Rafael Simancas

PACTOS Y AGENDAS OCULTAS

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Los actores de toda negociación pública suelen mantener una doble agenda. La primera es visible y muestra tanto los propósitos que se quieren reconocer ante la sociedad como las estrategias confesables en su persecución. Pero muy a menudo funciona también una segunda agenda, más oculta y simulada, en la que figuran objetivos y claves que determinarán la conducta de los negociadores. Para anticipar el resultado de una negociación es preciso atender a la vez a las dos agendas.

En los movimientos de los diferentes partidos políticos de cara a la formación de Gobierno pueden deducirse algunas de estas agendas ocultas. Cuando el PP, por ejemplo, llama a la estabilidad de la coalición propia y advierte de la radicalidad en coaliciones ajenas, está ocultando una agenda orientada a mantener el poder a toda costa. Cuando Ciudadanos se muestra igualmente dispuesto a negociar con PP y con PSOE, también atiende al objetivo de recuperar “centralidad” para su imagen un tanto derechizada.

Preocupan especialmente las probables agendas ocultas de la dirigencia de Podemos. La agenda visible apuesta abruptamente por un gobierno de coalición PSOE-Podemos-IU, para el que plantea un reparto inicial de carteras, incluso antes de tratar sobre programa alguno. Sin embargo, no son pocos los que mantienen sospechas sobre las auténticas intenciones de quienes hasta hace bien poco negaban cualquier posibilidad para un gobierno de coalición con uno de los partidos del “turnismo”.

Ojalá estén equivocados, pero hay quienes sospechan que la agenda oculta de Podemos busca en realidad frustrar la investidura de Pedro Sánchez y forzar unas elecciones repetidas, con la esperanza de alcanzar ahora sí el anhelado sorpasso. Se explicaría así por qué quienes supuestamente buscan un acuerdo con el PSOE, plantean continuamente para ese acuerdo condiciones imposibles de cumplir. Y se entendería así también por qué la escenificación de tal oferta se produce de manera extemporánea y ofensiva.

La primera condición que planteó Podemos para acordar con el PSOE fue la consulta de autodeterminación en Cataluña, contraria a la mismísima Constitución española y prohibida expresamente en sentencia de su Tribunal interpretador. La segunda condición fue la constitución de cuatro grupos parlamentarios para un solo actor político, contraria al Reglamento del Congreso de los Diputados y al propio sentido común.

Una vez descartadas las condiciones anteriores, por inverosímiles, aparece una tercera. Podemos exige ahora a Pedro Sánchez una negociación exclusiva y excluyente. Plantea que el PSOE no cuente con Ciudadanos para formar una mayoría de Gobierno. Y vuelve a ser una condición imposible, porque más allá de la legítima voluntad de Pedro Sánchez por sumar a todas las fuerzas del cambio, resulta que el concurso de Ciudadanos es aritméticamente imprescindible para evitar que siga gobernando el PP. Solo un acuerdo con Ciudadanos podría salvar la oposición públicamente declarada del partido de Rajoy y de los partidos independentistas.

Además, el visto bueno inicial que tanto Podemos como Ciudadanos han dado al “Programa de Gobierno progresista y reformista” presentado por Pedro Sánchez el pasado día 8 de febrero, hace aún más incomprensible el veto.

Las formas también son relevantes. ¿Qué puede pensarse en cuanto a las intenciones últimas de quien hace una oferta de pacto por sorpresa, sin aviso previo, en una rueda de prensa, imponiendo ministros por doquier, y aludiendo a “las sonrisas del destino”? ¿Se trataba de buscar un acuerdo o de frustrarlo? Todo pacto requiere de cierta empatía y confianza, y este desde luego no es un camino muy razonable para alcanzar tal clima propicio.

Ojalá que todos estos inconvenientes puedan achacarse a la inexperiencia o a las desconfianzas previas. Porque, además, las agendas ocultas cada vez lo son menos. Y si el electorado acaba convenciéndose de un juego desleal, las máscaras caerán y cada cual recibirá los reproches y los castigos que merece…

La mayoría de los españoles han votado cambio. Ahora hay una oportunidad para el cambio. Pedro Sánchez tiene una agenda bien visible para hacer realidad un cambio progresista y reformista. Si alguien frustra esta oportunidad por intereses partidistas o personales, y acaba favoreciendo la continuidad de Rajoy, tendrá que afrontar su responsabilidad ante aquella mayoría.