¿PLEBISCITO PARA TRUMP O PARA LOS DEMÓCRATAS? REFLEXIONES DE CARA A LAS ELECCIONES LEGISLATIVAS DE 2018

Trump, justo después de saber que ganaría la elección presidencial de los Estados Unidos de América (EEUU), lanzó la siguiente promesa: “El hombre y la mujer olvidados nunca más lo serán. Todos nos uniremos como nunca antes”. Dos años después, los estadounidenses están más divididos que nunca y no hay datos objetivos para sostener que los “olvidados” están mejor con las políticas de la administración Trump. Bien al contrario, parece claro que los olvidados, siendo el centro de su retorica, están muy lejos de ser la piedra angular de las políticas del Presidente, y las acciones de su mandato se alejan de sus promesas de campaña. Sin embargo, su base electoral no parece decaer ni necesitar más que su explosiva retórica.

Las llamadas “elecciones de mitad de período”, que se llevarán a cabo el próximo mes de noviembre, suelen ser un punto de inflexión para la Presidencia. Entre las oficinas federales importantes que se votarán destacan los 435 escaños en la Cámara de Representantes y un tercio de los 100 escaños en el Senado. El mapa electoral es muy favorable al partido de Trump en la reducida renovación del Senado, pero el Partido Demócrata y la democracia americana no pueden permitirse perder en la cámara baja por ser una elección general en unas circunstancias excepcionalísimas.

Trump es el Presidente más discutido de la historia pero, pese a ello, los candidatos republicanos que concurren en estas elecciones, lejos de alejarse de Trump como de la peste, le requieren a su lado no dejando duda de que le consideran un valor electoral. De muestra vale un botón, a saber, incluso lo apoya el senador de Texas Ted Cruz pese a haber sido su principal rival en las primarias republicanas a la presidencia y pese a tener sueños de ser futuro candidato presidencial. De hecho, las encuestas, aunque pronostican una subida demócrata, no pronostican en ningún caso una bajada radical del apoyo a Trump como se auguró por todos los expertos.

Lo controvertido de la propia candidatura y campaña de Trump, lo controvertidísimo de la primera mitad de su mandato, unido al cierre filas del Partido Republicano entorno a su figura, hacen de estas elecciones las más importantes de la historia en su género.

Cualquier reflexión sobre el futuro debe comenzar por entender cómo fue elegido Trump contra todo pronóstico, y cómo está tratando de mantener sus índices de aprobación. Todos los comentaristas y eruditos afirmaron que Trump no podría ser elegido Presidente simplemente por el hecho de que no era “presidencial”, por no corresponder a la dignidad y el carácter de la Presidencia. De hecho, Trump es el primer presidente, desde el Presidente Eisenhower, que ha sido elegido sin experiencia de servicio público civil con anterioridad. Pero el historial de Eisenhower era, de lejos, más ortodoxo y “presidencial” que el de Trump.

Efectivamente, Trump no tenía un perfil presidencial, pero tampoco lo quería. Él hizo una campaña enfrentada a los políticos tradicionales, frente a Wall Street y frente las corporaciones de los medios de comunicación. Articuló el abc del populismo, soluciones sencillas a problemas complejos.  Trump convenció a los desfavorecidos de que votarle a él, entre otros, significaba poner fin al control político por parte de las élites empresariales, a la criminalidad de la emigración ilegal, a la descafeinización de la américa blanca y obrera, a la globalización y la perdida de empleos conexa, y a la falta de respeto al que la elite económica, cultural y mediática había sometido al americano medio.

Como han destacado con brillantez dos colegas de Departamento de Gobierno de Harvard, Levitsky y Ziblatt, en su superventas del New York Times “How democracies die”, el Partido Republicano ignoró temerariamente que incluso las democracias saludables pueden sucumbir si generan liderazgos de populistas como Trump. El Partido Republicano vio una oportunidad para recuperar el poder y encumbró y mantiene a Trump pese a que no respeta las normas democráticas básicas. Trump lo hace todo sin complejos, desde amenazar con no respetar los resultados electorales hasta poner la palabra de Putin por encima de la del FPI, o valorar la posibilidad de asesinar a un líder mundial. Con esta actitud, los republicanos ponen en peligro la democracia estadounidense ya que el Trump puede acabar siendo incontrolable por el propio partido o incluso, me atrevo a añadir, de ser arrasado por la fuerza del odio al diferente que constantemente alimenta. La actitud del Partido Republicano durante el proceso de nombramiento de Kavanaugh al Tribunal Supremo o con la política migratoria resulta aquí ilustrativa. Ahora mismo no solamente se puede afirmar que el Partido Republicano ha unido su futuro al de Trump, sino que Trump les ha dejado sin el relato de divorcio creíble si bajan drásticamente las acciones electorales de apoyo a Trump. Pero si las expectativas electorales de Trump no se desploman, estará en peligro no solamente el futuro del Partido Republicano sino el de la democracia en américa. Tocqueville dejará definitivamente de ser una lectura eterna.

Con este panorama republicano, queda por ver es si el liderazgo del Partido Demócrata se levantará de la lona y bajará de su superioridad moral para promover nuevas voces y nuevas estrategias para combatir el efecto Trump, efecto que va mucho más allá del Partido Republicano. Los líderes demócratas, como Pelosi o Schumer, tienen un largo historial de alinearse con el establishment y bloquear a las estrellas en ascenso provocando sonados fracasos. Sirva aquí de ejemplo el meteórico adelantamiento del desconocido Obama a Hillary Clinton en 2008 contra la voluntad de esa élite, o el hecho de que Clinton siguiera siendo su única  candidata posible ocho años después, de tal suerte que Bernie Sanders, el peor candidato posible -un senador marginal, de un estado marginal, socialista confeso y casi octogenario-, pusiera a Hillary Clinton contra las cuerdas y, finalmente, que junto a Clinton, una vez ganadas las primarias a golpe de talonario y súper-delegados, dieran por muerto al fenómeno Sanders, provocando que millones de jóvenes se quedaran en casa sin ir a votar por nadie, simplemente porque no podían cambiar la ilusión por más de lo mismo.

De aquellos polvos estos lodos, y hoy, en las primarias demócratas a la Cámara de Representantes, se han producido victorias espectaculares, en distritos emblemáticos de candidatos radicalmente opuestos al liderazgo del partido. A título ilustrativo, junto a la victoria de Alejandría Ocasio-Cortez en el Distrito 14 de Nueva York, destaca la victoria de Rashida Tlaib en el Distrito 13 de Michigan o de Ayanna Pressle en el Distrito 7 de Massachusetts. El hecho de que las tres candidatas sean mujeres y pertenezcan a minorías -una latina, una musulmana y la otra afroamericana-  sirve para ejemplificar la fuerza de este movimiento progresista y la fuerza de la marcha de las mujeres y del movimiento #MeeToo en el Partido Demócrata. El ascenso de estas candidatas muestra que las bases demócratas anhelan nuevos líderes, nuevas respuestas y un nuevo proyecto político centrado en valores y programas progresistas al estilo europeo. Propone, y los votantes parecen querer, un Partido Demócrata que claramente se separe de Wall Street y viaje en metro. Un Partido Demócrata que pueda luchar contra el mensaje populista radical de Donald Trump, pero haciéndolo desde una izquierda sin complejos, haciendo ver a los desfavorecidos que son conscientes de la necesidad de dar un golpe encima de la mesa para cambiar las cosas, pero que ese golpe debe de tener un rostro humano, no ir acompañado de insultos y desprecios: los ecos de la voz de Hillary Clinton llamando a los seguidores de Trump un “puñado de indeseables”, en una de sus muchas equivocaciones de campaña,  todavía resuenan. Por todo lo dicho, hoy se me antoja que la única salida a la tragicomedia Trump pasa por este nuevo Partido Demócrata.

Estas elecciones son un plebiscito para Trump, pero lo son mucho más para el viejo Partido Demócrata y para la democracia americana. Si a pesar de todo lo vivido, el Partido Demócrata no gana claramente las elecciones a la Cámara de Representantes, Trump se sentirá invencible, y el Partido Republicano quedará atado al mástil de un barco pirata hasta las mismas elecciones presidenciales y ahí, todo puede pasar, incluso, cómo el propio Trump ha insinuado, el intento de eliminación de la limitación de los mandatos presidenciales.