NADIE PUEDE GANAR UN REFERENDUM QUE NO SE HA CELEBRADO

Una vez más se produce un conflicto político y social en la historia de la humanidad. Y, esta vez, en Cataluña. A los que no estamos acostumbrados a convivir con estos fenómenos nos parece algo extraordinario, y lo es, pero casos como este se han producido con frecuencia histórica en el mundo. Quiero decir que, por tanto, están estudiados.

La desafección, de una parte de la población catalana hacia España, es un hecho. Deberán estudiarse las causas para, si se pretende resolver el conflicto por la vía de la negociación, darle solución a ese problema. Pero, de manera inmediata, quizás no sea eso lo más urgente a hacer.

Lo que parece más perentorio es decidir, precisamente, cual es el camino a seguir, si el de la vuelta atrás, el de la confrontación, o uno intermedio que, recorriéndolo en consenso, permita avanzar a la parte disidente hacia posiciones que le satisfagan lo suficiente, al menos de momento.

Hay que tener en cuenta que ese camino deben recorrerlo conjuntamente ambas partes en conflicto, por lo que no es suficiente que una de las partes lo desee ardientemente. Si se tratara de recorrer el camino de vuelta, habría que contar con la cesión incondicional de los secesionistas, por cansancio o, más difícil todavía, por convencimiento. Y, francamente, no parece que eso, en este momento, sea ya posible. Por eso, no tiene sentido esperar que la solución venga por aquí.

Lo que sí es posible, y a las pruebas hay que remitirse, es la confrontación. Una vez más hay que recordar que la guerra se produce cuando no hay un consenso entre los contendientes sobre su poder relativo. En Cataluña, ambas partes creen, aparentemente, que pueden ganar, por lo que el conflicto está servido. Lo que nadie puede, honradamente, es prever su resultado final, más allá de su creencia en la victoria.

En este momento, ambas partes creen estar ganando. Puigdemont porque exhibe la movilización de una parte no cuantificada de la población catalana, pero, en todo caso, muy importante, y la llama referéndum. Rajoy, y no solo Rajoy, dice que, a tenor de las últimas elecciones en Cataluña, la mayoría de la población no es partidaria de la independencia. Pero, y de ahí el título de estas líneas, nadie puede decir, realmente, si hoy es mayoritaria, o no, la opción independentista en Cataluña.

Si se opta por el camino de la confrontación, como dijo Puigdemont, el Estado Español tiene recursos que no tiene la Generalitat, excepto uno, el pueblo catalán. Y, en consecuencia, ha puesto en la calle a una parte de ese pueblo. Afortunadamente, la otra parte no ha llamado, todavía, a su gente a la movilización callejera ya que, en ese caso, la confrontación podría llegar a niveles somalíes o ruandeses. Pero esto, es una ventaja para los secesionistas.

Otra ventaja para los independentistas es que no tienen la engorrosa división de poderes que inventó Montesquieu. Mientras que Rajoy debe contar con la tediosa tramitación coordinada de decisiones de su Gobierno, de un Parlamento muy dividido y de los Tribunales de Justicia, Puigdemont disfruta de un confortable centralismo democrático que para sí lo hubiera querido el mismísimo Lenin.

Para empezar, Puigdemont no tiene que preocuparse, de hecho no se preocupa, de las decisiones de los Tribunales ya que sus referencias legales se remontan a la ONU y, con eso, cree estar legitimado. Pero es que, los otros dos poderes están tan soldados que, incluso, ya prescinden de toda formalidad a la hora de decidir sus acciones.

Y esas dos ventajas las acompañan de otra definitiva: la excelencia en su política de comunicación. Aprovechándose de axiomas tan certeros como el de que las buenas noticias no son noticia y de banalidades como que votar es estupendo y la libertad no puede coartarse, explican en inglés sus pretensiones y consiguen titulares favorables en medios influyentes. De cual pueda ser esa influencia en los gobiernos de occidente depende el resultado de ese conflicto en caso de prolongarse.

Pero si la solución de la vía conflictiva no parece fácil de vaticinar, la de la vía intermedia parece, aún, más difícil, incluso de iniciar. Porque, lo primero que debe hacerse es, precisamente, sentar a una misma mesa a los representantes de posiciones que dicen ser irreconciliables, y hacerlo con un orden del día que permita a ambas partes renunciar al conflicto por vislumbrar resultados satisfactorios.

Cualquiera, razonando con los deseos, podría pensar que si desaparecieran de la escena política Puigdemont y Rajoy, se facilitaría el diálogo, pero no habría que fiar a esa difícil eventualidad esta vía de la negociación. Más bien habría que poner sobre la mesa algunas cesiones que, en este momento, parecen ya imposibles. Por ejemplo, la renuncia a un Estado propio por parte de los secesionistas y la cesión de derechos asimétricos a Cataluña por parte del resto de las nacionalidades y regiones españolas. Y, a eso, póngasele el nombre que se le ponga, Estado federal, reforma de la Constitución, o lo que sea.

No tengo la osadía de convertir las líneas anteriores en una propuesta, porque no sé, ni siquiera, si es posible. Solo la de aventurar que, o ambas partes pueden atisbar en un posible diálogo una salida honrosa (y deben valorar antes si la hay), o si no, se verán abocados a prolongar el conflicto hasta que alguien, en algún momento, homologue ese conflicto al de una ocupación de las que se discuten en el Consejo de Seguridad de la ONU.