OTRO 8 DE MARZO

noguera090316

Habrá quien piense que resulta innecesario seguir manifestándose el 8 de marzo por los derechos de la mujer. ¿Ya están ganados? Hay quien pensará que qué más queremos, cuando estamos en crisis, todos sufrimos, da igual que sea hombre o mujer, pero, erre que erre, ellas siguen igual, manifestándose.

Pero las cosas parecen haberse encallado hace tiempo. Conseguidas las leyes, cuesta todavía mucho impregnar a la sociedad en su conjunto de que no se trata de realizar parches y medidas compensatorias, sino de modificar la cultura. Y eso son palabras mayores.

Nada de lo que a las mujeres ha acontecido ha sido debido al azar; nada ha sido un hecho biológico; nada ha sido producido por destino divino. Estamos ante un proceso cultural. Incluso los sentimientos que nos parecen más espontáneos son fruto y resultado de una larga historia de educación, cultura y tradición.

Pero este producto cultural no es algo fácil de desentrañar: se mezclan e intervienen deseos, prejuicios, creencias, miedos, educación, religiones, tradiciones, para conformar una imagen unida a la debilidad, la pasividad, la incultura, el sentimentalismo, la incapacidad de razonar, y, también a los calificativos que hemos recibido de perversas, desalmadas y peligrosas.

Las ideas de “mujer” y de “diferencias” han ido históricamente unidas. ¿Diferencia de qué o de quién? Dadas que las situaciones de poder son jerárquicas, lo “diferente” ha quedado asimilado al concepto “desigual”.

Decía Mary Wollstonecraft, autora de la “Vindicación de los derechos de la mujer” (1792) que “a la mujer se le enseña a actuar bajo luz indirecta, cosa que cabe esperar cuando la razón se utiliza de segunda mano”. Efectivamente, el trato a la mujer ha sido siempre “desigual”, considerada como una eterna menor de edad, incapaz de utilizar la razón y la justicia como valores y virtudes sociales.

Para combatir la imagen estereotipada de la mujer había que ir contracorriente, enfrentarse a lo “culturalmente correcto”; hubo que formar espíritus críticos con capacidad de análisis, de reflexión y de autonomía. Y, en muchas ocasiones, las mujeres que, a título individual, se oponían a la normalidad y a lo socialmente aceptado se convirtieron en heroínas.

Grandes conquistas de los derechos civiles y del bienestar que disfrutan las sociedades democráticas son fruto del trabajo y del compromiso de las mujeres. Pero aún quedan asignaturas pendientes que debemos superar. La igualdad no ha acabado de llegar.

Y, sobre todo, cuando en el tablero de juego aparece una grave crisis económica que nos hace retroceder al conjunto de la sociedad, que hace perder derechos sociales y laborales, que impone recortes en el bienestar, y que genera incetidumbre y angustia en el futuro, los derechos de la mujer son absolutamente vulnerables. La crisis económica ha hecho mella doblemente en la mujer: una, porque vuelve a ocupar los puestos más inestables al tiempo que cobra menos salario, y, dos, porque el desmantelamiento y los recortes en los derechos sociales como colegios, guarderías, dependencia, … obliga a que sea la mujer como antaño quien atienda a las personas vulnerables, a nuestros hijos e hijas, a nuestros padres y madres, a nuestros dependientes. El Estado se aprovecha del trabajo de la mujer como una cuidadora sin recompensa social.

A ello se une la ceguera y miopía de Europa que naufraga sin saber cuál es el origen de su proyecto político y moral, que levanta vallas, concertinas y muros en fronteras invisibles para que sean infranqueables por el miedo, la pobreza y el hambre. Una Europa que es capaz de pagar a Turquía lo que haga falta con tal de no sentar en sus calles los problemas.

La violencia de género sigue siendo una asignatura pendiente. Pese al optimismo de aquellos que afirmaban que el siglo XXI tendría rostro de mujer y que en él se alcanzaría la igualdad plena, lamentablemente los datos nos demuestran que los valores dominantes del patriarcado, el absurdo mantenimiento de una desigualdad injustificable y el silencio cómplice ante la violencia de género se mantienen e incluso proliferan en toda suerte de etnias, sociedades y territorios, convirtiendo las agresiones en una asignatura pendiente.

Las mujeres del Medio Oriente o África que viven encerradas en sus burkas, que son secuestradas y utilizadas como objetos sexuales o en el curso de negociaciones político-religiosas, como las atrocidades cometidas por Boko Haram, las ablaciones rituales, las muertes por lapidación, o las “desaparecidas” en México o Guatemala, son algunos de los miles de casos.

Una de cada tres personas de sexo femenino, es decir, una de cada seis habitantes del planeta, sufre violencia de género. 133 millones han sufrido algún tipo de mutilación genital; una de cada 10 niñas ha sido sometida a coitos forzados. El caso de los matrimonios de niñas merece una mención especial. Más de 700 millones de mujeres se casaron siendo menores; un tercio, aproximadamente 250 millones, lo hicieron con menos de 15 años. Esas niñas son obligadas al matrimonio mediante acuerdos o negociaciones entre adultos, sin ningún respeto a los Derechos de la Infancia, consagrados en la Declaración de Ginebra sobre los Derechos del Niño de 1924, y la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989. La violencia contra la mujer se ejerce tanto fuera del matrimonio como dentro.

Afortunadamente, los medios de comunicación están haciendo un gran trabajo llevando a sus portadas los casos de violencia de género y denunciando, una y otra vez, las agresiones para que no pasen impunes. Afortunadamente, la sociedad civil ya no es tan comprensiva como antes ante los maltratadores.

Pero queda un largo camino por hacer. Salarios desiguales, trabajos más precarios, techos de cristal, problemas con la maternidad, dobles jornadas, culpabilidad a la mujer, falta de ayudas, problemas en la coeducación, religiones impositivas, tradiciones que reproducen la cultura patriarcal, micromachismos cotidianos, y un largo etcétera que hace muy difícil que la mujer se sienta plenamente libre en la toma de sus decisiones.

Pero hoy, hay tres problemas que nos hacen retroceder a la oscuridad, a la deshumanización, a la barbarie:

  • La violencia de género. En España, sigue siendo asesinada una mujer a la semana, víctima ella y sus hijos e hijas de violencia de género.
  • En el mundo, cada vez más mujeres son encerradas en vida detrás de un burka, tratadas como trozos de carne sin derechos ni sentimientos por la irracionalidad de los fundamentalismos.
  • Desde aquí, desde una sociedad desarrollada en crisis, no podemos solamente mirar nuestro ombligo, porque eso iría en contra de la mirada de las mujeres: amplia, abierta, grande, generosa, histórica, trasversal. Hemos de ver también a quieres llaman a nuestras fronteras, hombres y mujeres con sus familias a cuestas, huyendo de la guerra, la miseria, la pobreza, en busca de una oportunidad para sobrevivir.

El principal problema del siglo XXI es la desigualdad. Lo que indica claramente que las manifestaciones del 8 de marzo no son solamente un problema de la mujer, sino un problema de la sociedad contemporánea que, cada vez en mayor medida, está condenando a una gran parte de personas a vivir en la marginalidad, en la exclusión, fuera de un sistema social que, por sí, ya es claramente desigual e injusto.