¿PARTIDO DE GOBIERNO O PARTIDO DE OPOSICION?

Pregunta que muchos consideraran de actualidad. Cuando la situación presente supone enormes dificultades para encontrar la mejor solución, o la menos mala, es aconsejable alejarse de ella y sobrevolarla para situarla en un panorama más amplio. Panorama que no nos negamos a calificarlo de histórico, serenando asimismo la reflexión. No se trata de volver al pasado, que siempre puede justificar interpretaciones opuestas, sino recorrer un camino, indudablemente larguísimo e inagotable, que recorre las ideas socialistas, no sólo desde su principio hasta el presente, sino, y es lo más importante, hacia su futuro. Y cuando hablo de ideas socialistas me quiero referir aquí, aún reconociendo que es injustamente limitativo, al Partido Socialista Obrero Español.

El protagonismo exitoso del PSOE en la Transición y en la Consolidación democrática podría resumirse en la frase que pronunció Felipe González; en términos más o menos exactos afirmaba que había que abandonar las disputas de las izquierdas sobre el porvenir que permitían a las derechas gobernar el presente. Situaba así claramente la meta del PSOE: gobernar el presente. No creo que a nadie, en las filas socialistas, les duela haber cumplido este programa, aunque hubo en su momento oposiciones a él. Pero se puede discutir si tal programa debe considerarse en una exigencia absoluta, sean cuales sean las circunstancias.

La historia presente tiene engañados a los socialistas. Los catorce años de gobierno de Felipe González y los cuatro de José Luis Rodríguez Zapatero nos han dado la ilusión de que por fin teníamos el poder definitivamente en nuestras manos, y que había que caminar por otras vías que la ingrata lucha diaria entre el anonimato de los ciudadanos. La conquista de la democracia y con ella el triunfo en las elecciones nos llevó a pensar que sólo bastaba batallar electoralmente. La tarea del Partido ya no era propagar diariamente sus ideas y formar los ciudadanos en sus responsabilidades, era preparar las elecciones. Y abundaban los comicios municipales, autonómicos, generales. Hacía lustros que el PSOE había rechazado, con mucha razón, la ilusión de la gran noche del cambio total, para sustituirla por la gran noche de las elecciones. Era no sólo comprensible, sino necesario. Los largos periodos de oposición y lucha parlamentaria y extra-parlamentaria bien merecían la consagración del triunfo electoral, del acceso al gobierno para el Cambio, palabra que sustituyó a la Revolución.

Pero en nuestro reciente sistema democrático nos olvidamos de una realidad. Si las derechas obtienen el poder por la conjunción tradicional de los eternos poderes fácticos, intereses económicos, ideológicos, culturales, etc., las izquierdas sólo lo obtienen cuando desde la oposición han protagonizado la defensa de los intereses de los ciudadanos, de los más indefensos, y han acumulado propuestas y actuaciones, demostrado voluntad de transformar la realidad cotidiana. Para lo que también es esencial ofrecer ilusión a la sociedad. El gobierno se cosecha desde la labor en la oposición, culminando una situación preparada con tesón.

La oposición puede ser además eficaz para ayudar a la solución de los problemas de la sociedad. La presión popular que anima la labor parlamentaria, la preparación de las soluciones para cuando estén a su alcance, etc., han permitido muchos progresos arrancados a un poder de derechas. Es lógico que la corrupción encuentre menos presas entre quienes se oponen y no controlan las instituciones. Mientras que el Poder suele corroer o reblandecer a los Partidos, o al menos transformarlos en un simple grupo de gestión, en cambio la oposición genera la necesaria militancia, en vez de una clientela, y forma y forja dirigentes para el porvenir. Y recordemos que las únicas fuerzas de que disponen las izquierdas son los militantes, su organización y los votos que consiguen.

Las metas socialistas son de tal exigencia que ciertamente sólo se pueden conseguir cuando se gobierna, pero no a cualquier precio. El cambio, del que tanto se habla, no se puede obtener en una situación de precariedad y de condicionamientos. Un gobierno socialista debe impulsar un salto adelante de la sociedad que resulte irreversible cuando vuelvan las derechas al poder. Ello exige un fuerte poder.

La democracia tiene ciclos de poder. Por la constitución misma de nuestras sociedades, los ciclos oposición-poder son muy desiguales, y generalmente desfavorables para los socialistas. Razón de más para no equivocarse al situarse en ellos y apreciar correctamente el momento y las oportunidades reales.