¿ORGULLOSO DE SER ESPAÑOL?… NO, AHORA MISMO MUY PREOCUPADO

Empezar un escrito pidiendo disculpas no es lo más ortodoxo, pero cuando se está perdiendo la costumbre creo que no viene mal.

Pido disculpas por escribir desde el sentimiento, pero es que cada vez el cuello de la botella se nos está haciendo más estrecho y tal vez solo mirando dentro de nosotros mismos seamos capaces de encontrarnos, y de paso llegar a saber si estamos preparados para trazar la longitud y la latitud del rumbo perdido.

En los últimos meses del invierno de 1992, cuando tras el frío llegaba la primavera y el cambio climático era algo que se creía muy lejano, me encontraba en Estados Unidos en plena campaña de primarias, cuando la sociedad americana esperaba la elección del joven demócrata Bill Clinton, que llenaba a todos de esperanza de que con él llegara un nuevo tiempo cargado de cambio.

En el centro empresarial de Charleston fui invitado a un desayuno con empresarios de la ciudad. Al final del encuentro, el Presidente de la Cámara me invitó para comentar a los presentes cómo era la España del momento. Las noticias que les llegaban no tenían nada que ver con el pasado;  para ellos era un pasado confuso y contradictorio, un país atrasado que había llegado a la democracia hacía poco y que estaba superando mil surcos históricos de atraso y de enfrentamiento civil.

Fue todo un gusto subirme a la tribuna y poder hablar de España; de un país que no solo estaba ganando la batalla al tiempo sino que se estaba situando a la cabeza de los países europeos. Lo íbamos a celebrar ofreciendo al mundo nuestra mejor imagen con los JJOO de Barcelona y  la Expo de Sevilla, reflejando que España había  pasado a ser un país vertebrado de Sur a Norte; que se estaba dotando de unas infraestructuras modernas para posibilitar su crecimiento armónico y  distribuyendo su riqueza nacional en un gran ejercicio de solidaridad interterritorial y personal que garantizaba una cohesión social sostenible. Una sanidad universalizada, una enseñanza que ahora llegaba a todos los ciudadanos, con una organización del poder político profundamente democrática y descentralizada a semejanza de sus estados federados. El único “pero” el terrorismo, cuando se acabara con él contaríamos en el mundo como un país de referencia. Por encima de todo teníamos una fuerza muy especial: 40 millones de ciudadanos que se sentían profundamente satisfechos de ser españoles. ¿Muy orgulloso de su país? Me dijo al final de la intervención el Presidente. ¡Si, mucho!, le respondí.  Terminó diciendo a los convocados: Señores, España es un país al que tenemos que poner en la agenda a partir de ahora.

Hoy, si me preguntaran por aquel orgullo, diría que se ha tornado en seria preocupación.

Visto lo que estamos viendo a diario y de forma acelerada podemos poner el dedo en la llaga de los errores cometidos en la política, en el cambio social, en los efectos de la evolución tecnológica en un sinfín de causas. Como todos, tengo mi propia teoría que me gustaría sintéticamente enunciar. Hemos confundido el desarrollo ciudadano, garrafalmente, pensando que es lo mismo enseñar que educar. No estamos ante un problema semántico.

Educar es transmitir valores,  ideas y creencias. Es estimular la conciencia crítica, nunca adoctrinar y menos manipular. Es formar en  el esfuerzo, el  respeto, en la ciudadanía, en lo veraz, etc. Es el aprendizaje de dónde empieza mi libertad y dónde la tuya. Es saber que todo derecho contrapone una obligación, es saber que el objetivo es convivir y no coexistir. Educar, lo han de hacer esencialmente los padres, la familia, el entorno inmediato. El maestro es un colaborador necesario, pero no es esta su única función. Sin embargo hemos pensado que la educación es la misión de la escuela. El trabajo acelerado, la vida del éxito inmediato, del dinero mucho y fácil, el bienestar personal por encima de todo, el consumo como forma de satisfacer las necesidades vitales, ha llevado a delegar plenamente en la escuela la responsabilidad de educar. ¡“Es la obligación del maestro, para eso pago mis impuestos y al colegio”!

Enseñar, por el contrario, es transmitir conocimientos, saberes, habilidades establecidos normativamente y programados por edades, especialidades y orientaciones de desempeño. Esta si es la responsabilidad de maestros y profesores. Esos profesionales de los que nos preocupa que suministren al niño la medicina a la hora convenida (“yo no puedo venir a dársela”) y que “no se estrese pues es nervioso”. Además de que obtenga buenas calificaciones en el bachillerato pues se quiere que sea ingeniero como el padre y si no que el sistema educativo  genere una titulación que pueda esgrimir. Creyendo que en un moderno modelo de enseñanza  lo esencial es que aprenda en el Ipad, ya que es mejor que los plúmbeos  libros de texto de SM que teníamos nosotros. Es adaptarse a un nuevo tiempo. Y…”por favor,  no le ponga deberes que por las tardes le gusta jugar con la consola”…

Es cierto que la educación, no la enseñanza, también llega por un círculo más amplio donde un entorno más complejo y plural  también influye, sobre todo, por los medios de comunicación (en su sentido más amplio) y las redes sociales que penetran fácilmente desde la infancia a la juventud configurando “valores” y actitudes que se diluyen en un entorno social de lo inmediato.

Ello hace posible que ciudadanos educados puedan escuchar, dando crédito, a mesías que hablan de realidades inexistentes, de cielos llenos de borrascas y que se interprete la historia, la antigua y la moderna, como si fuera una serie de televisión donde se está obligado a posicionarse entre los aparentemente buenos, frente a los tendenciosamente malos. Todo ello sin nadie que indique el camino cierto que, no es uno, sino muy plural, y obligando a decidir cuál se sigue y cómo, pero desde el criterio.

Hemos querido vivir en una sociedad “líquida” pues era lo más placentero, se han aceptado los mensajes mayoritarios, unas veces unos y otras otros, pues es la forma de no sufrir. Tenemos adquiridos muchos conocimientos pero no hemos aprendido a colocarlos en su correspondiente estantería para saber cuál hay que tomar en cada momento. Las instituciones han estado para pedirles que nos resolvieran los problemas, pero no para exigirles en qué dirección queríamos que fueran resueltos, valga como ejemplo una crisis económica, un sistema de pensiones o el sentimiento de pertenencia nacional.

Educar a una sociedad, lo mismo que a los hijos, es hoy día una tarea colectiva,  plena de responsabilidad, no delegable. Como a los árboles, si no les ponemos guías las ramas terminan venciéndose, las frutas caen y se las comen los bichos.