OTOÑO DE INCERTIDUMBRE EN EUROPA

Después de la derrota del nacional-populismo en Holanda y Francia y del frenazo a los sectores más intransigentes del Brexit en el Reino Unido, la pasada primavera, se anunciaba un verano de alivio y mejoría, con la vista puesta en la consolidación de Alemania como ancla fiable del proyecto europeo. No ha sido eso lo que ha ocurrido.

VOLANTAZO A LA DERECHA EN ALEMANIA

El retroceso llamativo de Merkel y el varapalo a los socialdemócratas ha colocado a Alemania en el mismo escenario de dudas e inestabilidad que acosa al resto de la UE. No es tanto el ascenso inquietante de los xenófobos y su entrada en el Bundestag con casi un centenar de diputados lo que más amenaza la estabilidad alemana. Los liberales, imprescindibles socios de gobierno, no comparten la visión que la canciller tenía del espacio abierto europeo y se alinean con el sector duro de su partido en materia fiscal.

Para resolver esta contrariedad, Merkel se ha avenido ya a aceptar un techo de acogida de 200.000 refugiados anuales, confirmando su rectificación preelectoral. Una concesión tanto al ala bávara de su partido como a los propios liberales, para favorecer la negociación. ¿Cómo lo recibirán los Verdes, el tercer socio de la combinación Jamaica?

¿PRESIDENTE SOUFFLÉ?

Aparte de la ducha alemana de agua fría con que se cerraba el verano, el otro supuesto polo de la dinamización europea, el macronismo francés, experimentaba de manera repentina un brusco descenso a tierra. No hizo falta esperar a que el otoño enfrentara al nuevo presidente francés con la prueba de la contestación social. A finales de verano, las encuestas indicaban una caída de su popularidad de 24 puntos, un récord de desencanto temprano. Incluso en estos tiempos tan volátiles en el estado de ánimo político de la ciudadanía en Europa, el desinflamiento del presidente francés resulta significativo. Pero quizás no debe sorprender tanto. ¿Acaso no sabíamos que el encanto de Macron era tan consistente como un soufflé?

¿MAY, COMO THATCHER?

Malas noticias, en todo caso, en el ánimo de quienes contaban con el renovado tándem franco-alemán para poner el proyecto europeo de nuevo sobre las vías de alta velocidad y, antes que eso, para afrontar con firmeza y unidad el desafío del divorcio británico. El correctivo electoral había obligado a Theresa May a hacer virtud de la necesidad y aceptar una negociación más constructiva. Pero, paradójicamente, la debilidad de la primera ministra no sólo ha fortalecido la posición de sus socios europeos. También ha alentado a los elementos más activos del Brexit duro. La enésima provocación del secretario del Foreign Office, Boris Johnson, la versión más aproximada de Trump en Gran Bretaña, y una serie de desgracias triviales pero inoportunas dibujan un escenario de tensión y lucha por el control de Downing Street. Cada día que pasa, el tiempo presente de Theresa May se parece más al ocaso de Margaret Thatcher: privada de confianza exterior y abandonada por los suyos.

EL EFECTO DEL PROCÉS

El otro acontecimiento que ha terminado por ensombrecer el panorama político y arruinar las esperanzas de un periodo más tranquilo en la política europea ha sido el proceso independentista en Cataluña. La pasividad del gobierno central y su encastillamiento en la posición legalista, sin atender las implicaciones políticas, sociales y emocionales de la presión nacionalista, generó una actitud de espera en Europa.

Pero la jornada del 1 de octubre, condicionada por el efecto de la actuación policial (torpe o provocadora: el tiempo lo dirá), cambió el relato de la situación. Los gobiernos y partidos centristas europeos se mantuvieron en su discurso del “asunto interno” y descartaron las llamadas de mediación, entre otras cosas porque no existe base jurídica para ello. Pero las escenas de violencia policial activaron todos los clichés existentes y no pocos medios y analistas exteriores dejaron sentir una incomodidad creciente por la manera en la que se había gestionado el proceso, sin posicionarse con claridad en bando alguno.

En los últimos diez días, la derrota del gobierno español en la tribuna mediática internacional se ha visto compensada con cuatro grandes movimientos: la respuesta de quienes no desean separarse de España, las fracturas en el interior del bloque independentista, el intento de los conciliadores por hacer escuchar sus mensajes de diálogo y, sobre todo, la decisiva actuación de algunas grandes empresas de trasladar, al menos de momento, sus sedes sociales fuera de Cataluña. Todo ello ha devenido en la monumental ceremonia de la confusión de la jornada del 10 de octubre, que prolonga y ahonda la incertidumbre y la preocupación también en Europa.

El procés se agrega a otros fenómenos secesionistas europeos, con recorrido propio, naturalmente, pero con el aliento adicional que proporciona a cualquier episodio nacionalista la emotividad de las escenas catalanas. Las consultas en el norte de Italia, en apenas unos días, podrán reactivar la siempre latente crisis política en el país transalpino y abrir un nuevo foco de estabilidad. Y qué decir en Gran Bretaña, donde las zozobras del Brexit pueden dar nuevos bríos a los nacionalistas escoceses, quienes, después del retroceso electoral de junio, se habían decidido por aplazar durante unos años su aspiración de celebrar una nueva consulta de independencia.

En definitiva, que la cadena de elecciones de este año, aparentemente saldada con tranquilidad para el abanico centrista europeo, va camino de resolverse en un periodo adicional de inestabilidad, desafíos nacionalistas, debilidad de los líderes a priori más sólidos e incertidumbre política. A punto de completarse la década más negativa del proyecto europeo desde su fundación, las perspectivas no parecen demasiado halagüeñas.