OTRO FALLO DE LAS ENCUESTAS: LA CORRUPCIÓN

sotillos280616

Para los españoles, encuesta tras encuesta, la corrupción se situaba en el segundo lugar de sus preocupaciones. La verdad es que se trata de un concepto genérico al que resulta difícil pensar que nadie se muestre favorable en un principio, como nadie se manifestaría próximo a la injusticia o a la violencia, aunque las practique. En todo caso, la corrupción ha habitado entre nosotros con cierta naturalidad, extendiéndose silenciosamente, con alguna evidente complicidad, en tiempos de bonanza. La eclosión de noticias sobre la corrupción política, que ha afectado muy mayoritariamente a los dirigentes del Partido Popular, pasó factura a la formación conservadora el 20 de diciembre, aunque no fuera, tal vez, la causa determinante de su impresionante caída desde la holgada mayoría absoluta. La aparición de nuevos escándalos en los meses más recientes, se pensaba que habría de dar la puntilla a las expectativas de Mariano Rajoy, por no citar la irrupción de las grabaciones del ministro del Interior, con sus preocupantes diálogos conspiratorios.

Convengamos que nos hemos equivocado en esos pronósticos. Y en tantos otros, por supuesto. Si hay dos territorios en los que la corrupción del Partido Popular haya resultado más evidente, no ya por sospechas sino por sentencias, esos son la Comunidad Valenciana y Madrid. No hace falta realizar profundas interpretaciones, basta acudir a los datos electorales más gruesos, para advertir, entre la indignación y el estupor, que en ambas Comunidades el Partido Popular no sólo no ha sufrido ningún castigo, sino que ha incrementado sustancialmente su respaldo en la urnas. Con lupa más próxima, esos resultados se reproducen en los municipios madrileños como Valdemoro y Boadilla, ejes del mapa de la corrupción y de las tramas descubiertas. Por si algo faltara, en Granada, donde el alcalde popular protagonizó el último de los escándalos que acabó con su dimisión, el premio fueron cinco mil votantes más y la hegemonía local y provincial, contribuyendo a la sorprendente victoria global en el conjunto de Andalucía.

Pese a todo, sería una conclusión disparatada pensar que la totalidad del cuerpo social español está enfermo. Sería más razonable ubicar la enfermedad en algunos miembros y reflexionar sobre si no se ha producido una saturación de noticias de imposible digestión, sin excluir la interesada y oportunista aparición de informaciones, más o menos sesgadas, que han logrado extender la mancha de la sospecha a otras formaciones en liza. Hasta imponer la idea que he escuchado expresar sin reparos a algunos de los vecinos de los pueblos que ante citaba: “Mire, aquí roban todos, pero a mí no me ha ido mal con estos”. Resultaría terrible que termináramos aceptando este tipo de reacciones como un guía de conducta y alejáramos la denuncia de la corrupción, por falta de rentabilidad inmediata, de la primera línea del discurso político regenerador.

Los principios que la izquierda ha defendido durante la pasada campaña siguen siendo sustancialmente válidos, con independencia del marcador. Habrá que revisar muchas cosas que afectan a la estrategia, a los mensajes y a los encargados de comunicarlos. Habrá que reflexionar sin ataduras mentales sobre la razón de no haber conseguido conectar con el electorado, justo cuando parecía imposible que una derecha desgastada, con un líder tan neutro como Mariano Rajoy, sí lo hiciera. Habrá que resolver el dilema de la formación de gobierno, de los pactos… Todo eso es urgente. Salvo bajar la guardia y no martillear con las propuestas propias, irrenunciables, sobre la conformación de una sociedad más justa, más solidaria, con menos desigualdades… y menos corrupta.