OTROS TERRORES VENDRÁN

La liquidación de la quimera fanática de un pseudo Estado islamista absoluto se ha consumado según el libreto más o menos previsto: sangre, destrucción, sufrimiento de la población civil, resentimiento e incertidumbre sobre el porvenir. El fin del Daesh no augura un periodo de estabilidad y reposo. Al contrario: conviene prepararse para nuevas guerras, para otros terrores. Éstas son las razones que aconsejan una actitud de prevención:

1) El Daesh ha perdido su territorio (en realidad, más del 80% conquistado de forma fulminante, pero aún controla más espacio que cuando comenzó a operar en 2006), y millares de sus efectivos, pero cuenta con un ejército de reserva imposible de cuantificar porque se encuentra en continuo desarrollo. No estamos hablando de una fuerza combatiente surgida de levas medievales o encuadramientos propios de un Estado moderno, sino de una concepción milenarista en la que cada hombre es un soldado en potencia, que no lucha en un frente establecido sino allá donde alcanza su mirada (1).

2) Por mucho que la institucionalización de la insurgencia islamista radical, codificada en la formulación del Califato, pareciera la culminación de un movimiento de masas creciente, la fundación de un Estado teocrático no dejó de ser nunca un espejismo en el desierto febril de Oriente Medio. El siempre lúcido profesor de Harvard Stephen Walt sostiene que el Daesh creó un genuino “Estado revolucionario”, pero admite que pudo imponer su ley debido al “vacío de poder creado por la invasión norteamericana de Iraq y el subsiguiente levantamiento en Siria” (2). Nadie con un mínimo rigor intelectual sostuvo nunca que el Califato iba a ser una realidad estatal duradera. Ni siquiera sus propios creadores lo creyeron, seguramente.

3) El auténtico desafío de ese Estado islámico fantasma fue siempre, y seguirá siendo, con toda probabilidad, su capacidad para inspirar el ánimo de combate de millones de fieles frustrados por una vida de privaciones, falta de oportunidades, corrupción sistemática en las élites dirigentes de sus países, represión, autoritarismo, hipocresía religiosa y servil docilidad hacia los intereses de las grandes potencias extranjeras. Esas lacras no desaparecen con la liquidación del Califato o la derrota militar del Daesh.

4) La coalición que ha hecho posible la reconquista del territorio acaparado por ese Estado islámico se disolverá en cuanto alcance sus objetivos declarados. Ya está ocurriendo. En Irak y en Siria. Robert Malley, uno de los principales asesores de Obama en el diseño de la ofensiva contra el ISIS y hoy vicepresidente de International Crisis Group anuncia “la guerra después de la guerra”, basándose precisamente en esta realidad. Para la mayoría de los aliados o colaboradores de Estados Unidos, sostiene, “la guerra contra el Estado Islámico no ha sido nunca su principal preocupación” (3). El conflicto que viven como esencial es el que anida en lo más profundo de sus sociedades.

5) Sólo hace falta hacer un rápido repaso mental para detectar un panorama de segura inestabilidad: los kurdos perseguirán con más empeño su sueño estatal, los turcos y los otros tres Estados con minorías kurdas se dedicarán con fruición a impedirlo; las facciones sirias tendrán que resolver la guerra que libraron antes de que el ISIS se aprovechara de la debilidad de unos y otros para ocupar parte del país; saudíes e iraníes se sienten indefectiblemente destinados a resolver a su favor una confrontación regional inesquivable; los iraquíes tendrán que afrontar una nueva espiral de sectarismo; y otros Estados sunníes, como el egipcio, el qatarí, el jordano o los emiratos tendrán motivos, reales o pretextados para continuar el combate contra sus franquicias extremistas locales. Esta miríada de conflictos, regionales y locales, sectarios o étnicos, abonarán el caldo de cultivo para la reproducción de futuras recreaciones terroristas. O, mejor dicho, para la persistencia de una manifestación no admitida del terror entre otras institucionalizadas, amparadas y promovidas por Estados legales pero dudosamente legítimos.

6) Incluso si la derrota militar y la pérdida de efectivos obliga al Daesh a un repliegue temporal, otros analistas temen que de su debilidad se aproveche el movimiento que lo antecedió en el imaginario de los musulmanes radicalizados. El resurgimiento de Al Qaeda ha sido evocado por algunos expertos como un potencial riesgo no deseado de la victoria contra el ISIS. Como recuerda uno de los principales especialistas occidentales en el integrismo islamista, el investigador de la Brooking Institución Daniel Byman, “Al Qaeda siempre ha denunciado que el Estado Islámico declaró prematuramente el Califato” (4), y ese error ha resultado perjudicial para la causa islamista. Los herederos de Bin Laden tratarán de convencer a los seguidores del Daesh de la conveniencia de regresar a la casa madre, de agruparse todos bajo el liderazgo del “fundador”, del líder más visionario del Islam contemporáneo.

7) Otra opción compatible con la anterior es la enésima transformación de la causa islamista en una organización que no sea formalmente ni el Daesh ni Al Qaeda, o bien una fusión de la dos, sin vencedores ni vencidos, esa reconciliación mística que forma parte del imaginario musulmán desde la muerte del Profeta, superadora de todas las divisiones y herejías. De forma tan acabada no parece posible, desde luego. Pero bastará la habilidad propagandista demostrada por el Daesh y la reserva teórica de los binladistas para construir una nueva utopía de la guerra santa que anime la sed de desquite.

8) El regreso de los yihadistas occidentales combatientes en los frentes iraquíes o sirios a sus países de origen fue evocado hace unos meses como otro factor de riesgo de nuevas amenazas terroristas. La prolongación de la guerra exterior abierta en una suerte de guerra interior larvada y silenciosa daría nuevo vigor al concepto de “lobos solitarios”, de veteranos alimentados por el resentimiento de la derrota y la sed de venganza. Sin embargo, una acreditada conocedora de este universo, Vera Mironova, acaba de concluir un estudio (5) en el que se pone de manifiesto que muchos de estos veteranos lo que quieren, en gran parte, es olvidarse del Daesh, o bien porque se han dado cuenta de su error, o porque se han sentido estafados. Los que conservan intactas sus creencias y lealtades al Califato sin tierra están teniendo muchas dificultades en superar el filtro turco u otras paradas intermedias. Pero basta con que unos pocos centenares completen su regreso para esperar desagradables noticias.  

9) Es un riesgo exagerado, tal vez, pero no desdeñable. Que la mayoría de estos combatientes estén identificados por los servicios de seguridad occidentales, no quiere decir que sean completamente controlables, como lamentablemente se ha podido comprobar. Resulta imposible impedir la acción de un individuo que decide convertirse en soldado de Dios, secuestra un coche o una camioneta y atropella a unos ciudadanos, sin importarle lo que pueda pasarle a continuación.

En resumen, se cierra un ciclo del extremismo islámico, pero se abren demasiadas incógnitas como para concluir que se ha resuelto un problema. No es la amenaza fantasma de un Califato ilusorio lo que desestabiliza Oriente Medio y provoca sobresaltos terroristas en las calles europeas o norteamericanas, sino un sistema de poder ineficaz, injusto y protegido por Occidente.

NOTAS

(1) “With the loss of Its Caliphate, ISIS May Return to Guerrilla Roots”. RUKMINI CALLIMACHI et als. THE NEW YORK TIMES, 18 de octubre.

(2) “What the End Means”. STEPHEN WALT. FOREIGN POLICY, 23 de octubre.

(3) “What comes After ISIS”. ROBERT MALLEY. FOREIGN POLICY, 10 de julio.

(4) “How the Islamic State will grapple with defeat in Raqqa”. DANIEL L. BYMAN. BROOKINGS INSTITUTION, 19 de octubre.

(5) “The Lives of Foreign Fighters Who Left the ISIS”. VERA MIRONOVA et alas. FOREIGN AFFAIRS, 27 de octubre.