PROHIBIDO ABURRIR

sotillos260516

Se comprende perfectamente la preocupación en los equipos de campaña de todos los partidos por lograr atraer la atención de los votantes hacia los mensajes que se ven obligados a lanzar los candidatos en una interminable serie de comparecencias en actos propios o en los encuentros con los medios. Lógicamente, los líderes se encuentran cómodos repitiendo ante sus fieles aquellas frases que ya han comprobado que despiertan más entusiasmo y pone en pie al auditorio. El líder, y sus seguidores, conquistados de antemano, se reconfortan mutuamente y dan por bien empleado el esfuerzo de congregarse en un recinto, al reconocerse en sus señas de identidad. El problema para los equipos de campaña surge horas después al hacer balance de la repercusión del mitin en los medios de comunicación y valorar si el impacto del discurso logró multiplicarse y marcar el tono de las próximas veinticuatro horas en una competición muy dura con los otros candidatos en liza.

Tras casi un año de campaña, interrumpida por unas elecciones en diciembre, resulta heroico captar la atención de los ciudadanos con nuevas fórmulas imaginativas que ya sirvieron para presentarnos a los líderes en inéditas actuaciones ante las cámaras de televisión, ejerciendo habilidades y poses más o menos seductoras. Los guionistas saben muy bien lo difícil que es mantener la tensión de una serie sin introducir sorpresas en el argumento y potenciar o disminuir el papel asignado a un personaje, según la reacción de la audiencia. Esta segunda opción no es posible en una campaña política, donde el protagonismo del actor principal tiene que ser potenciado al máximo, pero sí se puede enriquecer el guión.

Algo de eso ha intentado Albert Rivera con su viaje a Venezuela, situándose en un nuevo escenario desde el que desgranar su ya conocido discurso contra Podemos pero logrando una mayor repercusión que si lo hubiera pronunciado en cualquier ciudad española. El éxito de Rivera hubiera sido mayor si el gobierno venezolano hubiera seguido las disparatadas amenazas iniciales y hubiera impedido su entrada al país y su comparecencia en la Asamblea, pero aún así ha obtenido una cierta rentabilidad de imagen que, al tiempo, ha servido para oscurecer algunos de sus problemas internos.

A falta de un mes para la cita con las urnas, los partidos están analizando minuciosamente los resultados por provincias del 20-D para detectar aquellos lugares dónde está en juego un diputado que ganar o perder por una escasa diferencia de votos. Un puñado de escaños que puede significar un vuelco significativo en la posibilidad de formar gobierno. De ahí que se entienda la intensificación de la campaña en determinadas circunscripciones, pero sin que se deba obviar el riesgo de que el eco de esa presencia tenga un alcance demasiado corto y quede acallado por voces y altavoces más potentes. Los grandes medios nacionales no trasladan a la sociedad los pormenores de las intervenciones sino algunas frases pronunciadas por los líderes, fundamentalmente si comportan alguna novedad o son capaces de generar un debate que explotar durante la jornada. Para los grandes medios de comunicación una campaña tan prolongada como esta acarrea el mismo problema que para los partidos políticos: no se pueden perder índices de audiencia -o votantes- por cansancio o por aburrimiento. Los debates, cara a cara, a cuatro, suponen una nueva inyección de interés al espectáculo, aunque debieran ser una exigencia democrática y no un instrumento para sacar rentabilidades. Lo cierto es, sin embargo, que el propio debate sobre los debates reproduce el que ya se mantuvo tantas veces. Y también aburre.

Termino con una propuesta. Los “argumentarios” que elaboran los partidos para guía de sus candidatos deberían llevar un “argumento” final: haced todo lo posible por no usar este “argumentario”, que si no, no colocamos un titular. Lo que está en juego el 26-J, por supuesto, es mucho más serio que un espectáculo, pero si no hay más remedio que participar en él, conviene conocer sus reglas.