PARARSE A PENSAR TRAS LA REFRIEGA

Después de la decisión del Comité Federal del PSOE de 23 de octubre de abstenerse ante la investidura de Rajoy, después de formado el nuevo Gobierno y de comenzado el funcionamiento ordinario del Parlamento, es quizás hora de hacer un análisis sosegado de cómo se ha llegado hasta aquí, y de cuáles son las tareas prioritarias que este partido tiene por delante.

Del desaguisado orgánico, silencios ominosos, deslealtades diversas, comportamientos no contemplados por los estatutos, huidas hacia adelante y similares menesteres se han ocupado, en mi opinión de manera muy lúcida, otros artículos de Sistema Digital, muy en especial los del Director Jose Félix Tezanos y el de José Borrell del 18 de octubre, y no es mi intención volver sobre ellos. Me interesa más estudiar cuáles han sido los fallos políticos cometidos por el PSOE y cómo ha sido posible que este partido se haya dejado encerrar de tal modo que haya tenido que optar de una manera tan dramática entre dos decisiones muy indeseables.

En mi opinión, fue correcta la lectura de las elecciones del 20-D en las que el PP perdió un tercio de sus votos y era posible sobre el papel una alianza de las fuerzas que se habían opuesto a él durante la campaña. Estos partidos, PSOE, Podemos, C’s e IU sumaban 201 votos frente a los 123 del PP, y tenían una amplísima coincidencia en sus programas electorales. Lo que era posible sobre el papel se demostró inviable en la práctica por la obsesión de la cúpula de Podemos por ir a nuevas elecciones y sobrepasar en ellas al PSOE. Un error político que le ha pasado y le seguirá pasando factura a ese partido durante mucho tiempo, ya que ha permitido la continuación del gobierno de la derecha.

¿Fue correcta la lectura de las elecciones del 26-J? En ellas, el PP consiguió polarizar la campaña, agitando el miedo hacia el crecimiento de Podemos en las muy manipuladas encuestas y aumentando su ventaja electoral a costa de C’s y PSOE, que perdieron votos y diputados, si bien el PSOE tuvo una ligera subida en porcentaje sobre voto válido. Injusto o no, eso fue lo que decidieron los españoles. Lo que nos recuerda una vez más que las fracturas de la izquierda se traducen en avances de la derecha. El pacto que no fue posible en marzo con 201 diputados frente a 123, ¿podía serlo en junio con 187 frente a 137 y acercándose la suma de PP y C’s (169) a la mayoría absoluta de 176? En mi opinión, fue correcto intentarlo de nuevo, pero no lo fue no tener previsto un plan B para el caso bastante probable de que fracasara por segunda vez. Muchos militantes pensaban que tal plan B existía y que se pondría en marcha una vez se hubo dejado claro a Rajoy el 2 de agosto que no contaba con una mayoría “gratis” en el parlamento, y que tendría que ganársela mediante la negociación. Pero descubrimos que el plan B no existía y que la única estrategia era ir a terceras elecciones. Muchos sectores en el PSOE todavía no aceptan que eso fue un grave error político. La impotencia en formar un gobierno propio no puede traducirse en envolverse en la bandera de los principios inamovibles y en trasladar a la ciudadanía un fracaso atribuible solo a los partidos. Un partido progresista y de gobierno como el PSOE ha de encontrar una salida a cualquier situación por difícil que sea, y la salida no puede ser el bloqueo ad infinitum de las instituciones democráticas.

Esta crítica me lleva a otra más fundamental y es la poca solvencia política que muchos dirigentes han mostrado -y están mostrando todavía- ante esta situación. Unos pecaron de tacticismo y de falta de valentía por no expresar sus opiniones en momentos en los que era imprescindible hacerlo, y otros pecaron de una visión política alicorta en la que los principios se conciben de un modo cuasi religioso y donde importa más la imagen del partido que el respeto y la vocación de ser útiles a los ciudadanos.

Pero las deficiencias políticas son de más largo alcance que un error de táctica ante un panorama poselectoral complicado. El telón de fondo de ese panorama ha sido el continuado descenso de este partido en el apoyo ciudadano desde el ya famoso mayo de 2010. Elección tras elección, con un Secretario General primero y con otro después, el PSOE ha ido rompiendo su suelo electoral. Eso es lo que debe analizar este partido si quiere seguir siendo relevante. Y es importante acertar en el diagnóstico, o se reincidirá en los mismos errores. Ahora hay tiempo para una reflexión en profundidad sobre el por qué de ese sistemático descenso y sobre cuál es el camino que el PSOE debería emprender para reencontrarse con los millones de ciudadanos que le han dado la espalda.

Dos son en mi opinión las causas, aunque solo puedo aportar un cierto remedio para la segunda. La primera ha sido la carencia de una alternativa socialdemócrata al fenómeno de la globalización. El mundo ha experimentado cambios muy profundos en los últimos decenios: deslocalizaciones de empresas, paro crónico en los países del sur de Europa, emigración económica masiva, refugiados políticos, etc. El principal ha sido que tras el fin de la Guerra Fría el capital ha logrado moverse sin cortapisas por el planeta y ha generado crisis muy agudas, como la actual, que acaban pagando entre otras las clases medias y trabajadoras de los países desarrollados. Estas capas sociales súbitamente empobrecidas, y los jóvenes a los que se cierran sus expectativas, acaban desertando del sistema y cayendo en manos de los oportunistas de todo signo. Los partidos y dirigentes populistas, expertos en capitalizar el descontento y en señalar como culpable al establishment, crecen como la espuma en pocos meses y conducen a resultados hasta hace poco impensables como el del Brexit en el Reino Unido, o el triunfo de Trump en EE.UU. Los partidos socialistas tendrían que hacer un gran esfuerzo programático, estratégico y de coordinación transnacional para conseguir embridar al capital de nuevo y para poner límites adecuados a sus transacciones internacionales, a sus paraísos fiscales, a su elusión de impuestos, a sus despidos masivos, etc. Primero para que no sigan trasladándonos sus crisis, y segundo, para que la mayor parte de la riqueza generada revierta en beneficio de la mayoría. Una parte de esa batalla se ha de librar también en la mejora de la calidad del debate político, actualmente desnaturalizado por la preeminencia del capital privado en los medios de comunicación. Si los ciudadanos solo reciben información “basura”, es lógico esperar que caigan fácilmente en manos de los oportunistas.

La segunda causa es el anquilosamiento de las estructuras orgánicas. El PSOE sigue funcionando como hace cuarenta años. Los dirigentes se seleccionan mediante un proceso “artesanal” en el que cuenta fundamentalmente el “maestro “ al calor del cual uno se forma, o el clan o grupo de poder al que se pertenece. Las listas electorales, que darán lugar después a los cargos públicos, se confeccionan de forma opaca y según criterios clientelares. No se puede esperar que el resultado de un proceso así sea bueno. Si salen dirigentes solventes, y afortunadamente el PSOE tiene todavía bastantes, es a pesar del modo en que han sido seleccionados. Y el problema es que para afrontar con éxito los desafíos de la globalización, se necesita todo el talento y toda la inteligencia políticos posibles. El mundo se ha vuelto muy complicado y las respuestas no son simples. Para poner en evidencia al populismo, atraer a los desamparados por la crisis, desmontar los mensajes simplificadores de la derecha y generar confianza en las instituciones democráticas, se necesitan dirigentes  muy capaces.

El PSOE debería plantearse un verdadero programa de atracción y retención del talento político. Las primarias no deberían ser un mero trámite burocrático lleno de controles y cautelas que en la práctica solo favorecen a uno de los candidatos: el determinado previamente por el aparato. Debería pensarse en unas primarias “a la americana”, donde los candidatos tengan tiempo y medios para exponer sus programas ante los militantes y donde no se juegue todo a una sola votación. De ese modo, los militantes votarían con un mejor conocimiento sobre la calidad de los candidatos. Si se apuesta por el talento, ha de hacerse en serio y confiando en el mecanismo. Lo que se ha visto hasta ahora es una gran desconfianza hacia las primarias y por ello se las ha rodeado de cautelas, porque en el fondo se sigue confiando en el método tradicional. Las listas electorales y los cargos orgánicos deberían seleccionarse por procedimientos similares. También se deberían poner límites temporales a los cargos elegidos. Solo así puede conseguirse que los jóvenes, los profesionales y los intelectuales se sientan atraídos hacia el partido y contribuyan a renovar sus rígidas estructuras. Ello redundaría en un mayor mordiente político y en definitiva en un aumento de la incidencia social y electoral.

Nuestro país, Europa, y ahora también Estados Unidos, caminan por sendas muy preocupantes para los progresistas. Los partidos que han nacido al calor del descontento nos plantean “soluciones” retrógadas desde el punto de vista histórico, con más nacionalismo, más regionalismo, mas autarquía, y en el caso de los populismos de derecha, con mas racismo, machismo y xenofobia. El PSOE es uno de los pocos instrumentos que la sociedad española tiene para defenderla de todo ello. En él confían todavía muchos ciudadanos que no son militantes. Si los que siguen con el “cuchillo en la boca” soñando con revanchas orgánicas pensaran un poco en lo que nos jugamos como sociedad, quizás aplacaran su beligerancia y se pondrían a la labor de recomponer, y si fuera posible de mejorar, este valioso instrumento.