NUEVOS TIEMPOS DE CIENCIA Y DE POLÍTICA

El año en curso ha sido muy interesante desde el punto de vista científico. Por citar tres ejemplos, se han publicado las primeras aplicaciones de la tecnología CRISPR en humanos, hemos ido más atrás en el origen de la vida tal y como la conocemos, y hemos ido más lejos en el conocimiento de los grandes eventos cósmicos que dan lugar a las ondas gravitacionales, quien sabe si la forma de poder viajar algún día en el tiempo. Sin embargo, una de las noticias destacables (no porque no lo viéramos venir desde hace años) ha sido la constatación de los fuertes recortes en I+D, tanto en términos de variación de la inversión entre los años 2009-2016, como en una falta de ejecución de los propios presupuestos totalmente impúdica. Hablo por supuesto de nuestra España.

No es nada nuevo. Estos datos negativos y otros muchos vienen siendo denunciados durante los últimos años desde múltiples instancias más o menos ligadas al entorno científico, como por ejemplo la COSCE, y acaba de ser ratificado en las últimas estadísticas del INE. En el marco de este panorama han florecido las noticias relativas al estado casi de colapso de la ciencia española, notablemente durante el mes de diciembre. El 99% de estas noticias dan vueltas a los mismos temas, archiconocidos desgraciadamente por todos (falta de inversión, exceso de burocracia y fiscalización, envejecimiento de las plantillas…), pero quisiera hacerme eco del 1% restante. Me refiero concretamente a un artículo publicado por Miguel Delibes de Castro en El País (https://elpais.com/elpais/2017/12/13/ciencia/1513156051_250460.html).

Su título es “Una ciencia amilanada”, y en él el autor comienza reflexionando sobre la falta de renovación y el envejecimiento de las plantillas científicas, así como sobre el exceso de burocratización/fiscalización de la ciencia que hace que tanto su administración como su gestión sean componentes mucho mayores que su propia práctica. Más adelante expone una afirmación demoledora y que ha sido el detonante de que me pusiera a escribir este artículo, la cual cito textualmente: “me temo que en la ciencia española de hoy, sin embargo, predominan el conformismo, el pánico a equivocarse, el miedo a disgustar a los que mandan”. ¡Qué afirmación tan certera! Quien dice esto es Profesor de Investigación del CSIC ad honorem, y sabe muy bien de lo que habla. Yo mismo a mis recién cumplidos 38 años veo que hemos pasado de una época de protestas generalizadas ante la pésima situación de la I+D en España ante otra de desidia, quasi inmovilista ante la brutal recesión, mentiras e incluso agresiones continuadas que vivimos en el mundo científico. Esta comunidad científica es el animal amilanado que retrata Miguel Delibes de Castro, y que pudiera interpretarse algo así como el “virgencita que me quede como estaba” de Juan de Arguijo. Es decir, no voy a protestar no vaya a ser que me quede sin lo poco que tengo. ¿Es este el tipo de mentalidad que queremos dejar a las generaciones de científicos que vengan detrás de nosotros?

La comunidad científica no aspira a ser conformista, ni mucho menos. Tenemos herramientas para luchar por una situación mejor y, sobre todo, tenemos conocimiento histórico de qué se ha hecho bien y mal en España con respecto a la investigación científica y tecnológica. Voy a ponerles en perspectiva de cómo pude enterarme de tales herramientas. Me volví de mi primer postdoc en 2009 con un horizonte científico más o menos halagüeño por delante, fruto de los esfuerzos llevados a cabo por los gobiernos de Zapatero en cuanto a política científica. La realidad es que tuve que volver a irme 4 años después pero, lejos de estar decepcionado, me di cuenta de una cosa: no podía esperar a que científicos mucho más experimentados solucionasen los problemas de la ciencia, porque eso ni había pasado ni iba a pasar. En tal caso uno puede esperar de tales científicos que resuelvan algunos de sus problemas, olvidándose de la tan abundante “clase media científica” española. Por otro lado, no podía esperar a convertirme en un científico experimentado (estaría por definir qué significa esto) para estar en condiciones de aportar o solucionar algo. La cosa es que no esperé y, casi por serendipia, que es un término que a los científicos nos encanta, pude establecer contacto con Emilio Muñoz. Emilio fue, entre otras muchas cosas, Director General de Política Científica durante el primer gobierno de Felipe González y es el “culpable” de la implantación de la Biotecnología en España. Desde que le conocí personalmente en su despacho del CIEMAT, he podido aprender muchísimo de política científica a lo largo de innumerables conversaciones telefónicas; y sigo aprendiendo. El título de este artículo es una clara alusión al libro publicado por el Departamento de Ciencia y Tecnología del Instituto de Filosofía del CSIC con motivo de su jubilación.

Conocer y aprender de Emilio me ha servido para comprender que los problemas de la ciencia y la tecnología en España, históricos por otro lado, necesitan una aproximación política para ser solucionados y, sobre todo, necesitan científicos. Para muestra un botón: la situación, experiencia científica y aportación de Emilio como DGPC durante la década de los 80 fue clave para la apuesta por la Biotecnología como motor de innovación en diferentes sectores empresariales, así como para coordinar de una forma efectiva esta tarea con la Dirección General de Política Tecnológica y con la Dirección del por aquel entonces joven CDTI. Para mí, es un claro ejemplo de cómo los científicos podemos contribuir de forma decisiva a la estrategia de I+D y a la propia política científica. El éxito de este período radicó en el establecimiento de una estrategia clara de partida, con una selección muy cuidada de los equipos en donde además de su alto grado de cultura (científica y general), se interrelacionaban y complementaban los fuertes liderazgos a los distintos niveles.

¿Han servido de algo las protestas de la comunidad científica durante los últimos años? ¿Han servido de algo tantas noticias en los medios? Por mucho que queramos cambiar las cosas, no hay nada que hacer si no contamos con interlocutores válidos en los partidos políticos, que sepan de lo que hablan, que hagan suyas nuestras reivindicaciones y que cuenten con un apoyo desde los equipos de gobierno. Emilio también me ha hablado de que a esta época de expansión de la política científica le siguió otra con errores, tal vez surgidos como contra-evolución de los anteriormente citados éxitos, y ligados no sólo a una debilitación de los equipos sino también a una incapacidad de apostar por la investigación científica y desarrollo tecnológico como motor principal para salir de las crisis económicas y energéticas, con responsables muy concretos. No sé si les suena de algo, es exactamente lo mismo que ha pasado durante los últimos años y lo que ha sido puesto de manifiesto por el INE: mientras que España recortaba en I+D durante la crisis económica, prácticamente el resto de economías similares a la nuestra hacían todo lo contrario.

Volviendo al artículo de Miguel Delibes de Castro, tengo la impresión de que el conformismo de la comunidad científica va más allá, y les voy a poner un ejemplo concreto y reciente. Además de científico titular del CSIC (soy un producto hecho a base de microbiología con toques de bioinformática e inmunología), he sido encargado de formar un Consejo Asesor en Ciencia y Tecnología para la FSA, y he vivido en primera persona el rechazo que produce la política en la comunidad científica… ¿por qué? En otros países que cuidan mucho más de sus científicos es habitual encontrarse científicos en política, como cargos electos. No voy a negarles que los científicos somos seres extraños para los políticos (que conste que lo contrario también es cierto), pero considero que nuestra forma de trabajar, siempre bajo constante revisión, y nuestro papel en la generación de conocimiento científico y aplicaciones tecnológicas es imprescindible en cualquier ámbito de gobernanza democrática. Y sobre todo mi generación; nos ha costado un esfuerzo personal e intelectual increíble volver a España, y que muchos de nosotros no estemos en centros considerados de élite (yo estoy adscrito al más modesto centro de microbiología de toda España), no quiere decir que no tengamos ganas ni capacidad para cambiar las cosas. Leía en un editorial de la revista Science, escrito por un científico que ostenta también cierta suerte de cargo político electo en Carolina del Norte, que tanto la sociedad como la ciencia (por supuesto americanas) serían mejores si los científicos fueran políticamente más activos, tanto dentro como fuera de las instituciones. Justamente los EEUU son un ejemplo de militancia política en el entorno científico… y se quejan, ¿entonces qué debiéramos hacer nosotros?

No voy a negarles que la comunidad científica tenemos mucho que aportar desde asociaciones apolíticas y evidenciando la pésima situación de la ciencia, pero también tenemos mucho que decir desde la política y desde dentro de las instituciones. Paradójicamente nuestro primer campo de batalla no está como creía hasta hace poco en que la clase política haga suyas nuestras reivindicaciones, sino en la propia sociedad. Tenemos que asumir que, frente a la buena consideración que el científico tiene como profesional, vivimos en un país que está de espaldas a la ciencia. La última encuesta de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología en España, publicada por la FECyT, muestra que tan sólo el 14% de los españoles reconoce estar interesado por la ciencia y la tecnología. Aunque ya se han logrado avances, existe un gran trabajo por delante, empezando porque la sociedad equipare para la percepción de los recortes en sanidad y educación a los de I+D. Y antes que un pacto de Estado por la ciencia, necesitamos un pacto social. Tal y como afirmaba Carmen Andrade hace unos días en este mismo medio, tal vez haya llegado el momento de actuar sobre el binomio ciencia y sociedad para que sobre todo esta última aprecie, vea, palpe los beneficios de la política científica.

Los científicos tenemos que trabajar también por intentar devolver los problemas de la ciencia española a la agenda política y para devolver la ciencia y la tecnología al lugar jerárquico e institucional que le corresponde. No es dependiendo de economía, ni de industria. La ciencia no sólo se trata de ser competitivos, sino de descubrir cosas y como decía Ramón y Cajal, la buena ciencia siempre encuentra aplicación. Creo que el lugar jerárquico que merece la ciencia y la tecnología en España no es sino el que ocupa en otros países, por citar dos ejemplos: el Ministerio Federal de Educación e Investigación Alemán, o el Ministerio de la Educación Superior, la Investigación y la Innovación Francés. Es decir, dejémonos de unir la ciencia con emprendimiento, o con innovación que es una cualidad que debiera presuponérsele al científico. Aunemos nuestros esfuerzos con Universidades o con la sociedad.

El año que viene celebraremos el 40 aniversario de la Constitución Española, cuyo artículo 44.2 dice: “Los poderes públicos promoverán la ciencia y la investigación científica y técnica en beneficio del interés general”. Hace unos días, Álvaro Frutos proponía que la ciencia y la política estableciesen una alianza para aunar esfuerzos, que se abriese un nuevo tiempo político y que se incorporase el conocimiento científico a la propuesta de soluciones. Durante los últimos años nos hemos olvidado de cualquier cosa parecida a la política científica, nos hemos olvidado de invertir en ciencia básica para generar conocimiento, nos hemos olvidado de la clase media científica sin la que no existiría la tan nombrada élite, y todo en pro de unos crecientes recortes y fiscalización de los pocos recursos disponibles. La comunidad científica presente y futura no se merece esto; tenemos el ejemplo histórico de los avances en política científica de los 80, aprovechémoslo, en él están las bases de cualquier iniciativa que deba hacerse a partir de ahora. El PSOE, mi partido, tiene que ser tractor y no vagón en este proceso, un proceso hacia nuevos tiempos de ciencia y de política en España.