POLONIA Y EUROPA: LA FALSIFICACIÓN DE LA HISTORIA

Ya se sabe que vivimos en el tiempo de la posverdad. El neologismo, incorporado muy recientemente en el Diccionario de la RAE, se refiere a la “distorsión deliberada de la realidad, mediante la manipulación de creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en las actitudes sociales”.

La posverdad es una de las consecuencias de las fake news (falsas noticias), tan en boga en el área anglosajona. A veces, los más vocingleros denunciantes de estas informaciones tóxicas son los principales productores de lo que denuncian. Ahí tenemos el twiteador en jefe del mundo occidental como ejemplo insuperable de referencia.

Otra dimensión de la posverdad, relacionada con la anterior, pero con mayor calado político, sociológico y cultural, sería la falsificación, manipulación o mistificación de la historia. La mentira pura y dura.

En Europa este peligro, o esta enfermedad, es una constante histórica. Ahí están los ejemplos clásicos como el caso Dreyfuss, o los mitos sobre las amenazas exageradas o simplemente inventadas en las que se refugiaron el antisemitismo, el nacionalismo de distinto pelaje, el nazismo, el estalinismo y la propia democracia liberal.

LA MANCHA POLACA

En estos días asistimos a la más reciente recreación de la falsedad o el maquillaje de la verdad histórica. Son los mismos perros con distintos collares. En Polonia, la controvertida ley sobre la Shoah ha vuelto a encender las alarmas en organizaciones cívicas defensoras de la memoria histórica. El texto legal minimiza la responsabilidad de los polacos en el genocidio cometido en su territorio. Pero, sobre todo, criminaliza a quien responsabilice al gobierno o a ciudadanos polacos de instigar los crímenes nazis, con penas de prisión de hasta tres años (1).

Polonia no tuvo un régimen colaboracionista durante la ocupación nazi, como Francia, Hungría, Austria o Noruega, entre otros. Pero está acreditada la participación de instituciones e individuos polacos en el Holocausto judío. El tono virulento y antiliberal del gobierno local está virando claramente hacia el antisemitismo, según numerosas entidades de memoria. Los responsables de la Maison d’Izieu creen que asistimos a un “revisionismo de Estado” en Polonia. Serge Karlsfeld, miembro de la dirección de la Fundación Auschwitz-Birkenau, recuerda a los polacos que contribuyeron a salvar la vida de miles de judíos y pide un consenso social para modificar la ley impulsada por la derecha polaca ultranacionalista (2).

La clave de esta nueva reedición de la falsificación reside en el discurso del victimismo, que aparece como instrumento recurrente de ciertos sectores políticos polacos. El primer ministro Morawiecky ha llegado a decir que, desde la caída del régimen comunista, Polonia se ha comportado como un “conveniente niño llorón”.

Sin embargo, como señala Judy Dempsey, la directora del programa europeo de la Carnegie Fundation, Polonia se ha ganado elogios muy notables en el entorno europeo, ha revisado sus cómplices relaciones con Ucrania durante el nazismo, ha establecido nuevas bases de relación con Israel y ha asumido responsabilidades sobre la narrativa antisemita. Ha sido con el gobierno derechista del partido Ley y Justicia (PiS) cuando el país ha sido empujado hacia la senda del revisionismo histórico y la adulteración o el disimulo de la verdad (3).

Adam Michnik, uno de los más notables disidentes polacos durante el régimen comunista, y todavía hoy director del diario Gazeta Wyzborca, discrepa de la interpretación general sobre las motivaciones del gobierno polaco y atribuye la Ley sobre el Holocausto al empeño de la derecha nacionalista por mandar un mensaje de orgullo a la población, de superación de las humillaciones históricas (4).

UN PROBLEMA EUROPEO

A nadie debe extrañar la autoría de la penúltima iniciativa de distorsión de la realidad histórica europea. El gobierno ultranacionalista polaco comparte con el húngaro el innoble liderazgo de la manipulación histórica y política, pero no se trata de una atribución exclusiva. Los distintos movimientos nacionalistas, xenófobos, identitarios, racistas o autoritarios de distinta índole anclan su auge actual en la adulteración de la historia, en la manipulación de los sentimientos, en la contaminación de la memoria. Las tres áreas de expansión de la epidemia son Centroeuropa, el Báltico y el sudeste continental. Todos bajo la influencia, inspiración o el mimetismo de un neo-nacionalismo ortodoxo en Rusia (5).

En Hungría, el autoritarismo blando del primer ministro Viktor Orban ha conseguido dominar el discurso político institucional y las pulsaciones sociales, con el argumento socorrido de la lucha contra la inmigración. El mandato del líder húngaro puede verse reforzado en los comicios legislativos del próximo mes de abril, debido a la concienzuda manipulación de los distritos electorales (6).

El veneno de la manipulación histórica, vinculado a las formas más peligrosas del nacionalismo y sus derivados, es un fenómeno del que no se libre prácticamente ningún país europeo, como sostiene Natalie Nougayrède. “El consenso sobre hechos básicos ya no está garantizado”, sostiene. Ni siquiera en Alemania, la nación que quizás más ha trabajado a favor de la vigilancia de la verdad histórica, debido a sus graves responsabilidades del pasado siglo. La Vergangenheitsbewältigung (noción de difícil traducción) combina las actitudes de análisis, aprendizaje y aceptación (7).

Sin embargo, pese a la constante tarea educativa, social y política realizada durante más de medio siglo, surgen también en Alemania grupos, movimientos, partidos y corrientes de opinión que empiezan a atreverse con cierto revisionismo del pasado. Aunque la apología, incluso la justificación o minimización de los crímenes, o simplemente de la ideología nazi, constituyen un delito en aquel país, se asiste a un creciente equilibrismo del discurso xenófobo y nacionalista que despierta menos rechazo que hace unos años.

Los síntomas de la adulteración histórica también se perciben en el resto de la Europa occidental, impulsada desde sectores revisionistas, nostálgicos o negacionistas. Ahí están los ejemplos de la Francia lepenista, la Gran Bretaña del Brexit, la España que se aferra a los símbolos y resonancias franquistas, la Italia asustada por la inmigración que acude a gestos e invocaciones fascistas, etc. Nougayréde reclama, con todo sentido, celebraciones, memoriales, programas educativos o museos en los que se reivindique la convivencia de los distintos tejidos nacionales europeos. Habría que añadir el apoyo y la promoción de las iniciativas de defensa de la memoria histórica y democrática. Mientras esas y otras iniciativas no se produzcan y arraiguen en la mentalidad europea, la historia seguirá convirtiéndose en uno de los campos de cultivo de la intolerancia y la violencia en el continente.

 

NOTAS

(1) “Poland`s Jews fear for the futures under the new Holocaust law”. CHRISTIAN DAVIS. THE OBSERVER, 10 de febrero.

(2) LE MONDE, 19 y 20 de febrero.

(3) Poland’s Narrative of Victimhood. JUDY DEMPSEY. CARNEGIE EUROPE, 6 de febrero.

(4) “In laws, rethoric and acts of violence, Europe is rewriting dark chapters of its past”. THE WASHINGTON POST, 19 de febrero.

(5) “Rewriting History in Eastern Europe. Poland’s new Holocaust law and the politics of the past. VOLHA CHARNYSH y EVGENI FINKEL. FOREIGN AFFAIRS, 14 de febrero.

(6) “As West fears of the rising autocrats, Hungary shows what’s possible”. PATRICK KINGSLEY. THE NEW YORK TIMES, 10 de febrero.

(7) “Europe’s future now rests on who owns the history orf the past”. NATALIE NOUGAYRÈDE. THE GUARDIAN, 13 de febrero.