CFDT, se prevé que será el primer sindicato en las próximas elecciones, la acepta después de haber negociado con el Gobierno. La CFDT es el sindicato que se puede comparar con nuestra UGT. Recordemos, de paso, que la tasa de afiliación sindical en Francia es la más baja de toda Europa: el 7,9 por ciento. Además de modificaciones en las formas de negociar entre obreros y patronos, la ley contempla una serie de medidas muy favorables a obreros y jóvenes, hasta sus oponentes lo reconocen.

Ciertamente, Francia sufre un paro masivo y de jóvenes. El Gobierno decidió reclutar 65.000 docentes en cinco años. ¡No encuentra candidatos! cuando las Universidades rebosan de estudiantes. En Francia, país que recibe regularmente el equivalente del premio Nobel de Matemáticas, no se encuentran profesores de esta asignatura, así como de lenguas. Igual ocurre con los maestros de escuela. ¿Quién lo puede explicar, sin ser crítico con ciertos estudiantes?

Huelgas: A parte de las huelgas y bloqueos organizados en las empresas de energía, por la CGT -el sindicato que añora tiempos pasados- estos días paran, en parte, los ferrocarriles, porque la compañía prevé modificar la organización del trabajo. Lo tiene que hacer, porque dentro de muy poco, por imposición de la Comisión Europea, deberá aceptar en sus líneas la competencia de trenes de empresas privadas o extranjeras, por ejemplo alemanas o italianas. Y tiene problemas de desequilibrios muy importantes. Por ejemplo, el de las pensiones, que la compañía no piensa modificar. La SNCF, el único patrón es el Estado, tiene 270.000 jubilados y cuenta con 152.000 activos. Todos sus empleados alcanzan la jubilación a los 55 años, para los conductores de locomotoras y los que circulan es a los 50 años. La pensión es del 75 por ciento del sueldo medio de los 6 mejores meses, y puede alcanzar el 80. Recordemos que para el sector privado, que no goza de garantía de trabajo, y quizá no tendrá garantía de pensión en el porvenir, ésta es ¡el 50 por ciento del salario medio de los 25 mejores años! Los empleados de los ferrocarriles gozan por lo tanto de un régimen privilegiado, hay otros, absolutamente intocables para la izquierda, pero que tarde o temprano la derecha tumbará.

El ambiente francés. Hoy, cuando escribo estas líneas, en la ciudad donde vivo, Toulouse, las manifestaciones, repetidas y con cada vez menos participantes son seguidas de vandalismo extremo y de violencias callejeras al estilo de las que sufrimos hace unos años en Euskadi. La protesta, incluso violenta, es una constante en la vida social francesa, y no tiene nada que ver con 1968. Un ejemplo: el Parlamento votó, por unanimidad, una ley instaurando una tasa ecológica que tenían que sufragar los camiones que circulaban por las grandes carreteras de Francia. Estaba destinada a inversiones en los transportes públicos y las carreteras. Se contrató una sociedad privada que instaló en todo el territorio los pórticos necesarios a su aplicación. El día en que la Ministra de Ecología anunció la fecha de inicio de la tasa se produjo en Bretaña una verdadera sublevación con destrucción de los pórticos, violencia callejera, incendios. Al cabo de unas semanas, ante la progresión del verdadero motín, el Gobierno cedió y anuló la aplicación de la ley, una ley votada por unanimidad. El resultado fue 800 millones de indemnización a la compañía que se contrató y la desaparición de recursos destinados a inversiones públicas y por lo tanto a la creación de puestos de trabajo. Resulta muy difícil gobernar en Francia.

Francia no ha conocido la austeridad como Italia, Portugal, Grecia o España, y vive por encima de sus recursos. Tarde o temprano llegará el ajuste. ¿Mejor en manos de la derecha? Cuando el Gobierno trata de controlar el gasto público, el más importante de Europa, las instituciones locales contratan millares de empleados, más por clientelismo que por necesidad. Lo que las lleva luego a aumentar los impuestos locales, echando siempre la culpa al Gobierno. Algunos tribunales de cuentas de diputaciones han llamado la atención, porque los empleados de estas trabajaban menos de las treinta y cinco horas legales, y además gozaban de más semanas de vacaciones de lo que la ley estipula.

Se podrían multiplicar los ejemplos de una situación esquizofrénica en la cual los Gobiernos de Hollande batallan para mantener un modelo social, al mismo tiempo que tratan de avanzar en las reformas imprescindibles, pero seguramente de manera demasiado tímida. El pueblo francés oscila regularmente entre derecha e izquierda porque quiere gozar, a la vez, de lo bueno del socialismo pero también de lo bueno del capitalismo. Y así, al acecho, crece la extrema derecha. Y esto en una Europa marcada por el triunfo del liberalismo puro y duro.

El socialismo se enfrenta globalmente a un tremendo desafío:¨Rinovarse o perire¨. Pero volver al siglo XX, o más lejos aún, -como lo proclaman algunos- no es renovarse.