PERO, ¿QUÉ ESTÁ PASANDO?

Ha vuelto a ocurrir. Nada menos que en la institución política más poderosa del mundo. Una vez más, las mayorías han adoptado una decisión irracional que cuestiona los cimientos mismos del sistema. Antes de la elección de Trump fue el Brexit y el “no” colombiano al acuerdo de paz. Pero ya hubo pistas previas en el Gobierno Berlusconi, el “no” francés al Tratado de la UE y los apoyos electorales crecientes a partidos extremistas en toda Europa.

Esto es lo que ocurre cuando los actores “racionales” del sistema reaccionan ante los problemas y los desafíos desde el continuismo, la resignación, la analgesia o la táctica de esconder la cabeza como el avestruz. Si a las mayorías no se les ofrece una alternativa reformista decidida y valiente, las mayorías optan por la ruptura. Probablemente tales mayorías son conscientes de que así no obtendrán solución viable alguna. Pero, al menos, de esta manera logran expresar su queja, su frustración y su rabia.

El vaquero Trump ha cabalgado sin esfuerzo sobre la incertidumbre, el miedo y el enfado de millones de americanos. Aún no sabemos hacia dónde. Pero podemos temernos lo peor…

Comencemos por reconocer que las mayorías no siempre tienen la razón. Desde que el marqués de Condorcet escribiera sobre su famosa paradoja sabemos de la volubilidad en las preferencias colectivas. Sí, las mayorías se han equivocado gravemente a lo largo de la historia. En democracia convenimos, sin embargo, en seguir su criterio, acertado o no, porque todas las alternativas que se han teorizado o ensayado han resultado mucho peores.

Y reconozcamos también que cuando todos participamos de la “espectacularización” de la política, no debería sorprendernos que resultaran exitosos los políticos que hacen del espectáculo su especialidad. Si nos resignamos a convertir la política en un circo de malabarismos, saltimbanquis y luces de colores, ¿a quién extraña que ganen los clowns? Si reducimos la política a la imagen, al eslogan y a la tertulia estridente, ¿por qué asombrarse de que la respuesta del elector no sea más racional?

Lo cierto es que desde la caída del Muro de Berlín se han venido socavando las bases del contrato social que sostiene tanto la democracia representativa como la economía de mercado. Aquel contrato garantizaba beneficios para la mayoría en el desenvolvimiento de instituciones y mercados. Con la caída del Muro y el advenimiento de la globalización sin reglas, los beneficios son para las minorías, y las mayorías se sienten traicionadas. ¿Por qué habrían de callar, aguantar y desistir del cambio?

Cuando las fuerzas económicas actúan de modo libre y global, más allá de cualquier regla o institución que embride sus excesos, suelen ocasionarse ganadores y perdedores. Y sí, a veces los perdedores de derechos y de futuro deciden quejarse. Extrañémonos cuanto queramos, pero es así.

Cuando el resultado del voto a las fuerzas del sistema no sirve para reconducir suficientemente las injusticias o reducir desigualdades, muchos se preguntan por la pertinencia de su voto. Y algunos se convencerán de los discursos sobre “las limitaciones que establecen los mercados”, o “las bondades a largo plazo de la estabilidad presupuestaria”. Pero otros verán simplemente cómo las empresas practican dumping y elusión fiscal, cómo algunos cada vez ganan más, cómo ellos cada vez pierden más, y cómo las respuestas que le da el sistema van de la impotencia al engaño. Y se enfadan, sí. Podemos sorprendernos, pero ocurre.

Cuando en cada telediario se ofrecen imágenes sobre la automatización creciente en las fábricas, sobre las reducciones progresivas de personal en las empresas, sobre la llegada de inmigrantes dispuestos a trabajar en peores condiciones, sobre la precarización inevitable de los empleos, sobre el empobrecimiento de los más por el enriquecimiento de los menos… las mayorías exigen respuestas. Y si las mayorías no obtienen respuestas con garantías por las vías racionales, entonces las mayorías se vuelven hacia lo menos racional.

Sí, hay una deslegitimación del sistema por parte de las mayorías en buena parte de lo que llamamos mundo democrático avanzado. El contrato social está seriamente cuestionado. Por falta de eficacia, en primer lugar. Porque si el sistema no resuelve mis problemas, ¿por qué tengo que aceptarlo? Por falta de dimensión. Porque los instrumentos democráticos del sistema son aún de carácter estatal, y los retos a afrontar hace mucho tiempo que trascendieron las fronteras de los Estados. Por falta de participación. Porque las demandas de “empoderamiento” ciudadano desbordan una institucionalidad democrática que debe abrirse, actualizarse y reinventarse…

Y por el hueco de la quiebra del contrato social y la deslegitimación del sistema se cuela lo indeseable. Por el flanco de la falta de respuestas racionales nos ataca lo irracional. Por la brecha que abre el reformismo impotente, incapaz o cobarde (o todo ello a la vez) se introduce el riesgo del peor retroceso. Es el populismo que busca encaramarse al poder desde la rabia. Es el liquidacionismo que expulsa al niño por la ventana junto al agua sucia. Es el nacionalismo que exacerba estérilmente el sentimiento de pertenencia y de rechazo. Es el taumaturgo que promete una noche de pasión revolucionaria pero oculta las quinientas noches subsiguientes de pesadillas.

Hay respuesta racional. ¿Dónde? Donde siempre, en la izquierda reformista, la socialdemocracia, que ha sido artífice de los progresos más profundos y duraderos en las democracias avanzadas desde la segunda gran guerra. La respuesta está en un nuevo contrato social, que relegitime la economía global de mercado con reglas globales y derechos globales para las mayorías. Que relegitime las instituciones democráticas con respuestas globales, eficaces y justas al desafío del capitalismo desbocado, de la hegemonía financiera y de la automatización amenazante. Que reestablezca el equilibrio entre negocios y derechos. Que ofrezca garantías de futuro para las mayorías de hoy y de mañana.

Si el mercado necesitó reglas estatales cuando su dimensión era estatal, ahora requiere evidentemente de reglas globales. Si el bienestar de las personas necesitó de un Estado de Bienestar para asegurar una vida digna, ahora requiere de un Bienestar Global, sostenido y garantizado por el sistema.

¿Nos atrevemos? ¿Hay imaginación, capacidad y liderazgo para ello? Este es el reto.

El caso Trump nos ha arrojado de bruces contra la realidad. Solo hay dos opciones. O la reforma racional, decidida y valiente del sistema. O el abismo incierto de los “salvadores”.