NI IDEA

Nunca con tanta claridad ha quedado de manifiesto la distancia existente entre la realidad y el complejo mediático que aspira no tanto a describirla como a acondicionarla a su antojo y conveniencia, como en las recientes elecciones en los Estados Unidos. La gravedad del problema, en este caso, es que además de corresponder a los deseos nada ocultos de los Consejos de Administración, no ha hecho falta ejercer ningún tipo de presión para forzar la pluma y la palabra de los líderes de opinión, coincidentes en ofrecer una lectura única de un proceso que escapaba a sus pautas regladas desde la suficiencia de un pensamiento políticamente correcto que permitía, por una vez, que coincidieran en el juicio progresistas y conservadores. Nadie podía, naturalmente, expresar una duda sobre la falta de idoneidad de Donald Trump para acceder a las más altas responsabilidades de gobierno en la nación más poderosa de la Tierra. Esa postura de denuncia, correcta, ocultaba sin embargo un profundo déficit de análisis objetivo, capaz de distinguir entre las percepciones de un núcleo homogéneo de pensamiento y los sentimientos de amplios colectivos sociales que no se alimentan con las ideas emanadas del “New York Times” o el “Washington Post”, sino de algunos medios locales o de las conversaciones a la puerta de una capilla rural.

Todavía hoy, los columnistas más sinceros en su autocrítica buscan el refugio de las encuestas, achacándolas el origen de su error, cuando lo cierto es que ninguna de las publicadas vaticinaba con claridad el triunfo de ninguno de los dos candidatos y oscilaban en otorgar la victoria a una u otro, siempre con escasas diferencias que no superaban los límites del error técnico admitido en las fichas de las propias empresas. Una vez más, la necesidad de buscar un argumento que justifique nuestros propios deseos conduce al duro despertar de los hechos. Una joven periodista norteamericana describía perfectamente este fenómeno: “Se escribe y se editorializa desde los despachos de las grandes capitales. Nadie se esfuerza en tomar el pulso a los sectores más afectados por la crisis. La espuma de las declaraciones de los dirigentes políticos, mediáticos y sociales, oculta el mar de fondo”. Hasta que estalla.

El que alerta de los peligros, aunque haga expresa declaración de fe de encontrarse a mil años luz de cualquier iluminado como Trump, corre el riesgo de ser tachado de extravagante o de traidor. Ambos adjetivos se adjudicaron a Michael Moore cuando se atrevió a exponer las razones por las que estaba convencido de la derrota de Hillary Clinton, a pesar de proclamar que su voto, ya que no podría ser para Sanders, seguiría fiel a la opción de la candidata demócrata. Las profecías de Moore se han cumplido y ahora se reproducen profusamente. Demasiado tarde.

Mal haríamos en no extraer enseñanzas de las derrotas. Por ejemplo, en insistir en descalificar a los ciudadanos en su conjunto por haber votado en una u otra dirección. De hecho, los norteamericanos se han dividido en dos mitades, incluso con ligero predominio de los demócratas en el voto directo.

De hecho, las predicciones apocalípticas de un hundimiento de las Bolsas han resultado falsas.

De hecho, tanto Obama como Hillary Clinton han dado una lección de democracia en la aceptación de la derrota, sin subterfugios de mal perdedor. Y conservan su crédito.

De hecho, no sabemos cómo va a evolucionar a Trump, desde sus disparatados y ofensivos mensajes de campaña hasta al momento de descubrir la carga de responsabilidad que supone sentarse en el Despacho Oval de la Casa Blanca y empezar a recibir, desde hoy mismo, los informes reservados de las Agencias de Seguridad.

De hecho, sólo muy pocos tienen alguna idea de cómo van a evolucionar los acontecimientos. Pero muchos, en España, ya tienen la tentación de arrimar el ascua a su sardina. Confundiendo la sardina española con el tiburón norteamericano. Lo que digo: Ni idea.