PABLO TRUMP Y DONALD IGLESIAS

El ser social determina la conciencia. La prueba está en Donald Trump y Pablo Iglesias, dos personas tan parecidas y tan distantes en sus postulados políticos que hay que preguntarse qué hubiera sido de ellos si hubieran intercambiado sus circunstancias sociales.

Puede sorprender la afirmación anterior, pero esa extrañeza seguramente proviene de una observación insuficiente de dos personajes cuya estructura mental es muy parecida. Plutarco los hubiera añadido a sus Vidas Paralelas.

Obviando el chiste fácil de que, ambos, destacan en un primer momento por su ornamentación capilar, se trata, en primer lugar, de dos triunfadores de la vida, bien es verdad que cada uno en su especialidad, la económica en uno y la consultoría política en otro. Al fin y al cabo, no todo el mundo ha construido un rascacielos en la 5ª Avenida de New York ni asesorado profesionalmente al gobierno de Venezuela.

Ambos dominan el planeta televisión porque se han dedicado profesionalmente a ello como productores (The Apprentice y La Tuerka, respectivamente) y como protagonistas cotidianos. Como se dice en el medio, “la cámara les quiere” por lo que son, tambien en términos usuales del medio, “animales televisivos”. Podría, cualquiera de ellos, disfrutar de una carrera de superstar de los que encabezan rankings de Forbes.

Y, eso, lo han empleado los dos para dedicarse a la política ya que, en un régimen democrático como el que impera en sus respectivos países, la influencia sobre la opinión pública es fundamental y, por eso, nada mejor que la televisión para emitir mensajes de no excesiva complejidad intelectual pero que, subrayados con un gesto adecuado, se convierten en guías de conducta para mucha gente identificada con esos instintos.

Independientemente de cuál son esos mensajes, obviamente distintos en virtud del diferente mercado al que se dirigen (ambos saben que hay que diferenciar el producto para segmentar el mercado), comparten un sustrato ideológico común.

Iglesias y Trump parecen tener un mismo concepto sobre la democracia. Naturalmente que participan de sus usos: hacen campaña pidiendo el voto para sí mismos, regalan los oídos de sus electores potenciales y, sobre todo, se proclaman como auténticos, y casi los únicos, demócratas del patio. Y aquí, cuando niegan al adversario, comienza la sospecha de que algo no entienden del juego.

Negar la representatividad de elegidos frente a la legitimidad de la gente manifestándose en la calle, cuando no se está entre esos elegidos, tiene la misma raíz que denunciar fraude democrático si no se es elegido en las elecciones. Son como dos facetas de una especie de “democracia, según” cuya aceptación depende del resultado de la misma. Y anuncian riesgos de que se pueda estar utilizando la democracia para acabar con ella. Hay ejemplos en la historia, aún en la más cercana.

Para ellos el adversario político es, además, enemigo público al cual se le acusa, sin ninguna prueba, de haber cometido delitos o inespecíficos o relacionados con la cal viva y por ello se les amenaza con la cárcel cuando lleguen al poder o, por no esperar a ello, se les aplica la pena de acoso social (y físico) en una universidad pública.

Esta división entre el yo y el otro la llevan tambien, ambos, a la sociedad a la cual no solo estratifican, sino que seccionan limpiamente con un tajo casi de cirujano entre gente y casta, nacionales e inmigrantes, buenos y malos, corruptos y puros, blancos y negros u hombres y mujeres. El bien y el mal están, en su concepción, situados en función de dónde estén situados ellos mismos y forman dos conjuntos aislados y sin mezcla ninguna.

El tratamiento que hacen de ese diagnóstico es, naturalmente, la aplicación de políticas divisivas. Se trata de favorecer a los buenos aislando a los malos. No se trata de aplicar medidas compensatorias para reducir ese mal ya que es, esencialmente, incurable. Se trata de extirparlo. Y, al parecer, sin anestesia, ya que no eluden provocar miedo, al otro naturalmente, sino que lo invocan. ¡Temer los malvados! dicen, como si hubieran leído a Maquiavelo en una mala traducción.

Y claro, Trump e Iglesias, Iglesias y Trump, triunfadores como son, cosechan en este terreno una nueva victoria: consiguen dividir la sociedad en dos partes sin posibilidad de encuentro entre ellas en las que se agrupan los que les adoran y les odian respectivamente. El centro político desaparece o, lo que es peor, queda confinado a la sospecha de ser un apéndice de la otra parte, la moderación se confunde con la tibieza y la duda, esa antigua prueba de inteligencia, con la ignorancia.

Pero hay un efecto secundario: han conseguido hacer admirable a McCain entre los demócratas norteamericanos y a Errejón entre los socialistas españoles y, eso, es una esperanza. Porque, como demócratas, tenemos que admitir a los Trump o Iglesias, pero recen los que puedan. Que vienen.