¡QUE INVENTEN ELLOS! PERO CONSUMIMOS NOSOTROS

Podemos imaginarnos a Miguel de Unamuno hace algo más de cien años escribiendo su ensayo titulado El pórtico del templo, comenzando a escribir el siguiente pasaje:

ROMÁN.- Inventen, pues, ellos y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones. Pues confío y espero en que estarás convencido, como yo lo estoy, de que la luz eléctrica alumbra aquí tan bien como allí donde se inventó.

SABINO.- Acaso mejor.

Esta frase, bajo la formulación más conocida “que inventen ellos”, ha llegado hasta nuestros días como cliché para ilustrar el profundo desinterés histórico de los gobiernos españoles por la política científica. Aunque son numerosos los manifiestos, los artículos y los ensayos donde se ha denunciado el abandono de la ciencia en España por parte de la élite económica, la situación actual es preocupante en extremo por su amplitud y profundidad, con la concausa de la reciente crisis económica y la política de austeridad impuesta desde Europa. Ha habido algunos periodos, notables excepciones, de los que haremos memoria más adelante.

El propósito de este articulo

Este artículo es un llamamiento ante la situación muy crítica en nuestra opinión de la CIENCIA en España.

A los dos autores nos separan casi cinco generaciones, pero nos hemos encontrado hace apenas dos meses y en ese encuentro hemos podido constatar que tenemos muchas convergencias evolutivas intelectuales. Entre ellas: la pasión por la ciencia, el interés por sus aplicaciones en beneficio de la sociedad, las preocupaciones por la política científica, es decir, por las políticas que fomentan su cultivo y hacen posible su gestión desde lo público, el interés inquieto por la cultura (y la incultura) científica y tecnológica de la ciudadanía española, la desazón por el alejamiento que las élites económicas de nuestro país manifiestan sobre cómo se produce y lo que representa la ciencia en las sociedades modernas y avanzadas, la fascinación por los microorganismos como plataforma e instrumento para conocer la biología y para sacar provecho de sus propiedades beneficiosas y combatir sus ataques maliciosos. Finalmente, y no menos importante, por ser fieles seguidores de Santiago Ramón y Cajal como gran referente de la ciencia española y como ciudadano responsable y con ello preocupado por las carencias de nuestro país en el cultivo de la racionalidad científica.

Estos puntos en común justifican que nos planteemos escribir un artículo conjunto. Sobre todo porque nuestra confluencia constata que trascurridos más de cien años, las ausencias sociales y políticas respecto a la ciencia y sus prácticas que detectó y denunció Cajal, siguen sin cubrirse. Hay varias cuestiones que reflejan esta problemática.

 La ciencia y el contexto español

¿Somos una sociedad comprometida con las ciencias?

En primer lugar, traemos el inveterado debate acerca de la situación de la cultura científica en la sociedad española. La floración demoscópica que cubrió el espacio común europeo ha rendido el fruto, a partir del último tercio del siglo pasado, de numerosas encuestas sobre la comprensión pública o la percepción social de la ciencia en general, o en lo concerniente a algunas tecnologías emergentes y que suscitaron reacciones sociales como las biotecnologías, la clonación, el empleo de células madre o los contaminantes químicos y el medio ambiente. España también se apuntó a la corriente en el inicio del siglo XXI con la creación de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), que desde entonces ha desarrollado y puesto en práctica una encuesta bienal sobre las percepciones de la sociedad española ante la ciencia; los años siguientes a la realización de la consulta se han publicado volúmenes con los análisis realizados por diversos expertos. Tanto los resultados como los volúmenes que los analizan son presentados ante los medios y siempre suscitan interés mediático aunque sea limitado en el espacio y en el tiempo. Su vigencia es efímera salvo para las conclusiones más chocantes y conflictivas que perduran algún tiempo y sirven para ulteriores análisis y debates A estos procesos vienen contribuyendo de modo innovador componentes del Departamento de Filosofía de la Universidad de Oviedo y de la Unidad de Investigación en Cultura Científica del CIEMAT, que han profundizado en los problemas, los aciertos y los fallos que presentan estos análisis sociológicos.

No es fácil proponer una síntesis, aunque las líneas generales apuntan a que la ciencia es algo alejado de la sociedad española, que se viene acercando a ella concibiéndola y adquiriéndola como espectáculo y a través de los mecanismos de disfrute del ocio. Paradójicamente hay grupos interesados y con niveles de cultura y conocimiento sobre lo que es la ciencia que son también críticos o están preocupados por sus avances. Si este es el retrato social de la asociación entre ciencia y sociedad no parece la situación más favorable para que haya activismo social en favor de la ciencia ante decisiones negativas de los gobiernos sobre su promoción y fomento. Uno de nosotros ya denunció esta fenomenología negativa en términos de implicación social en esmateria.com (https://goo.gl/NPZ3Wz).

No obstante, hay un dato importante con respecto a las cuestiones de la relación entre ciencia y sociedad, que uno de nosotros ya recogió en un editorial del Boletín Perspectivas del sector biotecnológico (nº 41 de febrero de 2011, http://www.asebio.com). En el año 2010 se realizó un importante Eurobarómetro sobre Ciencia y Tecnología tanto por la amplitud e importancia de sus objetivos como  por la extensión ya que se llevó a cabo en los entonces 27 países de la UE y 5 países asociados (Croacia, Islandia, Noruega; Suiza y Turquía). El dato a resaltar es que las tecnologías orientadas a producir bienes de naturaleza común como la salud (40%), la energía (20%) y el medio ambiente (16%) recogieron los mayores porcentajes de apoyo frente al débil (entre el 1 y el 2 %) de las TICs, las espaciales y la tecnología manufacturera. Parece que hay que resaltar la importancia del concepto “cercanía” para la conexión feliz entre ciencia y sociedad sin olvidar que cuando se realizó la encuesta, la UE estaba en plena crisis económica y sistémica derivada de los errores y las decisiones de las políticas economicistas neoliberales.

Hay por lo tanto una situación híbrida, pero que da margen de esperanza para actuar con la ciudadanía.

¿Qué pasa con las élites económicas?

Tratar de la posición de los poderes económicos o los líderes de los agentes económicos en España no es tarea fácil. La tendencia, como reflejo de la frase unamuniana que hemos adoptado en el título, conduce a una generalización: señalar la importancia de tales actores para el desarrollo social y económico. Esta generalización no está alejada de la situación actual pero oculta importantes e interesantes excepciones. Tales excepciones se dan a distintos niveles de sectorialización y de organización. Por ejemplo, si nos fijamos en una empresa tan importante como Telefónica y se siguen aunque sea superficialmente las estrategias de esta empresa española que ha alcanzado el rango de multinacional, se puede constatar que nos es ni ha sido la misma según los presidentes: Cándido Velázquez, César Alierta, José María Álvarez Pallete. La empresa configurada por los gobiernos de Felipe Gonzáles como empresa multinacional empezó apostando por un importante esfuerzo en lo que se llama instrumentalmente como I+D, que fue diluyéndose para orientarse sobre todo a los grandes éxitos económicos y comerciales. Ahora parece que también interesan los valores sociales. El problema es la feliz integración de estos objetivos y eso no es fácil, cuando la estrategia no es de empresa sino de personas.

Si nos centramos en el sector bancario, los tres grandes bancos, Santander, Bilbao Vizcaya y La Caixa, tienen fundaciones que apoyan la ciencia y la tecnología pero sus iniciativas parecen responder al servicio de los objetivos e intereses más concretos de las entidades que de una estrategia amplia de carácter general como puede ser el caso en los Estados Unidos del Howard Hughes Medical Institute (financiación por criterios de concurrencia competitiva para actividades de medio plazo de laboratorios y grupos consolidados de investigación en el ámbito biomédico o para la Promoción de la educación), o de la Fundación Melinda y Bill Gates (combatir por medio de la investigación altamente competitiva las enfermedades de los pobres a nivel mundial y con énfasis en zonas poco desarrolladas ).

La estrategia de la Fundación Areces es continua con la organización de seminarios, conferencias y la atribución de becas en áreas seleccionadas, pero tampoco obedece a una estrategia bien definida, es un foro amplio y abierto y una plataforma para dar a conocer o debatir temas de interés y problemas de interés pero cuya misión no parece claramente definida. La propia Fundación Princesa de Asturias, que realiza una tarea realmente digna de elogio y que en varios momentos del año impacta en la sociedad, tampoco desvela claramente la estrategia aunque su generosa distribución temática y su vocación internacional parecen delinear una cierta disposición táctica hacia el reconocimiento de las actividades de impacto global y para colocar la región del Principado en la esfera de la actualidad mundial. En esta situación de ambigüedades y anomias no puede extrañar la controversia suscitada por la iniciativa de Amancio Ortega de donar dinero a los servicios de salud regionales. ¿Cómo consideramos este acto, filántropo o de intervención en la política pública que debiera autofinanciarse vía impuestos? Este problema no existe en otras sociedades, como la anglosajona, acostumbradas históricamente a financiar Universidades y centros de investigación a través de donaciones, y seguramente sea un tema a debatir en el futuro.

Tampoco hay la suficiente claridad de ideas y fortaleza de acción en estos agentes esenciales para un país que quiere o dice querer ser un líder económico mundial-

El debate sobre la utilidad de la ciencia

También queremos lanzar un aviso ante los graves recortes que está sufriendo la investigación básica o fundamental en España, incapaz de llegar a unos mínimos honorables de inversión y lo que es peor, de ejecución presupuestaria. Si no hacemos nada en un tiempo relativamente corto puede que estemos asistiendo a la desaparición del parvo soporte público a la investigación y tal vez a su privatización.

En aras de un economicismo miope se deja de lado, se desprecia, la más pura esencia de investigar. Esta profesión reconocida desde hace más de un siglo va de descubrir elementos y características del mundo que nos rodea, de observar hechos e interpretarlos, de plantear preguntas de calado y perseguir su respuesta, de emitir hipótesis, y comprobarlas, y no necesariamente de preocuparse de los beneficios a corto plazo, sino de los beneficios a largo. Como se ha dicho y repetido, el mismo hecho del descubrimiento científico reposa muchas veces en la capacidad del investigador o de la investigadora de observar en un hecho común lo que nadie ve, y en otras de relacionar dos hechos muy alejados entre sí. Pensemos en Isaac Newton observando durante los primeros meses de otoño, año tras año, cómo las manzanas de su jardín caían perpendicularmente al suelo, y cómo esta observación le llevó a enunciar la ley de la Gravitación Universal. Recordemos la cantidad de aplicaciones y desarrollos tecnológicos que esta ley, y posteriores descubrimientos y desarrollos de una rubrica  de premios Nobel y de otros muchos que lo merecieron  han hecho posibles. Por ello, uno de los datos más preocupantes es que se mire a donde se mire en el espectro político las dinámicas de fomento de la actividad científica, las políticas científica y tecnológica si es que existen, supeditan la financiación para desarrollar ciencia y tecnología al emprendimiento y la innovación, a la economía y la industria, en vez de ligarlo a los beneficios sin cuento que suministra la curiosidad que emana de la educación en los centros del saber.

La cuestión del modelo productivo

Actualmente el modelo productivo español sigue depositando gran parte de sus activos en el turismo y en la construcción, y si bien ha habido voces que se han alzado en un intento de derivarlo hacia una sociedad del conocimiento, se hace de forma vaga. ¿Qué conocimiento queremos para basar nuestro nuevo modelo productivo? ¿Conocimiento científico, conocimiento en su sentido más social de conocer a alguien, otro tipo de conocimiento? Tienen ustedes diez acepciones entre las que elegir en el diccionario de la Real Academia Española. Echamos de menos iniciativas de liderazgo social que propugnen o promuevan  un cambio de modelo para el desarrollo económico y social  de  nuestro país  que complemente la apuesta  ya histórica, y por lo tanto preocupante, por el sector inmobiliario y el turismo, en ambos casos con peligrosa tendencia hacia la especulación y la generación de burbujas. Uno de nosotros recogía precisamente hace siete años algunas de estas preocupaciones en  entrevista en Diario Médico (25 de mayo de 2010), y que han sido revisitadas recientemente por los directores de dos nuevos centros CIBER, Francisco Fernández Avilés y Leocadio Rodríguez. Decididamente no se apuesta por la ciencia en España.

¿Hay soluciones?

Lo que nos dice la historia política

En el plano político, los problemas son suma e integración de los ya expuestos, pero esto no ha sido siempre así. Ha habido en los últimos 150 años tres periodos de particular importancia en la apuesta estratégica de unas políticas por y para la ciencia. La primera coincidente con el final del siglo XIX y primer tercio del siglo XX, el más largo y al que los historiadores de la ciencia españoles han definido como “la edad de plata de la ciencia española”; la época tecnocrática durante el franquismo con los Planes de Desarrollo y que se extiende a lo largo de una década hasta la muerte de Franco. Por último la primera parte de la transición que se extiende desde 1977 hasta la crisis del principio de la los noventa, con la creación del Ministerio de Universidades e Investigación en 1980 por la UCD y la subsiguiente apuesta del PSOE por la modernización de nuestro país. A partir de ese momento los periodos de apoyo a la ciencia y la investigación (primer Gobierno de Aznar y primer Gobierno de Zapatero) han sido más personalistas que estratégicos y más cortos y sincopados. De hecho, los segundos respectivos gobiernos que introdujeron innovaciones radicales en el Gobierno de la Ciencia con las creaciones de los Ministerios de Ciencia e Industria ( Aznar) y Ministerio de Ciencia e Innovación ( Zapatero) con sus aciertos -siempre los hay en procesos innovadores-, no dejaron de originar problemas significativos, hasta el extremo que ninguno de los tuvo éxito evolutivo, es decir no tuvieron continuidad por notables carencias en la estrategia de puesta en marcha y desarrollo. Ello nos ha llevado, arrastrados por la crisis económica sistémica global que se inicia en España en 2010 y la escasa vocación del partido en el Gobierno por la ciencia, abocado además por un Ministerio de Hacienda a la estrategia de la corrección del déficit, a una crisis institucional grave de la ciencia que ha sido ocultada en la estructura ministerial. Situación que continúa hasta ahora.

Por otro lado, asistimos, como espectadores asustados, a la disminución de las partidas en investigación básica en los nuevos presupuestos, en concreto 2,64% de recorte para 2017 según datos de la Confederación de Sociedades Científicas Españolas (COSCE). El lector se preguntará: ¿cómo es posible esto, si no dejan de salir noticias en las que se cuenta cómo el presupuesto en I+D+i aumenta con respecto al PIB? La próxima vez que lea una noticia así, fíjese el lector en el recorte de los llamados “fondos no financieros”, que son aquellos destinados a la investigación básica, verá como efectivamente se están recortando en favor de los “fondos financieros” con los que nuestro gobierno saca exiguos beneficios a corto. A esta disminución de la inversión en investigación hay que sumarle la fuga de cerebros, formados con inversión pública, y que ahora nuestro gobierno quiere tener controlados como suerte de “diplomáticos científicos” según denuncia Amaya Moro-Martín en Nature (https://goo.gl/9B66Xo). En vez de forzarlos a exiliarse, ¿no sería mejor haber buscado el marco político para que pudieran desarrollar su trabajo en España sin renunciar a la internacionalización inherente a nuestras tareas científicas?

En el mimo sentido, afrontamos la confusión mediática. Tomemos de nuevo los presupuestos generales para 2017, presentados por un conocido medio con el titular de “El presupuesto de I+D+I sube un 4,1%”. Bajo estos titulares se esconden descensos continuados en la partida dedicada a la investigación, los fondos no financieros. Estos descienden un 0,8% y pasan de los 720,7 millones de euros en 2016 a los 714,8 millones previstos para 2017. Pero esto no quiere decir que se vaya a gastar todo este dinero, ya que existe una segunda parte a tener en cuenta que son las ejecuciones presupuestarias. Es decir, cuánto dinero se invierte realmente de lo originalmente presupuestado. Pues resulta que gran parte de los fondos destinados a la I+D+I ni siquiera llegan a ejecutarse, y así según los datos oficiales de la Intervención del Estado, la ejecución presupuestaría en 2015 fue del 60,6 %, muy lejos del 96,2 % alcanzado en 2003 (https://goo.gl/fVui35). Parece que para el gobierno actual, el acrónimo I+D constituye una especie de colchón en el que descansar para poder realizar ajustes presupuestarios a conveniencia.

Una nueva ilusión

Corren nuevos tiempos en la política española y pueden, deben traer consigo nuevas oportunidades para la ciencia. Desde la humilde opinión de los arriba firmantes creemos que es tiempo de disponer una estrategia con el objetivo de configurar un marco político en el que el conjunto de los científicos españoles, mujeres y hombres, podamos desarrollar ciencia de alto nivel con la normalidad de un tiempo de comprensión, apoyo, y confianza, por parte de los promotores y gestores de las actividades que generan conocimientos científicos y suministran las bases para mejorar la calidad de vida de nuestros conciudadanos. Los elementos que debieran conformar este marco político pueden encontrarlos en el artículo 1.1.10 del programa que Pedro Sánchez presentó para respaldar su candidatura a Secretario General del PSOE. Se titula “Un compromiso con la Investigación y la Ciencia” y comprende las páginas 31 y 32 del siguiente documento: https://goo.gl/hwGPB9. Están inspirados en las ideas de Ramón y Cajal a quien se cita.

Colofón/SOS

Lo que nos preocupa es que se atisba el éxito de la estrategia de la desaparición de la ciencia en el espacio público. Lo están consiguiendo, a pesar de que los científicos estamos, según encuestas sobre las instituciones españolas, muy bien valorados por la sociedad. Sin embargo no se detecta que el compromiso social sea consciente de los recortes en ciencia ni de los problemas que esto puede ocasionar para el nivel de bienestar e independencia de la sociedad española en el próximo futuro .Nos gustaría que este artículo pudiera ser el último de crítica a la situación actual, porque mejore sustancialmente. Pero sería triste que este artículo pueda ser una de las últimas oportunidades que nos quedan de protestar públicamente y de tratar que nuestra clase política haga suyas nuestras reivindicaciones y de que, por fin, entiendan que no sólo sin ciencia no hay futuro, sino que sin inversión y sin política científica no habrá ciencia. Al menos no como la entendemos nosotros: como búsqueda del conocimiento, de la verdad evolutiva y no dogmática, y con ello de servicio a la sociedad.