PENURIAS E INCERTIDUMBRES DE LA INFANCIA EN EL MUNDO

No es hasta mediados del siglo XX, en concreto el 20 de noviembre de 1959, cuando en la Declaración de los Derechos del Niño, proclamada por la Asamblea General en su resolución 1386-XIV, se alude por primera vez a los derechos de los niños, incluyendo diez principios. No resultaba suficiente para proteger sus derechos, puesto que legalmente no tenía carácter obligatorio. En 1978 el gobierno de Polonia presentó a las Naciones Unidas una versión provisional de una Convención sobre los Derechos del Niño y, tras diez años de negociaciones con gobiernos, líderes religiosos e instituciones de todo el mundo, el 20 de noviembre de 1989 se aprobó el texto final de la misma. Ha sido ratificada y aceptada por 195 países. Está estructurada en 54 artículos en los que se recogen los derechos económicos, sociales, culturales, civiles y políticos de la infancia y su aplicación es de obligado cumplimiento para los gobiernos que lo han suscrito.

A pesar de los esfuerzos realizados en las últimas décadas para mejorar las condiciones vitales de esta población en el mundo,  los niños representan actualmente cerca del 50% de los casi 900 millones de personas que sobreviven con menos de 1,90 dólares por día, dejándoles huellas de por vida. No en vano alrededor de 160 millones de pequeños presentan retrasos en su crecimiento. Otro indicador de las adversas circunstancias en las que vive buena parte de la infancia a escala mundial  es que desde el año 2011 han aumentado los niños entre 6 y 11 años que no asisten a la escuela. Según el informe de UNICEF, The State of the World’s Children 2016: A fair chance for every child, aproximadamente 124 millones de niños y adolescentes estaban desescolarizados en 2013, y dos de cada cinco abandonaban la escuela primaria sin saber leer, ni escribir y disponer de nociones elementales de aritmética. En paralelo, unos 250 millones viven en coyunturas de guerra y afectados por conflictos armados.

¿Y qué sucede en países desarrollados como España? Según el último Barómetro de la Infancia de Save de Children, el 29,9% de los menores (más de 2.460.000) viven en hogares por debajo del umbral de la pobreza (2,3 puntos más que en el año 2008), por detrás de Rumanía (38,1), por delante de Lituania (28,9) e Italia (26,8) y alejada de la media europea que asciende al 21,1%. Además, se observan notables desigualdades regionales. Ceuta (49,4), Andalucía (44,6) y Murcia (40,8) ostentan las más altas tasas de pobreza infantil, situándose en el otro extremo Navarra (15,7), País Vasco (17,4) y Madrid (19,2).

Las razones que lo explican se relacionan con el aumento del empleo precario y los bajos ingresos de sus padres (mayoritariamente de edades hasta los 35 años) entre los, que asimismo se enfrentan mensualmente al pago de los alquileres de sus viviendas. De hecho la mitad de los niños pobres en nuestro país viven en familias que dedican más del 40% de su renta a los gastos derivados por este concepto, restándoles recursos para invertir en su educación. Son menores que no pueden comer carne, pollo o pescado tres veces a la semana, ni tampoco vivir en viviendas con una temperatura adecuada, sus padres tienen problemas para afrontar gastos imprevistos, como  comprar medicinas, material escolar y no tienen teléfono, ordenador o televisión en color, ni tienen la posibilidad ni tan siquiera de disfrutar de una semana de vacaciones al año.

Lo paradójico y éticamente impresentable de esta realidad es que las familias más ricas en España ganan siete veces más que las más pobres, a la par que el alcance de las políticas españolas redistributivas es menor que la de otros países de entorno europeo. Sirva de ejemplo, que mientras Suecia reduce la desigualdad en un 52,9% a través de inversiones en políticas sociales, España lo hace en un 31,9%

En lo que a la pobreza infantil se refiere si descontamos las ayudas sociales que reciben las familias más desfavorecidas, la tasa de riesgo de pobreza entre nuestros menores asciende al 37,5%, lo cual demuestra su obligatoriedad como mecanismo compensatorio. Sirva de ejemplo para redundar en esta idea que Irlanda, que ha vivido una crisis económica de similares dimensiones a la nuestra, en 2014 gracias a las ayudas sociales que puso en marcha en materia de pobreza e infancia consiguió reducir en 27,3 puntos la pobreza infantil, dando como resultado una bajada sustancial del porcentaje de niños en riesgo de pobreza (pasando de un 44,3% a un 17%).

Nuestra situación es desalentadora. Se invierte un escueto 1,3% en protección social a la infancia (2,3% la media europea), dedicamos un 3,7% del PIB a centros educativos (4,8% en otros países de la UE) y ostentamos  la mayor tasa de abandono escolar (20%), nueve puntos por encima de la media europea.

Son los que viven en los hogares más pobres los que abandonan más prematuramente los estudios y, en particular, los que lo hacen en familias monoparentales y en familias en los que los progenitores no son españoles, al tiempo que según denuncia Aldeas Infantiles, cerca de 42.867 chicos y chicas no pueden vivir con sus familias por diversas razones y un número indeterminado está en riesgo de perder el cuidado parental

Y, junto a lo anterior, según un informe de Oxfam Intermon de enero de 2017, en 2015, el 1% más rico de la población mundial poseía más riqueza que el resto del planeta, ocho personas (ocho varones) poseen la misma riqueza que 3.600 millones de personas (la mitad de la humanidad), durante los próximos 20 años, 500 personas legarán 2,1 billones de dólares a sus herederos; los ingresos del 10% más pobre de la población mundial han aumentado menos de 3 dólares al año entre 1988 y 2011, mientras que los del 1% más rico se han incrementado 182 veces más.

Decía Juan Luis Vives que “Desterrada la justicia que es vínculo de las sociedades humanas, muere también la libertad que está unida a ella y vive por ella” y esa es mi percepción del mundo en el que vivimos, máxime cuando se analiza, como hemos tratado de hacer en este texto, las condiciones en las que viven  buena parte de los niños que viven en las zonas del mundo menos desarrolladas, mostrando cuál es la tesitura de los que dentro de nuestras fronteras se desenvuelven en parámetros de extrema vulnerabilidad social.