PATOLOGÍAS SOCIALES EN LA ESPAÑA ACTUAL

La crisis económica que azota a nuestro país desde hace una década y sus derivaciones han traído un aumento de las situaciones de pobreza y de exclusión social, muy estrechamente vinculadas al desempleo, al paro y a la precariedad laboral. Según datos del cuarto trimestre de la Encuesta de población activa del 2017, existen en nuestro país 3.766.700 parados, de los cuales el 39,9% llevan dos o más años en búsqueda activa de empleo, al tiempo que 1.210.500 hogares tenían a todos sus miembros activos en paro (310.200 unipersonales). Lo anterior se tradujo en una tasa de pobreza y exclusión social para el año 2017 del 21,6%.

Un reciente informe de la Fundación FOESSA, hecho público el pasado 26 de septiembre, refleja que la desigualdad se ha cronificado en los últimos diez años. Así las cosas, la exclusión social severa ha subido un 40%, desde el año 2017, concretándose en una alarmante cifra que alcanza a cuatro millones de personas. (https://caritas-web.s3.amazonaws.com/main-files/uploads/2018/09/Ana%CC%81lisis-y-perspectiva-2018-digital-.pdf)

Una de las consecuencias más negativas de lo anterior, que considero representa un fracaso en términos de sociedad, se concreta en un aumento consignable de los trastornos mentales (ansiedades, insomnios y depresiones) y, en último extremo, de los suicidios. En el II Congreso de la Sociedad Española de Suicidología, celebrado a principios del mes de septiembre pasado, bajo el título Suicidio Infantojuvenil se reveló que el 50% de los jóvenes que lo intentaban no habían sido previamente atendidos en consultas de salud mental.  (https://suicidologia.jimdo.com/ii-congreso-sociedad-espa%C3%B1ola-suicidolog%C3%ADa)

Las estadísticas de Defunciones según causa de muerte del INE, según los últimos datos disponibles, no dejan lugar a dudas. La evolución en la última década de las defunciones en España por trastornos mentales y del comportamiento ha experimentado un incremento más que notable, se ha pasado de un total de 12.310 fallecidos por esta causa en 2007 a 20.980 personas en 2016 (el envejecimiento de la población es una variable que, en buena medida, lo explica).

Los sectores sociales con más riesgo de sufrir depresión y ansiedad son las mujeres paradas, los jóvenes que no encuentran empleo, los mayores de 55 años que han perdido su trabajo, y/o los que tienen dificultades para pagar sus viviendas. En definitiva, personas y familias que se han visto afectadas por adversas circunstancias económicas,  asociadas a un mercado laboral precarizado que impide a los más jóvenes incorporarse al mismo y a los de más edad mantener sus trabajos o vivir de ellos con decencia.

Desde hace años estamos instalados en una deriva patógena que genera sufrimiento para una parte apreciable de los ciudadanos, que se adentran en el círculo vicioso de la llamada por algunos “enfermedad del alma” y que ha dado lugar entre otros malogros al aumento de los suicidios.

Para Emilio Durkheim, uno de los padres de la sociología, el suicidio tiene un  condicionamiento social, acercándose en sus reflexiones a otro de los padres de la sociología Max Weber  con sus ideas sobre la “jaula de hierro” y el “desencantamiento del mundo”. Desencantamiento ligado en nuestro momento histórico a la perdida de horizontes vitales y del sentido de pertenencia, en el contexto de un mundo cada vez más globalizado e hiperconectado, en donde los sujetos quedan diluidos en el todo, e involucrados en un entorno de proximidad que les impide desarrollarse en plenitud como seres humanos, al tiempo que les niega el derecho a vivir conforme a los estándares de vida de una sociedad desarrollada como la nuestra.

Los datos no dejan lugar a dudas, las muertes por suicidio en España son la primera causa de muerte derivada de causas no naturales, su número duplica a las que producen los accidentes de tráfico y son 80 veces más que las que ocasiona  la violencia machista. La tasa asciende a 8,7 por cada 100.000 habitantes (posiblemente sea un dato subestimado), por debajo de la situación en el mundo (12) y de Europa (11,4). Se trata como vemos de un problema a nivel planetario que mereció la atención de la Organización Mundial de la Salud en 2012, cuando pidió a los Gobiernos un compromiso para bajar la tasa a 10 en el  año 2020.

Según el INE, en España las muertes por suicidio han aumentado desde el comienzo de la crisis. En particular si en 2007 se consignaron 3.263 muertes por esta causa, en 2012 ascendieron a 3.539 y en 2016 se elevaron a 3.569 (10 muertes al día y  2,5 cada hora) y hay cerca de 8.000 tentativas que requieren la hospitalización de los afectados.

En particular, de los 10 fallecidos diarios por esta causa, de media 7 son hombres y 3 mujeres; entre la población entre los 15 y 29 años es la segunda causa de muerte por detrás de los tumores y por Comunidades Autónomas Galicia y Asturias  poseen las más altas tasas de suicidio por 100.000 habitantes, mientras que la menor la registra la Comunidad de Madrid. (https://www.ine.es/dyngs/INEbase/es/operacion.htm?c=Estadistica_C&cid=1254736176780&menu=ultiDatos&idp=1254735573175)

Como vemos se trata de un importante asunto de salud pública, si bien por razones culturales ha sido un tema tabú e invisibilizado (no en vano apenas recibe atención mediática, debido entre otras razones, tal como apunta la OMS, a un posible efecto contagio), si bien el Gobierno de Sánchez se ha propuesto abordarlo, poniendo en marcha un plan de prevención, que incluiría estrategias de detección precoz  (especial protagonismo adquirirían los médicos de familia) y de publicidad, siguiendo el modelo del ya existente plan implementado en la Comunidad Valenciana en 2017. El objetivo sería reducir un 20% las muertes por suicidio en 10 años, lo que implicaría 700 muertes menos cada año. El caso de Finlandia es paradigmático al respecto, pues en menos de 10 años ha pasado de tasas del 13 por 100.000 al 10 por 100.000.

En consecuencia, es obligado como sociedad acometer en todas sus dimensiones uno de los efectos más perniciosos de un modelo social que genera un sufrimiento tan extremo que lleva a ciudadanos anónimos a tomar la más rotunda y definitiva de las decisiones que un ser humano puede adoptar: dar fin a su propia vida.