¿QUÉ OBJETIVOS POLÍTICOS PLANTEAN LOS PARTIDOS? (II). LOS ESPACIOS DE LA POLÍTICA CONSTRUCTIVA

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Los datos sociológicos indican que la gran mayoría de la población española se sitúa en los ámbitos políticos más centrados y templados lejos de ambos extremos. En concreto, según las últimas encuestas del CIS, en los seis espacios de centro de un escalograma teórico de diez casillas (de izquierda a derecha) se autoubica en torno al 75% de la población española, mientras que en los cuatro espacios extremos (de derecha y de izquierda) apenas se sitúa el 17% o 18% (con más peso de la extrema izquierda y algo menos de la extrema derecha), con otro 7%/8% de indefinidos.

Las posiciones más centradas suelen ser las propias de amplios sectores de las clases medias que han venido aumentando notablemente en España, a la par que se afianzaba el propio desarrollo económico del país.

No hay que olvidar, en este sentido, que la Transición Democrática fue posible, entre otras razones, debido a que la izquierda histórica (sobre todo el PSOE, el Partido Comunista de Santiago Carrillo y los sindicatos) tuvieron como interlocutores principales, al otro lado del espectro político, a los representantes de un partido centrista y dialogante, como era la Unión de Centro Democrático (UCD) liderada por Adolfo Suárez. Desde luego, no se sabe cómo hubiera resultado aquello si el peso político decisivo lo hubieran tenido entonces algunos de los ex ministros franquistas que se nuclearon en torno a lo que entonces se llamaba Alianza Popular (más adelante PP).

Después de un período de predominio centrista, lo cierto es que la evolución electoral y las apuestas de ciertos poderes económicos y comunicacionales por opciones más conservadoras dieron lugar a que a partir de 1982 el centro político quedara bastante subrepresentado y postergado en España, en detrimento, lógicamente, de las posibilidades de políticas de mayor moderado y entendimiento.

Por eso, cuando las cosas se han puesto mal, se ha echado en falta la presencia de una fuerza política centrista de cierta entidad. De ahí, las expectativas que ha despertado la aparición en la escena nacional de un partido como Ciudadanos que, además, ha enarbolado las banderas de la unidad de España y de la lucha contra la corrupción.

Ciudadanos puede satisfacer las expectativas de determinados sectores del electorado centrista español, sobre todo en unos momentos en los que el argumento secular del voto útil esgrimido por el PP, frente al “peligro del PSOE”, ha perdido su virtualidad práctica, en la medida que el PP ha dejado de ser una opción factible de gobierno por sí solo, al tiempo que el nuevo partido ha demostrado capacidad para obtener un número apreciable de diputados. Y ha evidenciado, también, voluntad para dialogar y resolución para llegar a acuerdos de interés general.

La cuestión es que el centrismo moderado tiene bastante menos respaldo sociológico de base que la izquierda moderada como tal, y que el centrismo como tal no es una propuesta programática. Sobre todo, no cuenta con los componentes de propuesta programática de carácter social y solidario que en este momento se necesita en España. Por ello, los verdaderos objetivos sustantivos de Ciudadanos tienen unos perfiles demasiado tecnocráticos –a veces incluso doctrinarios─ que resultan notoriamente insuficientes para resolver algunos de los problemas acuciantes que están afectando a muchos españoles, como el paro, la precariedad laboral, las desigualdades, etc. De ahí la necesidad de permanecer muy atentos a lo que este partido vaya a plantear al electorado español, sobre todo después del acuerdo de los famosos 200 puntos a los que llegó con el PSOE, y que recogían bastantes propuestas sociales que el centrismo europeo más acreditado ha venido haciendo suyas –también─ en los últimos años en varios países avanzados, en la búsqueda de un gran acuerdo social y solidario, similar a lo que fue en su día el consenso keynesiano.

Uno de los problemas que pueden tener los líderes de Ciudadanos en este sentido es no entender que una parte apreciable de su electorado natural (las clases medias) lo están pasando mal económica y socialmente, y están empezando a comprender que la actual crisis requiere apostar más decididamente por enfoques diferentes de política económica. Algo a lo que aún son bastante reacios algunos de los principales mentores ideológicos de Ciudadanos, demasiado influidos por criterios de estricta ortodoxia neoliberal.

Finalmente el PSOE –con su líder actual, Pedro Sánchez─ está emergiendo en este contexto como uno de los partidos que está defendiendo de manera más neta una propuesta regeneracionista y de inspiración social, como alternativa de salida a la profunda crisis económica y política –e incluso moral─ en la que se encuentra sumida la sociedad española.

El comportamiento del PSOE, en general, y de Pedro Sánchez, en particular, durante el ciclo inter-electoral difícilmente podrá ser cuestionado por cualquiera que tenga un mínimo de buena fe y capacidad de objetividad, y no se vea dominado por fuertes sentimientos o actitudes anti-socialdemócratas.

En este período, Pedro Sánchez y el PSOE han reunido varias veces a sus instancias máximas de representación (Comité Federal), han consultado, con métodos de escrutinio fehacientes y rigurosos, a sus afiliados, y han hecho todo lo posible y lo imposible, hasta los últimos momentos, para no defraudar el voto de los españoles y para no tener que volver a repetir nuevamente las elecciones. Unas elecciones en las que, si no hay cambios en las intenciones de voto y si el electorado no reflexiona y fortalece a los partidos serios, que tienen propuestas programáticas factibles y adecuadas, que no están dispuestos a llevar a España por la senda de Grecia –o incluso peor─ y que están dispuestos al entendimiento, pueden conducir a unos escenarios similares a los actuales. O incluso peores.

Todo lo ocurrido durante los dos últimos meses brinda al electorado español informaciones suficientes como para que cada cual sepa a qué atenerse si vota a partidos que, o bien están acorralados por las corrupciones y no garantizan la necesaria regeneración de España, o bien carecen de la más mínima madurez política y actúan más bien de acuerdo a sus narcisismos y a inclinaciones populistas que están en las antípodas de lo que puede y debe hacer una verdadera izquierda que merezca tal nombre.