¿QUÉ OBJETIVOS POLÍTICOS PLANTEAN LOS PARTIDOS? (I). DEMASIADAS COINCIDENCIAS, PERSONALISMOS Y NEBULOSAS POR LOS EXTREMOS

tezanos270416

Casi todos los partidos políticos españoles están centrando sus comparecencias públicas en explicar cuál ha sido su comportamiento –o más bien el de los demás─ ante los debates sobre la formación de gobierno. Para algunos, los culpables de que no haya gobierno son todos los demás. Pero, cualquier analista que haya observado con un mínimo de objetividad lo que cada cual dice, lo primero que puede constatar es el notable grado de confusión y falta de congruencia que está caracterizando los argumentos y explicaciones de Mariano Rajoy y de Iglesias Turrión. Se nota demasiado que no dicen la verdad y que ambos solo tratan de justificarse con un mecanismo de “proyección exterior” que es de manual. La realidad es que, aunque antagónicos, sus estructuras argumentales y sus propósitos políticos efectivos son muy similares.

Como unos malos jugadores de cartas –y demasiado creídos de sí mismos─, ambos líderes quedaron bastante desazonados con las cartas que les habían correspondido en las elecciones generales del 20 de diciembre; e inmediatamente pensaron que, quizás, si tenían la oportunidad de probar suerte de nuevo les podrían caer mejores cartas en un nuevo reparto. Por eso, pensaron que no perdían nada si hacían todo lo posible para impedir la formación de cualquier tipo de gobierno y forzar nuevas elecciones. ¡En cualquier caso, los nuevos naipes no podrían ser peores que las cartas que tenían en sus respectivas manos!

Una vez fijado tal objetivo nuclear, la estrategia seguida y las mañas utilizadas por ambos líderes también han sido muy similares, dentro de sus respectivos estilos. En el plano interno, lo básico para ambos ha sido mantener bajo control absoluto sus respectivas formaciones, tanto para evitar que se suscitaran debates altruistas de interés general (fuera de su órbita), como para impedir que algún sector de sus organizaciones, o algunos de sus diputados pudieran tener la tentación de actuar en sentido contrario al propósito de bloqueo institucional.

En el plano interno, Mariano Rajoy lo ha tenido más fácil. Aunque no del todo. Lo que le ha obligado a realizar algunas venganzas malayas y a prodigarse por doquier con un sinnúmero de comparecencias e intervenciones internas.

En cambio, a Iglesias Turrión le ha costado un poco más mantener un férreo control interno, habiendo tenido que cortar cabezas y realizar purgas internas del más puro estilo tardoleninista, mientras procuraba debilitar a determinados miembros de su vieja guardia. Todo ello aderezado de una demagogia política tan ramplona que solo revela lo mucho que desprecia el proto-líder la inteligencia y el sentido común de aquellos a los que se dirige. Aún así, la confusión y la fragmentación interna que existe en su peculiar organización es muy considerable.

Sin embargo, lo más problemático para ambos partidos está siendo la explicación de sus objetivos políticos. No la explicación de los verdaderos, claro está, que son inconfesables, sino de aquellos que puedan resultar mínimamente creíbles para los electores, que ya han visto como han actuado en el Parlamento español.

El único objetivo sustantivo de Mariano Rajoy en estos momentos es no ser apeado del gobierno. O retrasar ese evento lo más posible. Por lo que pudiera pasar. Por ello, su esperanza es que en las nuevas elecciones aumente el malestar y la abstención de tal manera que ellos puedan conservar el máximo de votantes ultra-fieles, después de haber perdido ya varios millones de votantes en los últimos comicios. ¿Cómo mantener el apoyo de estos “últimos de Filipinas”? Sus asesores le dicen que empleando la estrategia del miedo. Es decir, presentando a todas las fuerzas restantes –incluido Ciudadanos─ como unos rojos peligrosos, y como un conjunto de políticos vendepatrias dispuestos a propiciar una nueva versión del viejo “Frente Popular” de la Segunda República española.

Por eso, continuarán insistiendo en que Pedro Sánchez se va a vender a los secesionistas y a los proto-rojos populistas de Podemos. Por mucho que no lo haya hecho. Por lo tanto, su mentira argumental adquiere proporciones colosales.

Simultáneamente, Rajoy y los suyos están intentando descalificar a Ciudadanos con el argumento de que esos “falsos centristas” son tan traidores y taimados que incluso están dispuestos a llegar a acuerdos con el PSOE. Argumento que, ciertamente, resulta bastante inaudito en boca de un líder y de un partido que ha venido postulando sin desmayo –aunque solo de boquilla─ una gran coalición con el PSOE. Es decir, si los del PP pactan con el PSOE son grandes patriotas, pero si los que pactan con el PSOE son los de Ciudadanos son unos traidores deleznables. ¿En qué quedamos? En esta ocasión parece que Rajoy ha contratado a publicistas bastante inexpertos o bastante gandules, que piensan que todo vale en política y consideran que, en definitiva, “¿qué más da lo que se diga?”, con tal de que se diga con ademán serio y se repita muchas veces.

Estamos, pues, ante una falta absoluta de seriedad y ante una subordinación total de la política del PP a un líder que cada día está más quemado y acosado por corrupciones sistémicas, con una organización en la que apenas se detectan signos de vida autónoma y de capacidad de regeneración. Lo cual resulta inquietante para el futuro de España.

El caso de Podemos no deja de ser singular y en determinados aspectos incomprensible. Sobre todo, en lo que se refiere al odio atávico que muestra Iglesias Turrión contra el PSOE y, por lo tanto, a su cerrazón instintiva a cualquier posibilidad de que se forme un gobierno de progreso en España. Ni hoy ni en el futuro hasta que el PSOE e IU estén bien enterrados a mayor gloria de Iglesias Turrión. Después de estos meses es evidente que el único logro objetivo de Iglesias Turrión y su círculo de poder –cada vez más cerrado─ ha sido conseguir un desgaste electoral del actual “Podemos”, en particular, y de la izquierda española, en general.

En realidad, su gran obsesión no es solo lograr el sorpasso del PSOE, algo prácticamente imposible por mucho que continúen intentando sumar nuevas siglas a su ya complejo bloque frentista. ¿Cómo se podría gestionar tan heterogéneo frente después de unas elecciones? Eso no le importa a Iglesias Turrión. De momento, lo que pretende es fortalecer su imagen de gran líder populista –al modo bolivariano─ engullendo cuantas más siglas de izquierda histórica se dejen. Por mucho que ahora tengan que pagar precios más altos que hace unos meses. Lo importante es satisfacer el apetito voraz de ese líder de vocación antropofágica que, con sus camisonas negras, sus andares acompasados, sus melenas y sus amenazas sibilinas y mortales, cada vez se parece más a una caricatura de algunos de los personajes de esa saga violenta de televisión que tanto admira. ¡Y lo triste es que este comentario no es una broma!

Por lo tanto, el objetivo real del Podemos de Iglesias Turrión cada vez está más claro: fagocitar a toda la izquierda, comiéndose vivos a algunos y confundiendo y atrayendo –como sea─ a los votantes de otros. Y ¿todo ello para qué? ¿Para algún fin político concreto? ¿Alguien se ocupa ya en su “círculo de desconfianza” de tales cuestiones? Simples pequeñeces sociales ante un líder tan mayúsculo.

Por esa vía es evidente que Iglesias Turrión camina directo hacia el aislamiento, y por muchos votos que tenga en unas próximas elecciones serán votos que se agotarán en sí mismos, ya que será imposible que tenga otros apoyos o posibilidades de entendimiento para su improbable –y muy negativa─ Jefatura del Gobierno.

Es decir, con Mariano Rajoy es impensable hablar en serio de regeneración moral de la vida política española, ni pensar de verdad en una política económica rigurosa y exitosa. Y con Iglesias Turrión resulta impensable prácticamente todo lo que no conduzca directamente a fortalecer su ego.

Así las cosas, es evidente que el debate político español y la consideración efectiva de alternativas y opciones de gobierno, capaces de dar respuesta a los problemas reales de los españoles, tiende a cerrarse y a negativizarse por principio en ambos extremos del espectro político, quedando abiertas únicamente las posibilidades de políticas sustantivas serias en los espacios equidistantes de esos dos grandes agujeros negros. Que son, precisamente, los netamente mayoritarios en la sociedad española. De ello nos ocuparemos la próxima semana.