¿QUÉ HUBIERA PASADO SI…?

En un desayuno reciente con un grupo de periodistas, casi al final del encuentro, uno de ellos me preguntó si tenía algún sentido y utilidad pública que existiera una institución como el CIS.

No era la primera vez que alguien me formulaba tal pregunta en estos meses de dura –y bien organizada– hostilidad con el CIS, pero como quiera que llevábamos cerca de dos horas hablando del CIS y sus circunstancias y habíamos considerado casi todas las dimensiones de su trabajo sociológico cotidiano, pensé rápidamente cuál podría ser la utilidad pública sustancial de una institución como el CIS para una sociedad europea en un momento histórico determinado.

Lógicamente, empecé recordando al periodista que las encuestas preelectorales del CIS, que están siendo cuestionadas (sin argumentos científicos) por aquellos que no se ven favorecidos por la simpatía popular, apenas suponen un 20% de la actividad total del CIS. De modo que el otro 80% consiste en publicaciones, becas, apoyo a investigaciones de fondo, cursos de formación y otras encuestas periódicas, como el barómetro sanitario, el barómetro fiscal, el índice de confianza del consumidor y otros muchos sondeos nacionales e internacionales periódicos que proporcionan indicadores útiles, no solo para la labor de los partidos políticos (todos), sino también para las empresas, los consumidores, los publicistas, los científicos sociales, etc.

La verdad es que, además de toda esta actividad de carácter estadístico y sociológico, no está de más preguntarnos para qué sirve actualmente, en sociedades como la nuestra, que los ciudadanos podamos conocer, antes de que tengan lugar las elecciones, cuáles son –o pueden ser– los resultados que van a darse en las urnas unos días después. ¿Por qué se quiere saber esto unos días antes y no esperamos a conocerlo exactamente cuando se ha votado ya, como ocurría antes de que se perfeccionaran las metodologías de las encuestas por muestreo?

Esta pregunta puede estar bien como una cuestión hipotética general, pero hoy en día la verdad es que tales cosas se quieren saber por anticipado, aunque a priori resulte un poco absurdo y casi contradictorio. Y, por ello, en un país como España, antes de hacerse unas elecciones generales los votantes pueden llegar a conocer no menos de 30 o 40 encuestas que les “dicen” qué es lo que van a votar, aunque todavía no lo hayan hecho. Y algunas de ellas –no todas– suelen anticipar bastante razonablemente por dónde van los tiros. Pero otras no, con el agravante de que no faltan las que están medio inventadas, o muy manipuladas, o realizadas con tal falta de rigor científico y sin la amplitud muestral necesaria, que si se aproximan a la realidad es porque “copian” o se “documentan” en otras encuestas cuyos datos completos están a disposición libre del público. Algo que no ocurre con determinadas encuestas que se suelen airear profusamente, en las que no se cumple lo que estipula la legislación vigente, ni se informa de la pregunta concreta que se hace a los encuestados, ni se explica cómo son seleccionados estos, ni cuáles son sus respuestas literales concretas, antes de pasar por la respectiva cocina.

Pues bien, de todos estos sesgos, y posibles manipulaciones, es de lo que nos previenen las encuestas del CIS, como organismo público profesionalizado, que realiza unas encuestas con muestras de población suficientes, que no sesga las preguntas, ni manipula los datos, y que pone en su página web toda la información disponible de manera inmediata y completa, con total transparencia; para que pueda ser “cocinada” y “utilizada” por todo el que quiera, si así lo desea.

Además, en los últimos meses en los barómetros ordinarios del CIS esto se hace sin “tratar”, ni “proyectar” los datos, ni en una ni en otra dirección. Es decir, tal como los manifiestan directamente los encuestados. Igual que hace el Instituto Nacional de Estadística, el Eurostat u otros organismos similares nacionales e internacionales.

¿Qué pensaríamos de estos organismos si en vez de ofrecer sus datos tal como salen directamente de las encuestas los sometieran a algún tipo de “recálculo” o “ponderación imaginativa” posterior, y nos dijeran, por ejemplo, que la tasa de paro en España no es realmente de un 14,4%, sino que, una vez sometida tal cifra a su “cocina”, llegaban a la conclusión de que era realmente, pongamos el caso, un 7% o un 5%?

Pues eso es lo que ocurre, a veces, con los datos sociológicos que nos ofrecen ciertos sociólogos y medios de comunicación social de la derecha política y sociológica. Con el agravante de que además lo hacen poniendo paralelamente en cuestión los datos no “cocinados” y más rigurosos científica y metodológicamente del CIS. Es decir, se trata exactamente del mundo al revés, de una operación política en la que, como hacía Orwell en su amedrentadora anti-utopía “1984”, al Ministerio de la Intoxicación se le llamaba Ministerio de la Verdad, y al de la Guerra de la Paz, y así sucesivamente.

Ahora a la “no cocina” se la intenta desprestigiar diciendo que es una supercocina, y al rigor metodológico y a los datos procedentes de muestras amplias y bien seleccionadas se les intenta presentar como datos inventados y manipulados, para que “parezca” –se dice– que Pedro Sánchez tiene más apoyos de los que realimente tiene. Todo un disparate, que si no fuera tan exagerado e insultante podríamos pensar que se trata de una “broma pesada”.

Pero en asuntos de denigración y de intoxicación propagandista ya sabemos que las cosas no se pueden hacer “a lo pobre”, ni “en medida modesta”, sino que como nos ilustró Goebbels “cuanto más grande es una mentira, más posibilidades hay de que sea creída”. Por ello, lo que hay que hacer es lanzar “mentiras grandes” y “repetidas y replicadas hasta la saciedad”. ¿Para qué? Sencillamente para que nadie ni nada ponga en cuestión tal tipo de intoxicaciones.

De ahí, precisamente, la utilidad y necesidad de instituciones como el CIS, como garantía de informaciones sociológicas fiables, veraces y transparentes.

Otra cosa distinta es que en las sociedades actuales sea realmente factible ofrecer “anticipos” de comportamientos electorales, que ni siquiera los propios interesados saben cuáles van a ser cuando son encuestados, por la sencilla razón de que ellos mismos no han decidido aún a quién votar, ni lo van a decidir hasta los últimos momentos.

Lo que da lugar a que exista una “franja de incertidumbre” que la sociología científica, hoy en día, no puede anticipar ni adivinar. Con la lógica excepción de los “sociólogos” iluminados que tienen “bolas de cristal” premonitorias, o “contactos” misteriosos que les soplan al oído lo que aún no ha sucedido. Cuestiones todas ellas que nos alejan del campo de las ciencias sociales y nos llevan por las sendas arcanas del “esoterismo”.

Pero, situándonos en el terreno de lo concreto, como intenté hacer en aquel desayuno con periodistas, mi reflexión se situó en el campo de la utilidad que tiene para los ciudadanos saber cómo están más o menos las cosas antes de votar, preguntándome en qué medida este conocimiento –cuando es fiable y riguroso– puede ser útil. Incluso para prevenir situaciones ulteriores indeseables o no queridas por algunos. Por ejemplo, por los que no piensan votar.

De hecho, en la Encuesta postelectoral de los recientes comicios andaluces de diciembre de 2018, un número considerable de los votantes (26,8%) decían que, si hubieran conocido realmente los resultados que se produjeron, habrían cambiado su voto.

Algo parecido le respondí yo al periodista que me hizo la pregunta que ha dado lugar a esta reflexión. ¿Qué hubiera pasado en Alemania en los años 30, por ejemplo, si un organismo sociológico riguroso les hubiera mostrado a los alemanes que las elecciones las podía ganar Hitler, con toda la secuencia de acontecimientos y secuelas trágicas posteriores? ¿Habrían cambiado su voto y habrían podido evitar tantos desastres?

La verdad es que no podemos saberlo, ya que en aquel caso se trató de una secuencia de hechos encadenados que, a posteriori, dio lugar a que muchos se arrepintieran de lo que habían hecho o posibilitado que ocurriera, por acción o por omisión.

Entre ellos bastantes líderes y partidos de centro y de derecha conservadora, cristiana y nacionalista (alemana) que con sus votos y alianzas hicieron posible que Hitler llegara a Canciller, de la mano, sobre todo, del anterior Canciller católico y conservador Franz Von Papen. Ex Canciller que en sus Memorias explica y lamenta cómo contribuyó personal y políticamente a que llegara al poder un partido como el nacional-socialista, que no es verdad que ganara unas elecciones en buena liza democrática, como a veces se dice, sino que se aupó al poder con poco más del 30% de los votos, con el apoyo de otros partidos y líderes como el propio Von Papen. Y una vez en el poder, como también resaltó Goebbels en sus Memorias, les fue fácil asentar sus apoyos contando con los aparatos decisivos del Estado, entre ellos una policía militarizada (incrementada en 50.000 efectivos) y una maquinaria propagandística potente. Lo que les permitió deshacerse de sus adversarios y competidores, quemando el Reichstag, inculpando a un judío comunista polaco, aniquilando sin piedad a los comunistas y a los socialdemócratas más peligrosos para ellos (incluyendo diputados), a los disidentes internos del propio partido nazi y a no pocos periodistas y críticos declarados de Hitler; y hasta a un Canciller anterior (Kurt Von Schleicher) y a colaboradores muy directos de Von Papen, entre ellos su secretario y el que le escribía sus discursos… Todo eso fue la famosa noche de los “cuchillos largos”, en aquellos tiempos turbulentos en los que en poco tiempo, y a partir del control de una parte estratégica del poder, los nazis acabaron con la democracia alemana, barriendo hasta el propio espíritu civilizado y culto de los alemanes.

Por eso, muchos de los que contribuyeron a aupar a Hitler y a los suyos al poder y con sus votos en las urnas o en el Parlamento (partidos conservadores) nunca dejaron de lamentarlo cuando ya era demasiado tarde. Y cuando solo les quedaba el consuelo de sostener que ellos pensaban que podrían controlar a Hitler y sus matones militaristas, y que solo pretendían beneficiarse de una alianza temporal, “para controlar el poder” y desalojar a los peligrosos “socialdemócratas” que estaban dispuestos –decían– a ponerse en manos de los comunistas y de todos los traidores que habían dado al Reich Alemán la “famosa puñalada por la espalda”.

Y para hacer tal cosa solo se fijaban en aquel Adolf Hitler de entonces, que sobrepasó a todos los conservadores en votos y escaños, y que vistió un elegante chaqué con sombrero de copa para tomar posesión como Canciller. Un Hitler al que el propio Von Papen, un conservador católico y de orden, describiría en tono benévolo en sus Memorias: “Conmigo era cortés invariablemente –decía– aún modesto, al menos mientras duró el efecto de su primera victoria electoral. Al principio tuve la impresión de que, aunque no era fácil de manejar, sería posible atraerle a las ideas políticas que yo profesaba. En esto me había de llevar un gran desengaño. En las primeras etapas nos dio motivos para creer que contendría los excesos de los camisas pardas y de los elementos radicales dentro del partido… …Nos pedía que tuviéramos paciencia y que le diéramos tiempo para disciplinar a aquellas secciones del partido que se habían desmandado… …Estaba siempre dispuesto a la contradicción y no se ofendía cuando era interrumpido…”. Hasta que se quitó la piel de cordero, claro está.

Harían bien algunos, pues, en estudiar –y conocer– un poco la Historia, y aprender lo que sucede con ciertas coaliciones, amén de enterarse de lo que algunos podemos pensar o decir realmente en estos momentos, atendiendo a lo que decimos literalmente, o sobre lo que advertimos –aun considerando las distancias y las diferencias– y no atendiendo solo a los dicterios con los que algunos goebbelianos de pacotilla intentan caricaturizar y distorsionar lo que realmente pensamos. ¿O acaso se pretende callarnos y someternos a censura?

Sobre todo, lo que no les vendría mal a algunos aprendices de brujo es documentarse bien y leer las memorias de quienes vivieron de cerca, y en carne propia, las consecuencias de acontecimientos históricos catastróficos. La Historia, siempre la Historia, es una gran consejera y una fuente de conocimientos útiles para quienes están dispuestos a reflexionar y calibrar mínimamente sus estrategias y posiciones políticas. Antes de que los extremistas de turno se los acaben comiendo crudos.