POSTURAS QUE LLEVAN A LA IMPOSTURA

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Hace unas semanas un grupo de políticos e intelectuales franceses lanzó una petición para que, antes de las próximas elecciones presidenciales, se formalizasen unas Primarias entre todas las fuerzas de izquierda. La intención, evidente y lógica, era evitar la derrota en la primera vuelta, presentando un candidato único, frente a la derecha y a la extrema derecha. Entre los diversos partidos de izquierda, ecologistas (son dos partidos), radical, comunista, socialista, hubo aceptación por unos, aceptación condicionada por otros, dudas en aceptar por algunos y un sólo rechazo frontal. Fue el de Mélanchon, que se negó tajantemente a participar en unas Primarias de las izquierdas juntas, y además anunció inmediatamente que sería candidato a la Presidencia de la República, fuera cual fuera el resultado de la consulta previa , si ésta llegaba a celebrarse. Además, proclamó tal candidatura sin ni siquiera reunir a su partido, el Parti de Gauche.

Es una actitud que se puede condenar, porque anuncia la derrota de la izquierda y una segunda vuelta reservada a una pugna entre derecha y extrema derecha. Un reciente sondeo, que daría un 12 por ciento de votos a Mélanchon, es un resultado excepcional para él, confirmaría la funesta hipótesis. Pero también se puede saludar a Mélanchon por su valentía en afirmar, sin lugar a dudas, que su finalidad no es otra que la derrota del Partido Socialista, y por lo tanto de la izquierda, ya que, guste o no guste, y hay razones para que no guste, no existe hoy otra alternativa para evitar la llegada de la derecha al poder que una candidatura unitaria de la izquierda y, actualmente, sólo un socialista del PS la puede liderar. Y recordemos que todos, sí todos, los candidatos de derecha programan una voluntad de seria austeridad para el país, con recortes muy significativos. Con la declaración de su candidatura en respuesta a la llamada de unidad de la izquierda entorno a unas Primarias abiertas a todas sus fuerzas, Melanchon confirma también lo que los hechos demuestran desde siempre: la división entre las fuerzas de izquierda es el mejor aliado de la Derecha.

Se puede repasar la historia, abundan los ejemplos. Sin ir hasta los tiempos fundadores del pensamiento revolucionario de origen, ni hasta la época de las exigencias de la III Internacional, podríamos recordar cómo las divisiones de las fuerzas populares de nuestra II República contribuyeron a su ocaso, o cómo las divisiones internas del PSOE en los años 30 desarmaron aquella para su defensa. Fuera de nuestras fronteras la creación de dos partidos socialistas en Italia dejó el campo libre a la Democracia Cristiana, cuando, al contrario, la creación por Mitterrand de la Union de la Gauche, incluyendo al Partido Comunista, abrió el camino para conseguir el primer Presidente de izquierda de la V República, demostrando así que la desunión era la derrota y la unión la posible victoria. Más cerca de nosotros, la disidencia de Oscar Lafontaine y la creación del partido Die Linke, La Izquierda, la de Mélanchon con su Parti de Gauche, por fin la de Iglesias Jr con Podemos, no han tenido otra consecuencia que mantener a la derecha en el poder, aun cuando la izquierda era mayoritaria en votos. Y con ello no han conseguido la más mínima mejora de la situación de quienes afirman defender.

Se puede comparar la candidatura de Pablo Iglesias Jr. a la vicepresidencia del posible Gobierno de Pedro Sánchez con la de Jean Luc Mélanchon a la Presidencia de la República. Las dos tienen un objetivo común fundamental: imposibilitar el Gobierno socialista. En los dos casos se afirman posturas de izquierda duras, populistas, cuando saben que son irrealizables social y económicamente en nuestras sociedades europeas actuales, y además rechazadas por la sociedad, la última derrota de los laboristas liderados por Corbyn es otro ejemplo de ello. El ejemplo de lo ocurrido en Grecia, donde Tsipras acaba de hacer votar nuevas medidas de austeridad, contra las que hace poco hubiera movilizado al país en huelga general y manifestaciones de masas, no les alcanza. Ciertamente se alimentan de la decepción que provoca la moderación de los socialdemócratas cuando gobiernan, es el caso de Holland, del giro seudo-liberal que se les reprochan, cuando la realidad es muy diferente dadas las situaciones económicas de los países que se tienen que administrar con una deuda abismal y fronteras abiertas. También se puede estimar que el exhibicionismo de la escandalosa riqueza de unos cuantos y la provocación de las desigualdades llevan a los ciudadanos a una falsa rebelión. Por ejemplo, un sondeo reciente ha encontrado en Francia un 59 por ciento de personas que creen que ¡vivimos en una época de lucha de clases! Son seguramente las mismas que exigen que se cierren las fronteras a los que huyen de la guerra y de la miseria. Pero la historia demuestra que no es ésta la verdadera razón. Existe, desde siempre, un prurito político a preferir ser cabeza de ratón que cola de león. Los psiquiatras añadirían que las riñas en la familia suelen ser las más empecinadas. El sentido común también sabe que las herencias son las más aptas para dividir a los hermanos.

Se podría entender el brote de nuevas formaciones si reivindicasen otra forma realmente diferente de hacer política, planteando la revolución que brota continuamente de su boca. Pero el único cambio que plantean es utilizar el asamblearismo, sea en las redes sociales o en la calle, huyendo de la discusión militante cara a cara y facilitando asimismo un liderato absolutista y personalista. Se les puede reprochar su conducta actual comparándola con la de la CNT de antaño, de la cual no soy en nada partidario, pero que tenía el valor al rechazar el sistema, de rechazar hasta las elecciones, y planteando su revolución en cuanto le era posible y no reivindicando, a la primera ocasión, puestos y prebendas.

Afortunadamente existen ejemplos que demuestran que pueden existir políticos que se resisten a la facilidad de depositar unas nuevas siglas y prefieren modernizar las que ya han dado pruebas, por su antigüedad y sus luchas pasadas, de poder ser útiles para nuevas transformaciones. Es el ejemplo de quienes prefirieron renovar un partido antiguo y diezmado a crear uno nuevo, sin garantía alguna. ¿Qué hubiera ocurrido con la izquierda si a principios de los años 70, en vez de renovar el viejo Partido, el PSOE, para hacer un Viejo y Nuevo Partido, se hubiera creado otro, enfrentado al que ya existía con reales posibilidades de pervivir? ¿Hubiéramos conocido nuestros Veinte años gloriosos?