POLÍTICA DE PERCEPCIONES

sotillos100616

Horas antes de empezar oficialmente la campaña electoral, algunos pensamos que se había abierto, al fin, una posibilidad para que el debate tomara cierta altura y asistiéramos a una confrontación ideológica entre los defensores de cada una de las grandes corrientes del pensamiento político que habían aglutinado hasta ahora mayor número de seguidores en las democracias occidentales a las que pertenecemos. De pronto, la socialdemocracia había pasado a ser el claro objeto del deseo. Un territorio donde sentirse cómodos. La alternativa a un sedicente liberalismo, necesitado también de una redefinición, tras el uso obsceno de un noble concepto por parte de los depredadores ultra-conservadores del Estado de Bienestar. Incluso pensamos que alguien reivindicaría sin complejos la tradición de la Democracia Cristiana, aliada del socialismo democrático en la construcción de la actual Europa. O del comunismo, alejado de los modos estalinistas desde los tiempos de Berlinguer o Carrillo.

El espejismo ha desaparecido muy pronto y ha mostrado la árida desnudez de un desierto en el que varias tribus compiten por las escasas aguas de un estanque, mientras las cámaras de un reality show transmiten los momentos más intensos o más cómicos de la contienda. El director de programa grita ¡Acción! Y los personajes aceptan travestirse en amorosos padres o abuelos que dialogan con niños aparentemente inocentes o en amigables visitantes de familias de variada condición. Los analistas políticos escudriñamos los gestos y las ropas, mientras bajamos el sonido de los receptores con la sospecha de que podríamos repetir sin riesgo de equivocarnos la literalidad de los argumentos que se ven obligados a utilizar los representantes políticos en la infinidad de convocatorias mediáticas a las que deben someterse. ¿Deben? ¿Tanto coste tendría decir no?

Una corbata, un catálogo… esos han sido algunos de los aspectos “trascendentales” del debate más reciente. O un lapsus comprensible en cualquier intervención improvisada que se multiplica exponencialmente en las redes y oculta el fondo de una discusión sobre proyectos. Es un error quedarse en la queja y cerrar los ojos a la realidad. La sociedad en la que nos movemos ha sido educada en buena medida ante el televisor, el escenario virtual de fácil acceso que genera filias y fobias ante la presencia de cualquiera que ocupe la pantalla, previamente incluso a que tenga tiempo para expresar sus ideas. El espectador-votante se ubica de antemano en un bando y, con algunas excepciones, valora el resultado con arreglo a sus simpatías previas. Es un ejercicio de reafirmación similar al de los tradicionales mítines, pero sin la necesidad de abandonar la comodidad de la butaca. El deseo de participación, en todo caso, se satisface con el tecleo de un twitt desde el móvil, asegurando que el “propio” ha estado genial y que el “otro” es un imbécil. Los más organizados acuden presurosos a votar en las encuestas que proponen los medios y exhiben el resultado como una prueba fehaciente de la victoria. De “su” victoria. Y de alguna forma lo es, porque es un indicador, al menos, de la capacidad de movilización.

Las encuestas son, además de un instrumento válido para medir la temperatura socio-política, un arma con efectos ciertos en la configuración de un Estado de ánimo a partir de la publicación de sus resultados y su repercusión en los medios. Una ciudadanía más proclive a las percepciones emocionales que a la reflexión, tiende a oscilar entre el desánimo ante lo inevitable, evitar identificarse con el supuesto perdedor y hacerlo con el ganador, o reaccionar, reafirmándose en sus preferencias y actuar en consecuencia. Los sociólogos no son unánimes a la hora de diagnosticar cuál es el efecto mayoritario, vinculado también a la intencionalidad de la publicación de los sondeos. En todo caso, quedan pocos días para saberlo, y entonces decir que: “ya lo habíamos pronosticado”, sea el que sea el resultado. Que, personalmente, ignoro por completo, aunque no sea ajeno a las percepciones.