¿QUÉ GOBIERNO NOS ESPERA EN ESPAÑA?

Cada semana quiero presentar un artículo elevando la mirada política sobre los problemas diarios, pero la actualidad no deja de sorprendernos. Y sigue el problema catalán (quién nos iba a decir que el mayor problema de España sería el territorial), siguen las incoherencias políticas (la casa de Pablo e Irene rompe la estructura de los “arriba y abajo”), siguen las investigaciones curriculares (¿tiene carreras universitarias Pablo Casado?), y no cesan de aparecer casos de corrupción. Ahora llega Zaplana.

El PP lo ha conseguido. Tiene a todos sus presidentes autonómicos de Madrid imputados, y en Valencia ya van tres (Zaplana, Olivas y Camps), solo se salva Alberto Fabra. Y otros más (alcaldes, presidentes diputación, senadores, etc). Como ya circulan los chistes nacionales, aquella boda de la hija de Aznar marcó un antes y un después, de la que solo se salvan “los camareros”. Pero Rajoy sigue mirando a otro lado mientras las balas le disparan cerca, y por más que quieran decir otra cosa, esto no son “casos aislados”.

¿Quién se extraña de lo de Zaplana? Ni siquiera el propio PP. Lo único es que creían que ya estaba todo prescrito, que se había salvado por los pelos, como pasó con el caso Naseiro en los años 90. Nadie se extraña. Todo el mundo lo sabía.

No voy a contar la biografía de Zaplana porque en estos días circula por todos los medios de comunicación para que los jóvenes politólogos cojan la historia reciente de este país, durante los años de gobierno de Aznar, y comiencen a realizar sus tesis de grado. Hay material sabroso y más que suficiente para analizar la psicología política que vivió España en los años 2000.

Dicho todo eso, me gustaría detenerme un momento y mirar al alrededor europeo para ver qué tipo de gobierno nos espera en España. ¿Podríamos tener un modelo?

Alemania tiene una gran coalición entre conservadores y socialdemócratas, con el peor resultado de la socialdemocracia alemana en toda su historia; Francia tiene un nuevo líder, Macron, que llegó y venció sin ningún tipo de partido, ni siquiera se sabe bien con qué ideología, pero que representa el héroe político del nuevo siglo, arrasando a los partidos históricos, fundamentalmente a los socialistas franceses; en cambio, en Portugal hay un gobierno de izquierdas formado por comunistas, verdes y socialistas, presidido por el socialista Antonio Costa, que está obteniendo logros económicos y sociales inesperados pero ejemplarizantes; en Reino Unido, no se sabe bien si se van de Europa o se quedan, de momento, los conservadores perdieron la mayoría absoluta y tienen que gobernar con el apoyo de los unionistas norirlandeses del DUP, que solo tienen 10 escaños, arrastran un pasado controvertido vinculado a la violencia y son ultraconservadores, mientras que los socialistas han conseguido una gran remontada con un líder mayor, pero claramente de izquierdas, como Corbyn; y llega Italia, una noria de emociones políticas sin sentido, donde se pretende configurar un gobierno de extremos, entre los más conservadores y el movimiento que venía a regenerar la política, y que solo les une su “odio” hacia Europa y su saturación con la inmigración, pero que han tropezado (una vez más) en la búsqueda de un técnico/especialista que presida el gobierno, y que parece que no tiene ni el currículum que ha presentado.

Con esta diversidad de gobiernos, resulta difícil saber cómo será el futuro gobierno español. Aunque hay quien ya se cree vencedor: Ciudadanos. Un partido que se envuelve en el patriotismo de la bandera española, con los valores más rancios y excluyentes, despertando los celos del PP que se enfadan porque solo ellos pueden utilizar las señas españolas como propias; que habla de “recursos humanos” para escoger a sus cargos públicos, cuando la mayoría de ellos provienen de los excluidos o expulsados de otros partidos; que ha descubierto que ser “liberal” no es lo mismo que ser “conservador”, aunque la ideología que exhibe Albert Rivera se parece más a la llegada de la moda primavera de El Corte Inglés: apariencia para ocultar la presencia; y que su solución ante el problema territorial es “más mano dura”.

¿Qué nos espera en España? Pues no parece que venga nada bueno, si la sociedad civil no reacciona.