NUNCA PIERDEN LA OPORTUNIDAD DE PERDER UNA OPORTUNIDAD

Hace años, durante un viaje al extranjero, escuché esta frase ciertamente clarividente y descriptiva de una actitud que no es difícil apreciar en personas, grupos o colectivos que tienden a comportarse así, de una manera (a su manera) nihilista, destructiva o directamente suicida (hablo en términos políticos, claro está): “Nunca pierden la oportunidad de perder una oportunidad”.

El origen del poder político de Pablo Iglesias Turrión y de su cada vez más reducido y cerrado círculo de confianza proviene –hablo ahora en términos de análisis histórico– del movimiento del 15M, en el que se inspiró para construir la versión partidaria del mismo junto, con un elenco de fundadores, todos ellos desaparecidos ya del partido o de su primera línea.

Comenzaba así la organización personal y personalista de un poder exclusivo de una persona, disfrazado de plataforma participativa en algunas ocasiones, o de partido político en otras. En realidad, la evolución fue una apropiación exclusiva de Iglesias Turrión y del llamado pablismo de todo un movimiento social y político situado a la izquierda del PSOE.

Mientras se iba configurando este espacio de poder personal y personalista en el ámbito nacional, las distintas variables del movimiento operaban de otra forma en el ámbito territorial. Veamos, coexistían (y lo hacen todavía) una praxis realista y pragmática en los niveles municipal y autonómico –ayudar al PSOE para cambiar los gobiernos del PP– con una obsesión enfermiza, heredada de Julio Anguita, empeñada en sobrepasar (y quién sabe qué cosas más) al PSOE.

Mientras que en el verano de 2015 numerosos gobiernos de cambio empezaban a andar, en 2016 el dogma anguitista se imponía y la obsesión por el sorpasso llevó a Iglesias Turrión a votar dos veces contra una investidura del PSOE; la que entonces presentó Pedro Sánchez. Los problemas de hoy pudieron vislumbrarse ya en ese momento. Lo que se pretendía era la “ocupación” de una parte del Estado. Ni más ni menos. Es decir, la búsqueda de la apropiación de un espacio de poder nuevo para la plataforma personal y personalista de Iglesias Turrión.

La inevitabilidad de los hechos desencadenados tras la sentencia del caso Gurtel, condicionó la rectificación de ese error y Podemos se sumó al apoyo generalizado de las fuerzas políticas del Congreso para conseguir que la moción de censura a Mariano Rajoy saliera adelante para destituirlo e investir a Pedro Sánchez.

Aparentemente curados de la obsesión por el PSOE, llegamos a las elecciones de abril, donde el triunfo claro del PSOE hacía pensar que los viejos fantasmas del anguitismo no tenían margen para aparecer de nuevo. Pero, sin embargo, la táctica de la ocupación reapareció. Se querían cargos, un gobierno doble y una especie de inquisición interna dentro de la propia Administración para “vigilar” al PSOE.

Y así llegamos a la nueva oportunidad perdida para inaugurar un espacio razonable, realista y pragmático entre el PSOE y una fuerza política como Podemos que condujera a un gobierno progresista con un presidente socialista. En cambio, como en los años noventa o en 2016, se ha preferido la pinza con fuerzas conservadoras, al coincidir con su estrategia principal: bloquear el sistema político como respuesta a sus malos resultados electorales.

De todo esto se deduce que la teoría de las dos orillas ha recuperado actualidad y que, por lo tanto, las posibilidades para que haya un gobierno estable y progresista en España se concentran en estos momentos en la fuerza y en el apoyo que tenga el PSOE en las próximas elecciones.

Porque lo que podemos dar por seguro es que la estrategia implantada por Pablo Iglesias Turrión pasa por no perder nunca una oportunidad cada vez que tenga la oportunidad.