Rafael Simancas

POLÍTICA, DE LA REALIDAD AL “REALITY”

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En estos días he tenido la oportunidad de asistir a uno de los “foros” mediáticos en los que varios periodistas interrogan a un candidato a la Presidencia del Gobierno a las puertas de la campaña electoral. Se trataba en este caso de Pedro Sánchez, candidato socialista. El medio convocante era de los importantes e influyentes, y el formato, de primer nivel, facilitaba la distribución de las respuestas en todos los soportes posibles, de la prensa escrita a la televisión, la radio y las redes sociales.

La trascendencia y solemnidad del continente no tuvo correspondencia, sin embargo, con el contenido de la entrevista. Para mi sorpresa y la de muchos, espero, a lo largo de las dos horas de interrogatorio, no apareció ninguna pregunta sobre el paro, sobre la pobreza, sobre la educación, la sanidad, la vivienda… Ni rastro de cuestiones que afectan, que preocupan y que habrían de determinar el voto de los españoles. Tan solo aparecieron alguna pregunta genérica sobre el recetario económico o sobre una supuesta y falsa insumisión socialista a la LOMCE.

A lo largo de la entrevista se sucedieron multitud de preguntas sobre encuentros y desencuentros con otros líderes políticos, sobre la relación del candidato con sus compañeros de partido, sobre su propio futuro personal, sobre el congreso pendiente del PSOE, sobre las relaciones postales de Felipe González… La última pregunta, muy significativa, interrogaba al candidato socialista sobre su disponibilidad para optar a la vacante en la secretaría general de  Naciones Unidas. No quedó claro si iba en serio o era una broma. Y esto también fue significativo.

El contenido y el tono de este “foro” no resultó llamativo ni especialmente original, sin embargo. Se mantuvo en la media del tratamiento mediático sobre el debate político en los últimos tiempos. Estuvo en línea, por ejemplo, con la generalidad de los programas televisivos que tratan de política durante los fines de semana. Antes que entrar con un mínimo de expectativa de rigor y profundidad sobre los temas realmente decisivos para el futuro de la ciudadanía, los programas suelen buscar el espectáculo de la confrontación abierta y superficial entre representantes de los partidos o entre tertulianos con presunta adscripción partidaria.

Salvando las distancias, a veces no se alcanza a diferenciar entre algunos de estos debates “políticos” y los que suelen protagonizar en otros espectáculos televisivos los señores Mariñas y Matamoros, sobre la crónica del famoseo, o los señores Lama y Pedrerol, a propósito de la actualidad deportiva. Y se trata de crítica autocrítica, porque quien esto escribe también ha participado del show en ocasiones, obligado por la necesidad de no desaparecer de los únicos escenarios mediáticos donde se puede exponer la posición propia, aunque sea de forma tan deformada y precaria.

En este mismo sentido, los dos grandes grupos mediáticos televisivos han decidido afrontar el tratamiento de la campaña que se avecina de una manera tan original como improductiva, a los efectos de conocer las soluciones que cada cual ofrece a los españoles. Un grupo envía a su periodista estrella a pasar varias jornadas con cada candidato, a fin de divulgar aquellos aspectos de su faceta personal que suelen quedar al margen de una campaña al uso. No obstante, ¿qué interés puede tener para el elector conocer los hábitos más familiares y personales de un candidato?

El otro grupo ha decidido enfrentar a todos los candidatos con las preguntas de unos niños. Novedoso sí que es, desde luego. De interés para conocer cómo resolverían esos candidatos el problema del paro o la pobreza, puede que menos. Algunos innovan más aún y entrevistan a un candidato consigo mismo, a través de un cómico disfrazado. Más autocrítica: ningún candidato se atreverá a renunciar a estos minutos de visibilidad a pocas semanas de las urnas.

La divulgación de supuestos estudios demoscópicos forma parte del espectáculo. Prácticamente cada día y prácticamente todos los medios de comunicación dan a conocer supuestos estudios científicos que aspiran a predecir el resultado electoral o que, al menos, aspiran a dar a conocer el estado de la opinión pública. La calidad de la mayoría de estos estudios es ínfima, porque se realizan con muy pocos recursos, muestras deficientes, entrevistas escasas y métodos de estimación poco transparentes. Hay quienes se atreven a pasearse por los platós televisivos dando grandes titulares sobre movimientos telúricos en la opinión pública a partir de un puñado de correos electrónicos.

Se echa de menos el tiempo en el que se hacían encuestas para conocer a la opinión pública, en lugar de para aderezar con escaso coste y poco rigor el espectáculo en que se ha convertido la controversia política, en buena medida. Aún peor: se echa de menos el tiempo en que se hacían encuestas para estudiar y no para influir en la opinión pública.

A todo esto, además hay que escuchar a esos grandes gurús de la comunicación que día sí, día también, reprochan a los políticos su falta de seriedad para hacer propuestas de fondo en torno a los grandes problemas del país. Y se les escucha inmediatamente después de que la mayoría de los medios ignoren las propuestas de fondo que, por ejemplo, el PSOE y Pedro Sánchez intentan promover a diario sobre el futuro de las pensiones, el combate a la pobreza o la solución al paro de larga duración.

Dicen que este es el futuro de la política: de la realidad al “reality”. Espero que no. Porque cuando el debate político se dirime en el espectáculo antes que en las ideas y las soluciones, triunfa el artisteo de la política y pierden los ciudadanos que necesitan de la política para su bienestar.