NO NOS ENGAÑEMOS, LAS OPCIONES SON SOLO DOS

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El tsunami que ha arrasado al Partido Socialista durante la semana pasada, culminando en el convulso fin de semana, parece que ha terminado su fase más violenta y entramos en otra fase más tranquila, donde se perciben con nitidez los inmensos daños causados y se impone la tarea de reconstrucción de los consensos, de reparar los destrozos, y de cerrar las heridas.

Lo peor que cabría hacer ahora es dividirse en dos bandos, el de los vencedores y el de los vencidos, y conspirar estos últimos para tomarse la revancha lo más pronto posible. En mi opinión, nadie ha ganado, y todos los que nos sentimos socialistas hemos perdido. Y en mi modesta opinión también, los líderes de uno y otro lado no han estado a la altura de las circunstancias. Las legítimas discrepancias políticas o de liderazgo se hubieran tenido que dirimir de un modo más civilizado. Pero tiempo habrá de repartir las culpas y de pedir disculpas, tanto a los militantes como a los votantes, que depositan en el Partido Socialista sus esperanzas para cambiar las injusticias de nuestra sociedad y que han visto con dolor a sus líderes dedicándose más a sus luchas internas que a resolver los problemas de los ciudadanos.

Y ahora, a la vez que debemos tratar de superar esta lamentable situación, hay que afrontar una decisión muy importante que afecta a la vida de estos: nos encontramos a un mes de que venza el plazo para convocar terceras elecciones y el Partido Socialista tiene los votos necesarios tanto para permitir que gobierne el PP, como para impedirlo y abocar al país a nuevas elecciones. Las dos opciones son muy malas y nos han conducido a este callejón indeseable un poco entre todos. En primer lugar Podemos, obsesionado por el sorpasso, por impedir un gobierno progresista PSOE-C’s en el mes de marzo y conducirnos a segundas elecciones. En segundo lugar el PP, por imponer como Presidente al peor de todos los posibles, al que más ha consentido la corrupción en su partido, al que ha gobernado más despóticamente, al más incapaz de tejer consensos, al más inmovilista de todos, y al de menos sensibilidad social. En definitiva, al más inapropiado para encabezar una etapa en la que el PP no tiene la mayoría absoluta, y si gobernara tendría que depender de los votos de los demás y acordar reformas políticas con ellos. En último lugar, C’s y Podemos, que con sus vetos mutuos actuales hacen inviable un gobierno alternativo al de Rajoy. La aritmética da, pero la voluntad política no.

Las cosas son como son, y no como nos gustaría que fuesen. Entonces, hay que plantearse las opciones con honestidad y debatir como socialistas qué es lo menos malo para el país. En mi opinión, tan deshonesto es decir “no a Rajoy, porque queremos un gobierno de cambio”, cuando es evidente que lo segundo no es posible, como decir “con 85 diputados el PSOE debe pasar a la oposición” sin advertir que esa opción implica abstenerse ante Rajoy. Debatamos las opciones sin subterfugios: terceras elecciones o abstenerse ante Rajoy, tal es la cruda realidad.

Debatamos con el debido respeto a cualquier opinión, sin etiquetar ni estigmatizar a nadie. Los que vean mejor la abstención no son “subalternos del PP”, ni se pliegan a los mandatos del Ibex 35. No creo que haya ningún socialista al que le caiga simpático Rajoy. Tampoco los que vean mejor terceras elecciones son izquierdistas sin remedio. Partamos pues de la premisa de que todos queremos lo mejor para nuestro país, y escuchemos todos los argumentos antes de decidir. La “verdad” siempre es colectiva y se alcanza cuando se han examinado todas las caras del poliedro.

Yo avanzo mí opinión, con la única pretensión de contribuir a ese debate. Cuando un partido de izquierdas se enfrenta a dos opciones muy malas, no queda más remedio que acudir a las esencias, a los principios más básicos: ¿cuál es el objetivo de la izquierda? A diferencia de los partidos conservadores, que solo pretender mantener lo que hay, y a menudo a hacer retroceder la historia, la izquierda aspira a cambiar la sociedad en un sentido progresista, de forma que la vida de los ciudadanos sea menos injusta y desigual. Las izquierdas no hemos venido a este mundo a ser puros y a mantenernos en nuestros principios, sea cual sea la realidad circundante. Si así hubiera obrado Mao Zedong, nunca habría habido revolución en China. Él prefirió pactar con su enemigo Chiang Kai-shek para echar primero a los japoneses y así luego poder continuar su guerra contra aquél. Si así hubiera obrado Santiago Carrillo cuando el históricamente republicano PCE tuvo que aceptar la Monarquía para salvar la Transición, quizás nunca hubiera llegado la democracia a nuestro país. Si ambos hubieran decidido permanecer “puros” en sus convicciones de izquierda, nunca habrían cambiado la realidad. Estos principios básicos, aplicados a nuestra coyuntura, se traducirían en la pregunta: ¿Qué mejora más la vida de los ciudadanos? ¿que se forme un gobierno en minoría de Rajoy, o que se convoquen elecciones?

Nuevas elecciones supondría de entrada demorar al menos tres meses los numerosos problemas del país (económicos, sociales, de regeneración política, territoriales), que todos los partidos dicen que son acuciantes, pero ante los cuales todos actúan como si pudieran seguir esperando un poco más, tras casi un año de espera. Aparte de este coste, hay otro coste intangible, mayor aún pero al que nadie parece dar importancia, que es el coste de la ruptura entre los ciudadanos y la clase política, el coste de la desafección de aquellos con la política y con las instituciones. Supone en mi opinión una afrenta y un desprecio el hacerles votar tres veces porque los partidos estén ensimismados en sus estrategias cortoplacistas, tratando de torcerle el brazo al contrario. Supone declarar la inutilidad de los votos, especialmente de los de izquierda, porque no se utilizan para cambiar la realidad en beneficio de las personas. Los partidos de izquierda no devuelven nada a los ciudadanos a cambio de las esperanzas depositadas en ellos. Por cierto, esa es la crítica que con justicia se hizo a Podemos cuando decidió forzar las segundas elecciones. En mi opinión, si el PSOE tomara esta opción, lo pagaría durante bastante tiempo.

Facilitar la investidura de Rajoy es francamente desagradable para un partido como el PSOE. Es algo muy difícil de asumir tras lo que hemos visto en estos cuatro años, y por eso casi ningún dirigente se atreve a defenderlo públicamente. Sin embargo, y volviendo al principio de que “la misión de un partido de izquierdas es cambiar la realidad en un sentido progresista”, esa investidura generaría un gobierno muy débil al cual el parlamento podría condicionar con facilidad. Dicho gobierno debería pactar los presupuestos con la oposición para conseguir los votos necesarios. Muchas leyes dañinas podrían arrumbarse aunque contasen con los votos a favor del PP. Muchas otras podrían hacerse a iniciativa de C’s, PSOE y Podemos y pactarse entre ellos. En definitiva, la vida diaria de muchos ciudadanos podría empezar a ser, gracias a esas leyes, algo menos cruel de lo que es en la actualidad.

Si estos argumentos políticos no bastaran, hay un último razonamiento que podría convencer a los que dudan, basado en intereses partidistas: si fuéramos a terceras elecciones, muy probablemente el PP conseguiría unos cuantos escaños más, escaños que perdería especialmente el PSOE en las presentes circunstancias de división, y a lo peor ni siquiera sería posible forzar políticas y leyes desde la oposición. El PSOE habría hecho entonces un pésimo negocio. Todos seguiríamos siendo muy de izquierdas pero la derecha gobernaría a su antojo. No por casualidad el PP está ahora acariciando lo opción de terceras elecciones como la más beneficiosa para sus intereses.

Vistas así las cosas, la segunda opción es la que debería tomar un partido que se guiara por principios racionales. Podría no entenderse en un primer momento, y habría que hacer un gran esfuerzo para explicárselo a los votantes y militantes. Tanto más cuanto que se les ha enardecido durante meses con el “no es no”. Pero al cabo de poco tiempo acabarían por entenderlo y el PSOE cosecharía simpatías si se le viera ejercer con eficiencia su labor de oposición y tejer los acuerdos oportunos para cambiar las leyes. Mi admirado profesor Ángel Gabilondo seguramente lo expresaría con una cita de Kant: “lo racional no es hacer lo que se quiere, sino lo que se debe”.   Todos querríamos que Rajoy se fuera, pero en mi opinión no deberíamos ir a nuevas elecciones.