¿PACTO DE SILENCIO?

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Unas imágenes robadas por las cámaras de una cadena de televisión dieron a conocer cuatro puntos de la agenda negociadora que acompañaba a Pablo Iglesias en su encuentro con Pedro Sánchez. Cuatro puntos que apuntaban a una flexibilización de fondo en la línea de acercamiento al acuerdo firmado por el PSOE y Ciudadanos, que sigue siendo el eje de referencia para la estrategia socialista. De eso no hablaron en sus sucesivas comparecencias en ruedas de prensa multitudinarias los dos líderes unidos por la pasión por el baloncesto, que exhibieron, a cambio, un buen recital de palabras voluntaristas y elogiosas para la actitud dialogante del adversario y otros lugares comunes que afectaban más al clima que al fondo de la negociación. Horas después de la charla en el Congreso, antes de las incisivas preguntas de una periodista, Pablo Iglesias siguió sin aclarar si esos cuatro puntos, que rebajan las iniciales exigencias de Podemos en ámbitos tan sensibles con la reforma laboral o las inversiones públicas formaron parte o no del dialogo con Pedro Sánchez. Es lógico pensar, sin embargo, que sean determinantes en los trabajos de los equipos, con menos luz y más taquígrafos.

En contrapartida a esa incógnita, la opinión pública, guiada por la opinión publicada, intenta descifrar algo tan elemental como si existe una real posibilidad de conformar una mayoría parlamentaria que permitiera presentarse ante el Rey para recibir el encargo de afrontar con éxito una sesión de investidura. Depende de sus lecturas y de la selección de sus medios audiovisuales que los españoles tengan hoy una impresión o la contraria, si bien es cierto que el común denominador es el escepticismo y la implícita aceptación de la inevitabilidad de unas nuevas elecciones, pese a que todas las partes implicadas manejen con soltura la clausula de estilo de que esa sería la peor solución y supondría el fracaso de los políticos. Una declaración teóricamente correcta, pero que se contradice con los hechos y con bastantes cálculos aritméticos simples que no tienen en cuenta el azar y la necesidad. Para contribuir más a la confusión, una corriente de opinadores ilustres abona la tesis de que todas estas ideas y revueltas por los platós y los estudios, sólo forman parte de una escenificación -“teatrillo”, “postureo”, según el lenguaje al uso- de la campaña electoral con la vista puesta ya en el 26 de junio, y que el objetivo real es acudir a la cita con las urnas haciendo responsables a “los otros” de ese mal indeseado.

Algunos españoles, cuyo número desconozco, piensan sin embargo que, más allá del espectáculo interminable de combinaciones para lograr una investidura, el reto principal de nuestros políticos es garantizar la formación de un Gobierno coherente con el programa que defienda, capaz de llevarlo a cabo sin que salte por los aires ante las primeras dificultades, que van a ser -lo están siendo ya- suficientemente graves tanto en el orden económico y social como en la articulación territorial de España. Esos españoles miran con preocupación que la impaciencia -comprensible- por salir airosos de un empeño el que se ha puesto en almoneda la credibilidad de los liderazgos, incluso a nivel partidario, pueda devenir en un compromiso forjado contra natura, extremamente coyuntural, con un Gobierno en minoría que tenga que depender para la aprobación de sus leyes de cambio de unas cámaras legislativas fragmentadas y en las que el partido autoexcluido de esa posible solución de emergencia conservaría la condición de grupo mayoritario, liderando la oposición.

Restan pocos días para que termine este proceso. Suficientes para trabajar con responsabilidad, descartando golpes de efecto mediáticos y declaraciones cara a la galería. La discreción no es incompatible con la transparencia. Sobre todo cuando una cámara indiscreta es quien nos ofrece el testimonio documental que no se menciona públicamente. Un poco de silencio, por favor, que estamos rodando.