PRESIÓN MIGRATORIA DESDE UN CONTINENTE DESESPERADO

El asalto a la desesperada a la frontera española de Ceuta del pasado 26 de julio de cerca de un millar de subsaharianos es un indicador bastante preciso de la presión migratoria creciente que va a venir desde un continente africano sin porvenir y sin esperanza. Un continente en el que millones de seres humanos contemplan un futuro tan incierto que han acabado depositando prácticamente todas sus esperanzas en trasladarse hacia “el paraíso europeo”.

En un artículo publicado en la revista TEMAS hace poco (La bomba demográfica. ¿Hacia dónde va la población mundial y qué se está haciendo para evitar una catástrofe?, TEMAS nº 280, marzo de 2018) subrayaba la presión migratoria que se va a producir de aquí al horizonte 2100 entre una Europa próspera, cada vez más envejecida y en declive demográfico, y un continente africano que en dicho horizonte temporal se ha calculado que tendrá una población superior a los cuatro mil millones de habitantes (tres veces más que ahora), con una edad media que rondará los 20/21 años.

El enorme contraste de renta que existe entre Europa y el continente africano, y la falta de un horizonte político y económico de desarrollo y bienestar en el conjunto de África, conforman un coctel de tensiones y problemas que cuanto más tiempo pase será más difícil de gestionar.

Los elementos de violencia que se han producido en el último asalto a la valla de Ceuta con la utilización por parte de los migrantes de cal viva, cizallas e improvisados lanzallamas (a partir de espráis de uso doméstico) son un síntoma de la desesperación en la que viven todas estas personas, y de las propias dificultades de supervivencia que tienen en Marruecos, donde cada vez una cantidad mayor de africanos permanecen a la espera de la oportunidad de saltar la valla fronteriza, mientras malviven en condiciones extremas.

Hasta que en los países más desarrollados, y muy en particular en este caso en los europeos, no se entienda que gran parte de los países africanos se encuentran ante un horizonte de subdesarrollo crónico, cuyas causas y efectos conciernen a todo el Planeta, no se encontrará la vía adecuada para aliviar la tensión migratoria. Tensión que, si no se hace nada para remediarlo, podrá ir en ascenso hasta magnitudes hoy en día inimaginables.

Por eso, es preciso que desde Europa se impulse un proyecto potente y creíble de desarrollo económico y social del continente africano, con políticas de cooperación mucho más ambiciosas -en objetivos y presupuesto- que las actuales. Y también con procedimientos más eficaces y solventes de gestión de la cooperación internacional, superando la actual paradoja -increíble paradoja- de que no solo estamos destinando escasos recursos a la cooperación internacional, sino que en general lo estamos haciendo de manera parcial, fragmentada y poco solvente. Es decir, tenemos que entender que no solo se necesitan más recursos, sino que también se requieren conceptos y modelos eficaces y bien planificados y coordinados en la gestión de este tipo de políticas.

En este sentido, parece mentira que tantos años después de haberse planteado el objetivo de contribución a la cooperación al desarrollo del 0,7% del PIB de los países desarrollados, solo cinco países hayan sido capaces de cumplir este compromiso, mientras en muchos otros los fondos para la cooperación al desarrollo no solo no llegan a alcanzar los objetivos propuestos, sino que están en declive. ¿Por qué no se entiende este dilema y esta necesidad acuciante? ¿Cuántos asaltos masivos y extremos a las fronteras y cuántos naufragios en condiciones terribles son precisos para que se reaccione, afrontando en origen las causas de la desesperación de tantos seres humanos?