POST FESTUM… EXUBERANCIAS FESTIVAS Y RACIONALIDAD SOCIAL

Los romanos acuñaron el dicho “Post festum, pestum” para resaltar los efectos posteriores al exceso de fiestas. Posiblemente, la sensación de fatiga que dio lugar a la popularización de esta sentencia es la misma que bastantes personas suelen sentir después de transitar por el exuberante y prolongado período de fiestas y celebraciones culinarias navideñas y prenavideñas, en países como España.

Lo cual es una reacción paradójica, ya que en principio todos podemos convenir que tener fiestas es algo bueno y positivo en sí mismo. El problema es más bien de organización social. En España entramos en un bucle festivo desorganizado y repetitivo desde la primera o la segunda semana –según el calendario− de diciembre, que se prolonga hasta la primera o la segunda semana de enero. También según el calendario del año que corresponda. Es decir, se trata de un período vacacional y de celebraciones más amplio que los veintitantos días oficiales de las vacaciones estivales. Sin embargo, mientras todos tenemos la sensación de un amplio y rico disfrute vacacional durante el período de verano, no ocurre lo mismo con este largo periplo invernal. Lo cual indica que algo no se está planteando bien, tanto en términos personales como sociales.

Los largos –y parciales− macropuentes de la primera quincena de diciembre, y la correspondiente provisionalidad e intermitencia laboral que los acompañan, podrían solucionarse perfectamente con una medida racionalizadora bastante sencilla, como es ubicar las fiestas correspondientes en lunes o en viernes, con lo cual todo el mundo podría disfrutar de un buen fin de semana alargado, y podríamos saber a qué atenernos de antemano, conociendo perfectamente los días en los que funciona y no funciona la sociedad en su conjunto. En los países más prácticos y racionales ya se opera de esa manera, y nadie se siente molesto por los ligeros cambios anuales que se producen en la localización de ciertas fiestas importantes, cuya ubicación histórica también fue bastante convencional. De hecho, en España ya se decidió en su día proceder de esta manera, sin que nadie nos explique por qué no se acaba de traducir en la práctica.

Más compleja, sin embargo, resulta la ordenación de las fiestas navideñas, en las que en algunos países –como España− existe una notable redundancia histórico-cultural-festiva. Con todos los efectos de cansancio y confusión laboral y de agravios comparativos añadidos.

En realidad, el origen de las grandes celebraciones en torno al solsticio de invierno hunde sus raíces en tiempos remotos y nos remite a las formas de vida y de actividad existentes en las sociedades agrarias e incluso cazadoras recolectoras. En aquellos horizontes temporales se entiende el impacto social y emocional que causaba el cambio del ciclo solar, el hecho de que las noches empezaran –¡de nuevo!− a ser más cortas y el período de luz solar más largo. Para sociedades que dependían de lo que cazaban o recogían en el campo, o de lo que cultivaban y recolectaban –o incluso de lo que veían sus ojos−, eso suponía volver a revivir, volver a poder disponer de recursos alimenticios, dejando atrás un ciclo de carencias, en el que había que subsistir con los alimentos “guardados” durante el ciclo de prosperidad. De ahí las grandes comidas colectivas realizadas como celebración de un acontecimiento tan singular, casi mágico.

Y de ahí los regalos que se hacían. Inicialmente, las artesanías que se preparaban durante los períodos invernales en los que apenas había caza y no tenían que realizarse tareas agrarias. De alguna manera, pues, las celebraciones del solsticio de invierno respondían a un ajuste societario funcional (en un período en el que apenas se podían hacer otras cosas), manteniendo unidas a las familias, los clanes, las tribus, etc. en la preparación y celebración de tales fiestas y conmemoraciones.

De hecho, gran parte de los cultos religiosos primitivos estaban muy vinculados a los grandes ciclos solares, a los períodos en los que todo renacía de nuevo y la naturaleza –la gran Madre Tierra− volvía a ofrecernos sus frutos y sus posibilidades más luminosas y placenteras, reconfirmando el misterio de la vida: el permanente renacimiento. Simbolizado también en los árboles adornados, como anticipo –y certeza− del renacimiento en sus hojas y sus frutos.

Parece que esto es lo que se desvelaba en los célebres misterios de Eleusis –unos cultos que duraron más de dos mil años− y en otras ceremonias y celebraciones que solían tener lugar en las sociedades agrarias. En Roma, por ejemplo, las saturnales eran las celebraciones que conmemoraban el nuevo ciclo del triunfo del Sol sobre las largas noches oscuras (el Sol invictus), con fiestas populares acompañadas de grandes banquetes, en las que se intercambiaban regalos, se difuminaban las desigualdades –todos comían como si fueran ricos− y se cultivaban los mejores sentimientos recíprocos a lo largo de una semana, que solía concluir en torno a lo que hoy es el 24 o el 25 de diciembre, teniendo su punto álgido el día efectivo del solsticio (el actual 21 de diciembre).

Plausiblemente, los romanos heredaron tales costumbres de otros pueblos y otras culturas anteriores, entre ellos las de los etruscos, existiendo evidencias que dan cuenta de celebraciones similares –lógicamente coincidentes en las fechas de la Gran Noche del solsticio de invierno− en diversos pueblos del Norte de Europa y de otros lugares.

Hay que ser conscientes de la enorme importancia que las fiestas y las celebraciones colectivas tenían en los pueblos antiguos y en las viejas civilizaciones agrarias, en las que los requisitos funcionales de “trabajar”, o realizar actividades orientadas al sustento, estaban muy acotadas y condicionadas por los ciclos naturales de la siembra, el cuidado y la recolección. Lo cual exigía trabajar de sol a sol muy intensamente durante ciertos días concretos, sin que existiera –estructuralmente, como diríamos hoy− una gran exigencia de realización de actividades productivas el resto de los días del año. Días que esas sociedades “llenaban” con actividades variadas, que generalmente contribuían a satisfacer necesidades funcionales tanto de cohesión societaria, como de expresión de emociones y despliegue e intercambio de gratificaciones.

De ahí que en el Imperio Romano hubiera cerca de 200 días festivos al año, con eventos tan importantes y arraigados popularmente como las ya referidas saturnales, que son el antecedente más próximo de nuestras fiestas navideñas actuales.

Este mismo patrón de festividades frecuentes se mantiene en las sociedades agrarias prácticamente hasta el desarrollo de la era industrial, en cuyas primeras etapas desempeña un papel central el uso intensivo y creciente, no solo de máquinas, sino también de trabajo humano aplicado. En países como España, por ejemplo, durante la Edad Media se calcula que había 192 días feriados, en los que no se trabajaba, sencillamente porque no se necesitaba más trabajo para vivir como se vivía entonces.

Por lo tanto, el patrón de trabajar casi todos los días del año, respetando solo el descanso dominical en su caso, es un patrón que se circunscribe exclusivamente a un período de no más de 200 años en la historia de la humanidad, y que responde a una exigencia –temporal− de un uso muy intensivo del esfuerzo humano, que ahora la robotización y la automática avanzada tienden a reducir a niveles mínimos.

Es precisamente en este contexto societario general en el que debiera resituarse la lógica de los períodos festivos y de las grandes celebraciones sociales. Que evidentemente tendrían que repensarse de nuevo en nuestro tiempo en función de las nuevas condiciones laborales propias de las “sociedades tecnológicas avanzadas”.

En el caso de las fiestas navideñas, en países como España, lo que se da actualmente es el resultado de una redundancia acumulativa demasiado condicionada, bastante mal planteada y peor resuelta. Es decir, el hecho de que la originaria celebración católica de la Natividad no tuviera suficiente arraigo popular, sobre todo en comparación con las fiestas del solsticio de invierno, y debido a su proximidad a las fiestas del solsticio de verano (21 de junio), dio lugar a que en el siglo IV de nuestra era las autoridades católicas desplazaran dicha celebración desde el originario mes de marzo o abril, hacia el mes de diciembre, evitando que sus propios fieles vivieran con más entusiasmo las viejas saturnales que su propia fiesta de la Natividad. Con este “reajuste” de su propio relato inicial se intentó dar un nuevo sentido y orientación a fiestas populares que estaban enormemente arraigadas. De forma que prácticamente hasta nuestros días se fueron produciendo tensiones societarias de ajuste y de solapamiento de influencias culturales en un totum revolutum que al final ha conducido a un período exuberante y redundante en la celebración del mismo evento originario, es decir, el cambio de ciclo solar. Así, al final, nos encontramos celebrando el solsticio de invierno cuatro veces seguidas: el 21 de diciembre, como se ha empezado a hacer en algunos municipios, el 24-25 de diciembre (la Noche Grande o Noche Buena), el día de Año Viejo, en el que se despide y se celebra la llegada –convencional− del nuevo, es decir, el inicio de un nuevo ciclo solar (como el solsticio). Y, por si todo esto no fuera poco, a su vez se repite la vieja costumbre de hacer regalos en los cambios de ciclo –o de nueva natalidad− el 5/6 de enero, en base a la figura de unos supuestos Reyes Magos, que fueron incluidos tardíamente en el relato religioso, primero en forma de simples astrónomos dedicados a la observación de las estrellas –y al estudio también, se supone, de los solsticios−, lo cual tiene más lógica, luego convertidos en Magos (se supone que muy sabios) y finalmente devenidos en Reyes Magos. Es decir, ¡una gran síntesis!

En definitiva, cuatro festividades diferentes repartidas en días distintos para celebrar lo mismo: el inicio de un nuevo ciclo solar, o un nuevo año en los calendarios, con la correspondiente práctica heterogénea y diseminada de grandes cenas e intercambios de regalos. ¿No sería mejor retornar a la vieja lógica de las saturnales y tener una semana completa de vacaciones y celebraciones? O más días, incluso, ¿por qué no?, si el actual sistema tecnológico lo hace posible –y además conveniente− si se quiere evitar que muchos jóvenes queden fuera de las oportunidades de empleo.

Quizás, la reflexión social sobre la exuberancia –y redundancia− de las fiestas navideñas sea un buen punto de partida para que en nuestras sociedades se abra un debate serio sobre cómo organizar y reestructurar los tiempos laborales (en función de las exigencias objetivas de los actuales sistemas productivos) y cómo ampliar y distribuir bien los tiempos festivos y de ocio. Ciertamente, algo habrá que hacer, en este sentido, si no queremos vernos abocados a que el sobre-esfuerzo laboral de algunos –y sus escasas vacaciones− explique en parte la falta de ofertas laborales para otros. Cada vez más.

Desde luego, el asunto de fondo ante el que nos encontramos es mucho más importante y de mayor alcance práctico que aquel que podría desprenderse del malestar general del que daba cuenta el viejo adagio latino.